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Plazara (A la plaza)

La Kasba en Túnez, Tahrir en El Cairo, Sol en Madrid, Syntagma en Atenas, Zuccotti Park en Nueva York… Ahora es la plaza Taksim en Estambul la que toma el testigo de la revuelta cívica que, desde hace más de dos años, no deja de impugnar la falacia de “la única política posible” proclamada por todos los poderes institucionalizados, la del “se hace lo único que se puede y se debe” enarbolada por los tecnócratas cortesanos al servicio del capital. Más allá de sus diversos detonantes, en todos los casos la razón de fondo de las protestas es la misma: la lucha por la dignidad, la defensa de relaciones sociales alternativas frente al fundamentalismo que pretende reducir la complejidad de la vida social a una sola norma. Si en Turquía el simplificador y recortador de alternativas es el fundamentalismo religioso, en Europa quien cumple esa función es el fundamentalismo de mercado.

En su último libro, Agrietar el capitalismo, John Holloway sostiene que el capitalismo está lleno de grietas, ya sean pequeñas (como las prácticas individuales de austeridad o de consumo justo) o grandes (como la revuelta zapatista en la selva Lacandona o la acampada de Sol). La teoría clásica leninista, aún muy presente en las izquierdas, sólo es capaz de imaginar estas potenciales grietas como hechos o prácticas que ocurren en el espacio del Estado y del poder político o económico, y sólo las valora en la medida en que permitan la conquista del poder estatal. Sin embargo, Holloway considera que lo que realmente permite la formación de una grieta es la decisión, en última instancia personal, de negarse a obedecer, a colaborar, a vivir según las normas del sistema. En el mejor de los casos, estas negaciones son al mismo tiempo creaciones, espacios o momentos que van en contra y más allá del capitalismo.

Las plazas están jugando el papel que antaño jugaron las calles en la historia de la movilización social. Ya no se trata de desfilar sino de encontrarse, no se trata de marchar sino de permanecer. La cuestión no es ser (muchas y muchos) durante un momento (breve), sino de estar, de permanecer.


Hay otro mundo posible que ya se filtra por esas grietas. Grietas en el espacio, zonas liberadas en las que se experimenta, a escala local, la posibi­lidad de otro estilo de vida haciendo que florezca lo inédi­to viable de la realidad­. Grietas también en el tiempo: fiestas reivindicativas, momentos de reflexión colectiva, iniciativas de formación e investigación al margen de lo instituido. Y grietas relacionales, en las que se gestionan autónomamente actividades o recursos tales como el tiempo, el conocimiento, la ayuda y hasta la producción, lejos de su subordinación a la lógica del mercado. En todos los casos la grieta es un empuje que va contra y más allá de las relaciones sociales capitalistas. Como escribe Francesco Alberoni, “no se puede decidir ser virtuoso a partir de la semana próxima o dentro de un mes. La virtud requiere aplicación inmediata”. Se trata de dificultar la integración total en la lógica del sistema de todas las formas de actividad y de vida, de hacer que la vida cotidiana se torne "engorrosa para la política" (Riechmann). Las grietas son revolución aquí y ahora.

Las plazas están jugando el papel que antaño jugaron las calles en la historia de la movilización social. Ya no se trata de desfilar sino de encontrarse, no se trata de marchar sino de permanecer. La cuestión no es ser (muchas y muchos) durante un momento (breve), sino de estar, de permanecer. No es tan difícil. Se trata de aprender de la hierba y la lluvia. Aprovechar las grietas, instalarse en ellas y ensancharlas. En general, basta con tener paciencia y voluntad: con mantenerse en la grieta. Otras veces, el contexto puede ayudarnos a acelerar el proceso: como cuando la helada congela el agua filtrada en las grietas y la expande, agrandando las fisuras y debilitando las piedras. Lo importante, en todo caso, es aguantar, persistir, no abandonar.

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