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Objetivo: Educación democrática

Decía Churchill que la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre; con excepción de todos los demás. No voy a ser yo el que contradiga al orondo político británico y menos con la que está cayendo en países con este sitema asentado durante décadas y en otros como el nuestro con menor cultura política participativa. En sentido amplio -y sin ninguna intención de entrar en disquisiciones filosóficas sobre las características que debe reunir una sociedad democrática- podría aceptarse que es una forma de convivencia social en la que sus miembros son libres e iguales y establecen entre sí mecanismos contractuales que condicionan las relaciones sociales de una comunidad.

Estamos tan acostumbrados a que los agentes activos de la democracia sean los partidos políticos, que nos marquen cambios, tendencias, propuestas y desilusiones en el ágora público que llegamos a olvidar a otras instituciones socializadoras que también contribuyen a enriquecer o empobrecer este concepto politíco. Entre ellas está la educación.

Hace unos días, El Diario de la Educación publicó un documento elaborado y revisado por especialistas y comunicadores educativos de distinta procedencia, trayectoria y sensibilidad ideológica, pero unidos coyunturalmente tras un objetivo común: encontrar la senda correcta desde la que enfocar la educación con un protagonismo nítidamente democrático, de ahí el nombre asignado a tal proyecto: 'Manifiesto por una Educación democrática'.

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Gratitud

La vida que vivimos no nos permite vivir. Siempre hay que ver demasiadas películas, demasiadas series, demasiados documentales o demasiados programas de televisión que no hemos visto. Siempre hay que leer demasiadas novelas, demasiados ensayos, demasiados tuits o demasiadas majaderías que no hemos leído. Siempre hay que escuchar demasiadas canciones, demasiadas sinfonías, demasiadas conferencias o demasiados discursos que no hemos escuchado. Siempre hay que visitar demasiadas aldeas, demasiadas ciudades, demasiados desiertos o demasiadas playas que no hemos visitado y en esta perpetua frustración la vida que vivimos nos parece siempre insuficiente como si fuera una prenda que estuviera hecha de retales, no se ajustara bien a nuestro cuerpo y hubiera sido cosida con desgana por un sastre tuerto, perezoso y desquiciado. Hay tanto de todo, tantas posibilidades, que si no las abarcamos todas parece que nos empequeñecemos. Siempre nos falta algo. Siempre.

Toda esta frustración hace que a menudo nos sintamos como los pobres desgraciados a quienes nunca dejan entrar en la discoteca de moda. Vivimos en la carencia más que en la presencia. Lo que tenemos no es suficiente porque desde todas partes, desde los medios, desde las agencias de publicidad, desde los folletos publicitarios y desde las redes sociales, por ejemplo, siempre nos están proponiendo conseguir otro coche, otra casa, otro amante, otro cuerpo u otras vacaciones en el sudeste asiático, por ejemplo...

No nos basta con lo que somos porque siempre nos hacen creer que podemos tener otra identidad

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La política y las políticas

¿Qué me ha incitado a escribir este artículo? Desde luego que no pretendo elaborar ninguna tesis irrebatible, sino simplemente poner sobre la mesa del debate algo tan actual como el descrédito que actualmente padece la Política, con mayúscula. Porque da la impresión de que el parlamentarismo, que es el modo de desenvolverse de los políticos en activo, no está basado en unas reglas lógicas, ni siquiera discurre con buenas intenciones por parte de quienes debaten en las cámaras parlamentarias.

En nuestro Congreso de los Diputados los debates, medidos y comedidos, entre los parlamentarios de los diferentes partidos han dejado paso a disputas soeces, desórdenes que convierten la sala en un Patio de Monipodio y, llegado al extremo, broncas y brusquedades entre quienes deberían “parlamentar”, es decir, “hablar o conversar unos con otros, entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz, una rendición, un contrato, o para zanjar cualquier diferencia”. Desde luego que es mucho pedir a sus señorías que se ajusten al guión de la definición de la Real Academia, pero cabe reclamarles un ánimo constructivo en cada una de sus intervenciones, de modo que las maneras de debatir se ajusten a unas formas que sirvan para que quien asiste y escucha el debate correspondiente pueda asimilar los significados de las palabras y percibir las intenciones arteras de quienes utilizan el debate político sólo en su provecho y no en beneficio de la sociedad a la que va destinado, y a la que dicen servir.

En el tiempo actual se debaten comportamientos individuales que no tienen que ver con la Política, peor aún, que convierten la Política en un instrumento poco útil.

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Orgullosas de la pública

Hace apenas una semana cerca de 375.000 alumnos y alumnas de la enseñanza no universitaria iniciaron un nuevo curso escolar en Euskadi. Atrás quedan años intensos de paros, movilizaciones y huelgas en la escuela pública. Años de gran esfuerzo y constancia por parte del profesorado, alumnado, familias, sindicatos y movimientos sociales en defensa de la educación pública que por fin dieron sus frutos. La presión de la calle provocó, una vez más, que el Gobierno actuase y saliese de su inmovilismo.

En el mes de mayo la mayoría sindical firmó un acuerdo con el Departamento de Educación. Un acuerdo que, aunque con mucho margen de mejora, no sólo sirvió para adoptar medidas concretas para mejorar la calidad de la enseñanza pública; sino que, de alguna manera, evidenció que gracias a la  lucha constante desde las calles se puede mejorar la situación actual.

Porque aún queda mucho por hacer para mejorar la situación de la educación en Euskadi. No es oro todo lo que reluce. No todo es tan excelente como el PNV nos vende. Los últimos resultados de las Evaluaciones Diagnósticas, PISA, el último informe del Consejo Escolar de Euskadi o Save The Children dejan claro que el oasis vasco educativo está en jaque. Que Euskadi sea la CCAA que más invierte por alumno no significa que disponga de una mayor excelencia educativa. No basta con invertir mucho, sino que es necesario invertir bien, es decir, invertir en educación pública.  La única opción válida para garantizar la igualdad de oportunidades y compensar las diferencias que día a día se evidencian en las escuelas vascas.

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Y los jóvenes vascos, ¿qué?

Hay quien define la política como la actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país. En ese contexto, es cierto que hay debates de alta política que afectan al desarrollo de Euskadi y que nos ocupan diariamente, nos embarran en discusiones interminables y colapsan los debates parlamentarios. Con todo, últimamente no dejo de pensar en que esa sociedad, ese país, también son los jóvenes vascos, jóvenes que parecen estar cada vez más desconectados de la política en gran medida porque quienes gobiernan Euskadi no sólo no atienden sus necesidades, sino que les invitan a sumarse a batallas identitarias que poco tienen que ver con mejorar su vida diaria.

El lehendakari Iñigo Urkullu y sus socios de Gobierno del PSE, junto con la plana mayor del PNV, sucumben hoy a la tentación de polarizar la vida política vasca en torno a la supuesta necesidad de reconstruir un Estatuto de Autonomía que es de lo poco que sigue uniendo a los vascos. Unos y otros lo hacen en un contexto en el que la opción a favor del actual Estatuto ha recuperado 23 puntos en los últimos años coincidiendo con el procés catalán y en el que quienes están conformes con el texto estatutario ascienden al 81%. Lo hacen justo cuando menos del 45% de los jóvenes vascos muestran interés por la política.

Los datos hechos públicos por el Observatorio Vasco de la Juventud el presente año deberían formar parte de la lectura nocturna obligatoria del lehendakari y de todos aquellos estancados en la discusión del soberanismo y la autodeterminación. Todos ellos deberían caer en la cuenta de que la tasa de paro juvenil en lugares como Bizkaia ronda del 19,1 %, mientras la media de la Unión Europea no supera el 16,8 %.  Que en Euskadi el riesgo de pérdida o de precarización del empleo de jóvenes de hasta 29 años es del 32 % y que su disponibilidad económica mensual es inferior a 600 euros en más del 70 % de los casos.

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Cuando la tradición es el freno

Tensión en Hondarribia por el desfile de la compañía mixta en el Alarde

Son varias las ocasiones en las que el ser humano se encuentra satisfecho con el grado de avance que la sociedad va consiguiendo, siempre con costoso esfuerzo; el nuevo descubrimiento médico contra una enfermedad que parecía invencible, la mejora en la comunicación que  acerca a familias separadas por miles de kilómetros, aquel tratado de paz que cierra un conflicto bélico nunca deseado por la mayoría de las población son algunos ejemplos escogidos sin demasiada reflexión.

En otros momentos, sin embargo, nos inunda el desánimo ante lo que consideramos retrocesos inaceptables para la condición humana en pleno siglo XXI: el avance de la xenofobia, la persistencia del maltrato humano y animal, la inagotable avaricia de las mayores riquezas y su perseverancia o las luchas partidistas –en ocasiones fratricidas- por alcanzar el poder político en una comunidad. En estos casos nos avergonzamos de nuestra propia especie y optamos por buscar argumentos que nos diferencien de ellos/as o por recluirnos en una cueva hasta que la razón y la luz acaben imponiéndose y podamos volver a sonreír.

Pues bien, hay ocasiones en que la tradición se inserta en esta segundo grupo y forma parte de nuestros peores sueños. Me refiero al conflicto social generado recientemente –y repetido desgraciadamente cada septiembre- con el Alarde de Hondarribia y que tiene siempre su precedente en su homónimo de Irún en junio. Evito los detalles, que son de sobra conocidos a través de los medios de comunicación, para centrarme en entender las causas que lo provocan.  Y no es difícil llegar rápidamente al meollo de la cuestión: se trata de un problema de interpretación de la tradición, entendida desde dos posiciones distintas que devienen en antagónicas.

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Ciudades habitables y libres de coches

La Semana Europea de la Movilidad (SEM), iniciativa promovida por la Unión Europea, se celebrará como cada año del 16 al 22 de septiembre, incluida Euskadi. Bajo el lema '¡Combina y Muévete!', esta última edición estará centrada en fomentar el uso y combinación de diferentes modos de transporte en los desplazamientos urbanos de personas y mercancías, con el fin de conseguir una mayor eficiencia, rapidez, ahorro y sostenibilidad.

Esta campaña anual pretende, a través de diferentes actividades e iniciativas organizadas simultáneamente en toda Europa, fomentar la movilidad sostenible en todos los estados miembros estimulando a las administraciones públicas a introducir y promover medidas de transporte sostenible.

En este sentido, la Semana Europea de la Movilidad es una ocasión única para que todas las partes interesadas locales se reúnan con el fin de discutir los diferentes aspectos de la movilidad sostenible y poder así buscar soluciones innovadoras para reducir el uso del automóvil y sus emisiones de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático.

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Pensar con los pies en el suelo

Posum quia posse videntur, Pueden porque creen que pueden. Señalaba Virgilio en el libro V de la Eneida, la importancia de la idealización previa de la victoria en la contienda y en el juego, como condición previa para vencer.

Pero, ¿qué otro destino tiene un sueño infundado que un despertar decepcionante?

La cabeza puede pergeñar el mejor de los proyectos pero luego -en tiempo de vigilia- viene la práctica y uno se encuentra: la torpeza de manos y pies, la incapacidad o ausencia del equipo, la falta de presupuesto, la carencia de infraestructura y con la obligatoriedad de cumplir las normas y los derechos del vecino…

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Ciudadanos y nacionales vascos

La postdemocracia nacionalista ya nos ha dejado claro que el debate político en el País Vasco se divide entre quienes hacen propuestas serias y quienes las “vetan”. Unos tienen la razón que les da el ser la “mayoría natural” de por aquí; los otros, los minoritarios, los “unionistas”, están obligados, si son responsables, a decir amén a lo que sostienen los primeros, al menos en las cuestiones esenciales. Se puede hablar, en un segundo momento, sobre cómo tiene que aplicarse la vaselina para que la pócima entre mejor, pero no sobre cuestiones de principio que ya están decididas por los realmente competentes.

De ahí que, si queremos tener la fiesta en paz y llegar a un acuerdo “transversal” para aprobar un nuevo Estatuto de Autonomía, son siempre los mismos los que se tienen que mover: el PSE-EE, el PP y, ahora, Elkarrekin Podemos, que, una vez caído del guindo, empieza a enterarse de qué va esto del llamado derecho a decidir.

En mi inocencia, yo pensaba que eso de vetar normalmente lo hace un Gobierno frente a determinadas decisiones de un Parlamento consideradas más o menos cuestionables. Nunca había oído que defender tus propias posiciones políticas  en una Cámara parlamentaria equivalga a ejercer un derecho de veto. Pero cosas más extrañas se han visto en este país de fábula. Ya dijo en su día Arnaldo Otegi que la entrega de armas y la disolución de ETA no eran otra cosa que “un acto de soberanía popular y desobediencia”. ¡Cómo extrañarse, entonces, de que los mayores enemigos de nuestro sistema de autogobierno, los que respaldaban políticamente a quienes pretendían volarlo a bombazos, se hayan convertido de la noche a la mañana en sus portaestandartes! ¡Y de la mano, además, de un partido tan de derechas y de orden como el PNV!

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Restauración neoliberal en América Latina

Distintas corrientes de pensamiento político y los poderes mediáticos correspondientes nos hablan desde hace tiempo de que América Latina, después de dos décadas de gobiernos de izquierda y de su hipotético fracaso, asiste hoy a la restauración neoliberal como única alternativa viable. Sin embargo, es muy posible que el inicio de este proceso de restauración no sea resultado de estos últimos dos o tres años y fruto principalmente del agotamiento del modelo progresista, tal y como nos pretenden hacer creer.

La restauración neoliberal tiene sus raíces evidentes, por lo menos hace ya casi una década. Concretamente desde el golpe de estado en Honduras, en 2009. Aunque si fuéramos muy rigurosos, los primeros asaltos se producen en Venezuela con el fracasado golpe contra el presidente Hugo Chávez en 2002, el paro patronal petrolero y el boicot económico continuado. Es decir, los intentos de restauración neoliberal son casi paralelos a los primeros pasos de los gobiernos progresistas mostrando así un irrespeto absoluto a los propios procesos democráticos que estos sectores neoliberales y oligárquicos decían defender. Nunca aceptaron sus derrotas precisamente en aquel campo, el de la democracia representativa, que consideraban suyo. Las transiciones a la democracia al estilo español se habían convertido en la forma de gobierno idóneo para que todo quedara, en cierta forma, bajo el dominio de los mismos sectores oligárquicos que habían dominado la escena dictatorial, aunque ahora con una apariencia democrática; como se suele decir en el estado español, que “todo quedara atado y bien atado”.

Pero, tal y como explicitó uno de los principales defensores del neoliberalismo, S. Huntington, la democracia no es necesariamente para todos y especialmente tiene sus límites para el caso de que no opere en función de los intereses del sistema. “La democracia es sólo una de las maneras de constituir la autoridad, y no es necesariamente aplicable universalmente. El funcionamiento efectivo de un sistema democrático requiere cierto nivel de apatía y de no participación por parte de algunos individuos y grupos (…) Hay también potencialmente límites deseables a la extensión indefinida de la democracia política”. Por eso, cuando esa democracia no sirve a los intereses económicos y políticos dominantes, cuando se ha perdido incluso en el campo marcado de la democracia representativa, esos sectores inician un decidido proceso de restauración a cualquier precio: golpes de estado “blandos o institucionales”, impeachments, sabotajes y bloqueos económicos y cualquier acción que sirva para desgastar a los gobiernos legítimos, incluida la acusación de tiranías o dictaduras por muchos procesos electorales que se hayan limpiamente ganado.

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