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La 'lideresa' anarquista


El banquero anarquista” (1922) es un pequeño texto que escribió el portugués Fernando Pessoa para atrapar al lector en un juego de argumentos tramposos que le fuercen a cuestionar la parte que no pensamos de las doctrinas sociales, el enorme componente de fe sobre el que se soportan las teorías científicas en las que creemos. Una de sus conclusiones más conocidas es aquella de que el acaparador había conseguido ser un auténtico anarquista teórico y práctico al sustraerse a la influencia del dinero, a su fuerza, adquiriéndolo en cantidad suficiente como para no sentir esta.

A semejanza del interlocutor del luso, los ciudadanos hemos asistido estupefactos a la expresión de rebeldía libertaria de Esperanza Aguirre al protagonizar algo más que una infracción de tráfico. Lejos de acudir en primera instancia al recurso habitual de todo político 'normal', educado en el respeto a las normas del Estado y entusiasta pasivo de la bondad e intención protectora u organizadora de las mismas, la conservadora arremetió contra el poder. Esperanza huyó hacia adelante dos veces en la misma tarde: primero escapando de los guardianes que le multaban y luego asomándose a todos los medios de comunicación para arremeter contra estos y, sobre todo y más importante, contra la lógica de su autoridad sobre ella en el estricto terreno de la circulación viaria. Se diría que estamos ante una conservadora anarquista; Espe como “lideresa” anarquista. Y algo de eso puede haber.

Se pierde de vista, por la asociación de imágenes históricas entre conservadores y autoritarios, que los iniciales y más genuinos representantes del pensamiento conservador, ya desde Edmund Burke, recelaban y combatían el fortalecimiento del poder del aparato estatal. Efectivamente, fueron contemporáneos del instante en que el Estado salido de las revoluciones liberales 'engordó' sus dimensiones tanto materiales como ideológicas. De un lado, el Estado liberal aspiró a ser el único poder legítimo sobre un espacio y sobre sus ciudadanos, acabando para ello con la autoridad “fragmentada” o repartida en cuerpos sociales intermedios (familia, corporación, territorio…). Estas entidades intermedias entre el individuo y el Estado habían soportado la legitimidad del poder en el tiempo anterior y eran las que defendían los conservadores en su continuidad. De otra parte, la noción de ciudadanía, tan revolucionaria, era el principio necesario para asumir la lógica estatal y su autoridad por parte de cada individuo, convencido de que estas operan en beneficio de la comunidad con sus normas y leyes, y de que es necesario obedecerlas por esa bondad que prometen. Otro principio aborrecido por los conservadores que, de tener la autoridad a su cargo tradicionalmente, veían ahora arrebatado ese poder por mor de un discurso novedoso y, según ellos, engañoso, estupefaciente.

De manera que mediante teorías y prácticas diferentes a lo largo de la historia reciente, los conservadores han denostado la acción del Estado en la mayoría de los planos -no solo en el económico planificador-, insistiendo sobre todo en la amenaza de invasión de la autoridad de este en los territorios privados. No hay mejor proclama de ese instinto contrario que aquellas palabras de Aznar protestando por una norma de limitación del uso del alcohol cuando se conducen automóviles: “¿Quién es el Gobierno para decirme lo que puedo y no puedo beber?”. La misma tarde de la espantada de Esperanza algunos de sus correligionarios británicos se oponían a su primer ministro cuando este pretendía anular las imágenes de marca en las cajetillas de cigarrillos, aduciendo que el Estado se deslizaba hacia un paternalismo insultante.

Esperanza Aguirre es la “lideresa” anarquista que espeta a los guardias su protesta mientras la mayoría de nosotros oiríamos sumisos su reproche como ciudadanos habituados a la lógica de la autoridad estatal. Pero Espe usa el Estado a mansalva y a porrazos cuando se trata de defender el orden, la ley y las buenas costumbres


El conservadurismo se ha movido a lo largo de su historia en una duplicidad difícil de comprender, demasiado contradictoria como para hacerlo posible. Amante instintivo de una libertad tradicional, recela del Leviatán que le sopla la nuca. Elitista necesariamente por su condición clasista, observa como lacerante buena parte de las dedicaciones del Estado protector. Visionario del poder omnímodo del Estado, ha sido profeta de las mejores denuncias de la pulsión totalitaria del Estado contemporáneo. Pero, a la vez, ha sido siempre el soldado del orden, del statu quo, de la continuidad. Antes la injusticia que el desorden, decía uno de los suyos (Goethe), y eso lo han hecho históricamente desde el poder y de manera implacable. La traducción directa del alemán precisa mejor este segundo aspecto: “Prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden”. Han proclamado el derecho del individuo a su privacidad y a su libre albedrío, pero ejerciendo ellos el poder han invadido hasta las alcobas, determinando con leyes invasivas lo que cada cual puede o no hacer con su cuerpo, su sexualidad o su pensamiento. Se han reído de manera elitista del engaño que supone la democracia para las masas, pero han conducido a estas como ganado cuando se han instalado en el poder con discursos populistas o con la violencia (o incluso con los votos). Han detestado el paternalismo estatal pero han sido los primeros en usarlo, precisamente para tratar de reparar algunos de los males sociales provocados por la inevitable ruptura de la sociedad tradicional que produjo (y produce) el capitalismo.

Espe aparece así como 'lideresa' anarquista, espetándoles a los guardias su protesta, mientras que la mayoría de nosotros oiríamos sumisos su reproche como ciudadanos habituados a la lógica de la autoridad estatal. “O discursito o multita”. No me imagino diciéndolo yo. Pero a la vez Espe usa la fuerza del Estado a mansalva y a porrazos cuando se trata de defender el orden, la ley y las buenas costumbres, y no se le conocen ahí escrúpulos de conciencia. Es lo que tienen históricamente los conservadores, una contradicción tan profunda que me inclino a pensar que no procede tanto de su cinismo como de su bipolaridad política, de lo difícil que tiene que resultar tener un pie en la tradición y otro en el telediario.

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