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Nuevos retos de la conservación de la naturaleza y la biodiversidad

Somormujos en Salburua.

En los años sesenta, la bióloga Rachel Carson hizo temblar a los sectores político y empresarial de los Estados Unidos con su libro “La Primavera Silenciosa”, un contundente ensayo sobre el impacto ambiental de los plaguicidas. La metáfora de aquel libro -una primavera sin cantos de pájaros- sigue vigente más de medio siglo después (concretamente sesenta y seis años, ya que fue publicado por estas fechas, pero en 1962), debido a la sostenida reducción de las aves en los campos de cultivo europeos, a merced de prácticas agrícolas poco sensibles con los servicios que la biodiversidad ofrece.

Rachel Carson puso de manifiesto en su libro la percepción de que cada vez se iban haciendo más escasas las especies que nos acompañan en el Planeta Tierra. Posteriormente, se han documentado los factores humanos que impactan sobre las poblaciones de muchas especies, a destacar los siguientes: los herbicidas destruyen las plantas que sirven de alimento a pájaros granívoros como el escribano cerillo (Emberiza citrinella); los insecticidas y la ganadería intensiva abaten los invertebrados que forman la dieta de ciertas aves insectívoras y omnívoras, como la perdiz pardilla (Perdix perdix), así como de las rapaces que se alimentan de ellas, caso del halcón peregrino (Falco peregrinus); la desecación de praderas contrae el hábitat potencial de especies como la avefría (Vanellus vanellus); y otro tanto ocurre con el zorzal común (Turdus philomelos) en respuesta a transformaciones sufridas por el bosque, el matorral y los setos alrededor de las tierras de cultivo.

Hoy sabemos que el ritmo de extinción de especies se ha situado a un nivel similar al de las otras cinco grandes extinciones habidas a lo largo de la evolución de la vida en nuestro planeta, y de ahí que diversos científicos hayan bautizado a esta época como la sexta extinción.

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Chautebriand

El expresidente del PNV Xabier Arzalluz.

Tras el desmantelamiento industrial de la margen izquierda de la ría vizcaína durante los primeros años ochenta, los líderes nacionalistas de entonces decidieron colonizar la sociedad civil mediante la creación de una gigantesca maquinaria burocrática solo comparable a la de determinados regímenes soviéticos.

Los ciudadanos vascos comenzaron, entonces, a dividirse no solo entre ricos y pobres, tontos y listos, bebedores y abstemios, sino también entre aquellos que obtenían sustanciosas prebendas, magníficos despachos, hermosas subvenciones, perpetuas cátedras, respetados púlpitos, puestos de trabajo casi, casi vitalicios, jubilaciones magníficamente remuneradas e incluso insospechados protagonismos y quienes no tuvieron más remedio que buscarse el sustento en otras latitudes más propicias.

Muchos vascos no nacionalistas, no demasiados contentos con el próspero régimen que durante muchos años acaudilló monseñor Arzallus tuvieron, entonces, que censarse en otras regiones españolas por motivos laborales, cuando no acosados por los terroristas. Como es lógico esta circunstancia les incapacitó para ejercer el voto en nuestro territorio histórico, no pudiendo de esta manera intervenir en los asuntos administrativos ni elegir a los dirigentes políticos que les representaran en el parlamento vasco. Estas personas – médicos, periodistas, abogados, profesores, etcétera, etcétera – acostumbraban entonces a manifestar su desconcierto por la situación política de nuestro territorio, preguntándose como era posible que hubiéramos llegado a procurarnos la demagogia, los desmanes, las barbaridades y el fanatismo que padecíamos en nuestra lluviosa, limitada y desconcertante circunscripción vasca.

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¡Oh, Puigdemont!

Desde hace algún tiempo me viene asaltando una inquietud, o una duda, qué más da. Concretamente desde que Puigdemont puso pies en polvorosa y huyó lejos de su terruño. Esta duda o inquietud, qué más da, me surgió mientras escuchaba la canción de José Luis Perales en la que el motivo principal, contenido en su estribillo, lo constituyen una serie de preguntas: “¿Quién es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?”. La verdad es que la pregunta más difícil de responder, en lo que se refiere al Sr. Puigdemont, es la cuarta, porque su tiempo libre es mucho, y el ocio excesivo suele desembocar en ocurrencias mucho más que en juiciosas reflexiones.

El Sr. Puigdemont tiene demasiado tiempo libre que emplea, -supongo yo-, en ejercer a su modo esa especie de poder vacuo y estéril que no está fundamentado en la autoridad sino en el atrevimiento. Su huida, pertrechada desde la cobardía más alevosa, le ha convertido en una especie de tótem al que adoran los catalanistas sin otra finalidad que evitar nuevos sacrificios. A lo largo del tiempo ha quedado demostrado que Puigdemont es un provocador empeñado en convertirse en una divinidad. De momento se ha convertido en la fuente de la que emanan los oráculos de los dioses catalanistas. Como si de un dios se tratara, se le venera, se le respeta como si fuera infalible, se le honra como si fuera un dechado de virtudes, y quizás incluso se le teme. Por eso él, que sabe todo esto, muestra una sonrisa excesivamente cínica y simula constantemente una seguridad y una autosuficiencia desafiantes. Los que, víctimas del procés, fueron incluso encarcelados en España, ya han sido olvidados. Permanecen a la sombra, esperando que Puigdemont se decida a hablar y proponer cosas desde su torre de marfil, sometidos a ese Artículo 155 que podría ser levantado si el “gobierno catalán” abandonase su cerrazón, dejase de provocar un conflicto tras otro y se aviniera a cumplir la Ley de todos. Pero Puigdemont no está por la labor, mientras se pasea ahora por Berlín (antaño lo hacía por Bruselas) procurando olvidar incluso las semblantes atribulados de sus compañeros de gobierno encarcelados, y de los líderes de ANC y de Omnium.

Así se escribe la historia (la Historia con minúsculas, entre paréntesis) cuando quien la dicta es alguien con débiles principios éticos, alguien ensoberbecido por sus propias carencias que solo pueden ser superadas mediante amplias dosis de soberbia. Puigdemont es una persona de esas. Su rictus siempre denota impostura, muestra una superioridad tan poco consistente como infundada. Se trata de alguien que subió al pedestal de la gloria resquilando por el pilar que lo sostenía, después de que los Tribunales derribaran a Artur Mas del pedestal. En resumen, fue un atrevido que, habiendo sido llamado a ser monaguillo, de repente fue alzado a la categoría de obispo. Iba a dirigir Girona durante unos años y ahora se ha propuesto dirigir Cataluña desde el exilio. ¿Exilio? No, porque el exilio, cuando es elegido y deseado por el propio exiliado, se convierte en una especie de pequeño paraíso.

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Tres ejemplos

Es curioso lo que está pasando con algunas profesiones que históricamente han sido realizadas por mujeres y en las que, por circunstancias de la vida, han entrado los hombres. Me referiré a tres de ellas, pero el análisis se puede extender a más.

La cocina ha sido históricamente, y sigue siendo, el "espacio por excelencia" de las mujeres. No hay sociedad en la que las labores domésticas, y más las de la cocina, las realicen los hombres. En todas las culturas son ellas quienes cultivan los productos de la tierra, quienes dan de comer a los animales del corral, quienes limpian el hogar y quienes cocinan. Un trabajo considerado históricamente como rutinario, poco creativo y sin ningún valor. Lo que se cocina y se limpia desaparece rápidamente, y para esas labores están las mujeres.

Pues bien, ha sido entrar los hombres en la cocina y revolucionarlo todo. Los cocineros son actualmente los reyes de muchos de los programas de televisión y su cocina ha sido denominada "alta cocina". Son ellos quienes realizan los menús más elaborados, los platos más atrevidos y las mezclas más explosivas. Así las cosas, quién no ha oído hablar de Juan Mari Arzak, Ferrán Adriá, Martín Berasategui, Antonio Luis Aduriz, Eneko Atxa o David Muñoz (por poner unos ejemplos). Sólo una mujer destaca en ese mundo tan exclusivamente masculino: Carme Ruscalleda. Pero la cocinera catalana no tiene ni la fama ni el prestigio de muchos de sus compañeros varones, aunque, con toda seguridad, ha hecho muchos más esfuerzos que ellos para llegar donde ha llegado. Por otra parte, esos cocineros han convertido las lúgubres cocinas de la mayoría de los restaurantes en espacios luminosos, llenos de instrumentales más propios de un cirujano que de su profesión.

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El superior valor moral de los oprimidos

Va de sentencias. La más sonora la de la sociedad. Dice algo así: las denunciantes de abusos o agresiones sexuales deberán ser creídas mientras los agresores no demuestren su inocencia. Cualquier indagación o examen crítico de la veracidad de la denunciante debe ser considerado como un caso de revictimización y evitado cuidadosamente. Las defensas de los acusados no podrán recurrir a medios de prueba que cuestionen la veracidad de la denunciante mediante el examen de su comportamiento pasado o posterior. Y, desde luego, como siempre, hay que aumentar las penas, al mono leña.

Luigi Ferrajoli escribe en más de un lugar de su monumental obra que si en 1789 se hubieran puesto a votación popular los derechos del hombre que en aquella fecha se promulgaron nunca hubieran salido. Pues eso. Hoy tampoco saldría adelante la presunción de inocencia en delitos oprobiosos. Los derechos fundamentales son los derechos del débil, y aunque suene a sarcasmo el débil en Pamplona 2018 eran los de 'la manada'. E impopulares, claro. ¿Derechos para ellos? ¿Está de broma? ¿O tiene un problema, que diría nuestro ministro?

La sentencia condenatoria de los dos magistrados cree a la víctima después de estudiar el caso. Pero es bastante contradictoria. Con los hechos probados que relata (una mayoría masculina atemorizadora buscada de propósito vuelve a la víctima incapaz de ninguna defensa o protesta) es difícil aplicar la calificación de prevalimiento y no la de intimidación. Optar por una u otra es cuestión de grado, si la conducta amenazadora llega a privar totalmente a la víctima de su autonomía se trata de intimidación, sólo si es parcial cabe la de prevalimiento. Ergo violación (agresión). Ese es el caso que describe la mayoría.

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En un bar del Sardinero, en Santander, capital cántabra donde como en el resto del país reina sin oposición alguna la hija más despiadada o más espabilada de Emilio Botín, además de servir una curiosa combinación de vino y vaya a saber usted qué en unos porrones de cristal transparente, tienen la arraigada costumbre de no dar nunca la razón a los clientes. Su dueño, un cuarentón profundamente santanderino, calvo, tozudo, con un par de matrimonios rotos y una interminable capacidad para discutir de todo con todos, tiene la tarde metida en asuntos raciales y territoriales asegurando que los vascos tendemos a la soberbia porque esa es la única manera que hemos encontrado para disimular no solo nuestra timidez sino nuestra incapacidad para mantener una conversación ya que, como largamente demostrara nuestro vasco más ilustre, o sea, don Miguel de Unamuno, tendemos al monólogo.

"Tenía yo por aquí un cliente de Sestao, un bebedor formidable, por cierto, que lo hablaba todo pero, eso sí, nunca le vi entablar conversación con nadie. El tío pontificaba; todo cuanto decía era como si lo estuviese diciendo el Papa, o sea un dogma de fe. Para él, como para todo los vascos que he conocido, los demás no somos más que unos pobres paletos que hace tres telediarios que hemos descubierto el agua corriente, los sacapuntas y el abecedario... Joder, poco le importaba al tío que aquí estuviéramos hablando del Racing porque llegaba y de inmediato, sin saludar ni hostias, te comenzaba a largar un discurso sobre las casas colgantes de Cuenca, los negocios de Jesús Gil, el material del que están hechos los pantalones vaqueros o de cualquier otra estupidez. Era inagotable el tío, inagotable. El muy cabrón no paraba de largar hasta, eso sí, que se le subía el vino a la cabeza y salía de aquí dando traspiés; borracho y convencido de que había estado instruyendo a una manada de borregos. Además el muy soberbio, que eso es lo que todos los vascos sois, jamás aceptó que nadie le pagara un vino y no es que fuera un multimillonario sino que se creía mejor que los demás, más importante que nadie, que en eso sois como los catalanes, que siempre os creéis mejores que los demás y que si tenéis la más mínima ocasión de demostrarlo perdéis el culo con tal de hacerlo... Hace tiempo que el muy cabrón no viene por aquí... Pero, joder lo que bebía el tío, joder... Según me dijeron los hijos le internaron en una residencia porque había comenzado a perder la cabeza, pero..."

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Educación: Viejos tiempos

Estos días se viene hablando mucho de la Educación en España: bueno, mejor dicho de la Universidad, y más concretamente de la que lleva el nombre del emérito monarca; Juan Carlos. La noticia se explica porque según parece decenas de currículos de nuestros actuales dirigentes políticos han sido otorgados de manera fraudulenta o estos han inflado hasta lo indecible sus falsos méritos. Empezó con la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y no hay fuerza política que no haya sido contaminada por el engaño de algún destacado militante.  El culebrón, sin duda, puede dar para mucho, y el asunto de fondo, nada trivial, refleja la consideración que merece la Educación a una parte nada desdeñable de la ciudadanía del país. Mucha vanidad, escasa Educación.

Sin embargo, a pesar de esta circunstancial actualidad la Educación vive fuera de la realidad. No solo porque una gran mayoría de docentes no conozca otra actividad laboral, sino porque calendario, materias, programas, y didáctica no responden a menudo a las necesidades y retos de nuestra sociedad. Les pongo un par de  ejemplos: el periodo vacacional de verano viene determinado por los tiempos en los que una sociedad rural necesitaba de los niños en edad escolar para recoger las cosechas. ¿Tiene alguna lógica seguir con ese calendario que data de hace más de un siglo?

Se hace hincapié en que los niños lean, pero, de verdad alguien cree que la lectura del Lazarillo de Tormes, publicado en 1554, puede ser el libro de cabecera de un alumno o alumna de 15-16 años. Tres lustros obligatorios de aulas es demasiado tiempo para jóvenes que las viven como un verdadero purgatorio por donde tienen que pasar forzosamente. Cualquier atisbo de creatividad se esconde entre las “marías” o  queda desterrado del sacrosanto “curriculum escolar”.

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Rivera se marca un val(l)s

Con toda esta movida del máster empeñado en no aparecer, me han entrado sospechas sobre la verdadera identidad de la ya dimitida  presidenta de Madrid. Me he llegado a plantear si Cristina Cifuentes era realmente Cristina Cifuentes o una mera falsificación de Cristina Cifuentes. O tal vez una especie de doble como el que, según leyendas urbanas de la época, tenía Franco para que le cubriera su inevitable asistencia a los actos oficiales, mientras él se dedicaba a la más placentera pesca del salmón. Todo parece indicar que no: que la Cristina Cifuentes que veíamos por la tele desafiando a quien hubiera que desafiar coincidía con la Cristina Cifuentes real. Pero tampoco me hubiera sorprendido mucho lo contrario, dado el ambiente de irrealidad que envuelve a la política española.

En la España de Rajoy nada es ya lo que parece y la magia está a la orden del día. Se descubren milagrosamente recursos que no existían para subir todas las pensiones de acuerdo con el IPC. Y hasta se piensa desde el Gobierno de la derecha en aplicar impuestos a potentes empresas tecnológicas para poder pagarlas; esos tipos de impuestos que hasta ayer eran pecados populistas de Pedro Sánchez y hoy son ya remedios al alcance de la mano. Al paso que vamos, no sería tampoco de extrañar que esas cargas fiscales se le impusieran también a la banca y a las transacciones financieras, como viene reclamando el líder socialista.

Y la España mágica se reproduce, igualmente, en la Comunidad de Madrid. Allí ha quedado acreditado que el caso Cifuentes, no sólo olía muy mal, sino que apestaba; pese a lo cual, Ciudadanos ha decidido optar por la necesaria regeneración política a través de un procedimiento  original: quedándose con el mal olor y manteniendo a la Comunidad enfangada en la mierda un año más. Y lo hace en la creencia, mágica también, de que, así, el año que viene se verá electoralmente recompensado por tener a los madrileños con serias dificultades para poder respirar.

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Ponencia de autogobierno, manzana envenenada

Preocupa el perfil bajo que algunos partidos vascos mantienen tras constatar cómo el PNV, a través de su última propuesta de ruptura estatutaria, ha radicalizado su discurso sentando las bases de un nuevo Plan Ibarretxe en Euskadi. Pero preocupa más aún que un partido constitucionalista que además es socio de gobierno del PNV asuma que el nacionalismo vasco cumplirá la legalidad cuando, de hecho, ya fundamenta su propuesta de Estatuto sobre la base de una contradicción insostenible: una “nación” vasca con “identidad propia” que mantenga una “relación bilateral” con el Estado en el marco de la Constitución Española. Insostenible.

Insostenible jurídicamente e insostenible políticamente en una Euskadi que conoce bien las consecuencias de aventuras rupturistas e identitarias. Tanto las conoce, que las rechaza de plano. Acertó la secretaria general del PSE cuando, en 2015 y en Barakaldo, mi ciudad natal, advirtió de que “el derecho a decidir no paga facturas ni hipotecas”. Aplaudí entonces aquel argumento. Aún lo hago. Pero precisamente porque lo hice y porque aún lo hago creo que ha llegado el momento de que todas las formaciones constitucionalistas desarmemos al nacionalismo de dos modos. Primero, abriendo la puerta a  la consecución de acuerdos que mejoren la vida de los vascos y que evidencien que el proyecto España garantiza la necesaria estabilidad y la cohesión social. Segundo, dando un portazo a cualquier atisbo de aventura secesionista, ruptura social o inestabilidad. Pese a que los constitucionalistas estamos de acuerdo en lo primero, parece que no del todo en lo segundo. Al menos no en los hechos.

PNV y PSE sacaron adelante su propuesta para constituir la ponencia de Autogobierno allá por 2014. Lo hicieron, en principio, para valorar el “estado actual del desarrollo estatutario” y para, “ de acuerdo con las normas y procedimientos legales y desde el máximo consenso posible”, intentar acordar “las bases para su actualización”. El PP vasco alertó entonces de que el foro tenía todas las papeletas para convertirse en una manzana envenenada para la estabilidad de los vascos en la medida en que, si bien se presentaba como una herramienta de revisión, el nacionalismo la utilizaría para abordar el mal llamado derecho a decidir –autodeterminación–, que choca con la legalidad y vulnera el sentido de la propia ponencia. Esas papeletas las pagó el PSE y fueron vendidas con fines partidistas por el PNV.

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Fin de ETA: es la democracia, estúpido

Cuando ETA anunció en 2011 el abandono definitivo de la 'lucha armada' (léase violencia terrorista) perdió la oportunidad de optar por un final honorable al no hacerlo mediante un finiquito en el que los guardianes de las esencias terroristas apareciesen firmando al pie de un folio en blanco que la generosidad de la democracia se encargaría de rellenar.

Pero ETA y su mundo nunca han perdido la oportunidad de hacer las cosas si no bien por lo menos no del todo mal y no terminar comportándose como una gentuza miserable que encima siempre ha acabado, además de haciendo daño a los demás, haciéndose daño a sí mismos. Tenían el futuro abierto a todo tipo de alternativas incluidas las buenas y una vez más han elegido la peor. Porque de todos los finales posibles ETA ha elegido el único inaceptable para los demócratas: echar la persiana sin reconocer la ilegitimidad de sus crímenes y por tanto sin aceptar la democracia.

La firma de este finiquito hubiese sido la consecuencia lógica de una derrota operativa y de un desistimiento organizativo obligados por la superioridad moral de la Democracia (unidad de los partidos políticos en torno a los pactos antiterroristas) y por la fortaleza del Estado de Derecho (eficacia policial, firmeza judicial, colaboración internacional, política penitenciaria orientada a la reinserción a pesar de las presiones en sentido contrario, etc.).

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