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Rivera se marca un val(l)s

Con toda esta movida del máster empeñado en no aparecer, me han entrado sospechas sobre la verdadera identidad de la ya dimitida  presidenta de Madrid. Me he llegado a plantear si Cristina Cifuentes era realmente Cristina Cifuentes o una mera falsificación de Cristina Cifuentes. O tal vez una especie de doble como el que, según leyendas urbanas de la época, tenía Franco para que le cubriera su inevitable asistencia a los actos oficiales, mientras él se dedicaba a la más placentera pesca del salmón. Todo parece indicar que no: que la Cristina Cifuentes que veíamos por la tele desafiando a quien hubiera que desafiar coincidía con la Cristina Cifuentes real. Pero tampoco me hubiera sorprendido mucho lo contrario, dado el ambiente de irrealidad que envuelve a la política española.

En la España de Rajoy nada es ya lo que parece y la magia está a la orden del día. Se descubren milagrosamente recursos que no existían para subir todas las pensiones de acuerdo con el IPC. Y hasta se piensa desde el Gobierno de la derecha en aplicar impuestos a potentes empresas tecnológicas para poder pagarlas; esos tipos de impuestos que hasta ayer eran pecados populistas de Pedro Sánchez y hoy son ya remedios al alcance de la mano. Al paso que vamos, no sería tampoco de extrañar que esas cargas fiscales se le impusieran también a la banca y a las transacciones financieras, como viene reclamando el líder socialista.

Y la España mágica se reproduce, igualmente, en la Comunidad de Madrid. Allí ha quedado acreditado que el caso Cifuentes, no sólo olía muy mal, sino que apestaba; pese a lo cual, Ciudadanos ha decidido optar por la necesaria regeneración política a través de un procedimiento  original: quedándose con el mal olor y manteniendo a la Comunidad enfangada en la mierda un año más. Y lo hace en la creencia, mágica también, de que, así, el año que viene se verá electoralmente recompensado por tener a los madrileños con serias dificultades para poder respirar.

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Ponencia de autogobierno, manzana envenenada

Preocupa el perfil bajo que algunos partidos vascos mantienen tras constatar cómo el PNV, a través de su última propuesta de ruptura estatutaria, ha radicalizado su discurso sentando las bases de un nuevo Plan Ibarretxe en Euskadi. Pero preocupa más aún que un partido constitucionalista que además es socio de gobierno del PNV asuma que el nacionalismo vasco cumplirá la legalidad cuando, de hecho, ya fundamenta su propuesta de Estatuto sobre la base de una contradicción insostenible: una “nación” vasca con “identidad propia” que mantenga una “relación bilateral” con el Estado en el marco de la Constitución Española. Insostenible.

Insostenible jurídicamente e insostenible políticamente en una Euskadi que conoce bien las consecuencias de aventuras rupturistas e identitarias. Tanto las conoce, que las rechaza de plano. Acertó la secretaria general del PSE cuando, en 2015 y en Barakaldo, mi ciudad natal, advirtió de que “el derecho a decidir no paga facturas ni hipotecas”. Aplaudí entonces aquel argumento. Aún lo hago. Pero precisamente porque lo hice y porque aún lo hago creo que ha llegado el momento de que todas las formaciones constitucionalistas desarmemos al nacionalismo de dos modos. Primero, abriendo la puerta a  la consecución de acuerdos que mejoren la vida de los vascos y que evidencien que el proyecto España garantiza la necesaria estabilidad y la cohesión social. Segundo, dando un portazo a cualquier atisbo de aventura secesionista, ruptura social o inestabilidad. Pese a que los constitucionalistas estamos de acuerdo en lo primero, parece que no del todo en lo segundo. Al menos no en los hechos.

PNV y PSE sacaron adelante su propuesta para constituir la ponencia de Autogobierno allá por 2014. Lo hicieron, en principio, para valorar el “estado actual del desarrollo estatutario” y para, “ de acuerdo con las normas y procedimientos legales y desde el máximo consenso posible”, intentar acordar “las bases para su actualización”. El PP vasco alertó entonces de que el foro tenía todas las papeletas para convertirse en una manzana envenenada para la estabilidad de los vascos en la medida en que, si bien se presentaba como una herramienta de revisión, el nacionalismo la utilizaría para abordar el mal llamado derecho a decidir –autodeterminación–, que choca con la legalidad y vulnera el sentido de la propia ponencia. Esas papeletas las pagó el PSE y fueron vendidas con fines partidistas por el PNV.

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Fin de ETA: es la democracia, estúpido

Cuando ETA anunció en 2011 el abandono definitivo de la 'lucha armada' (léase violencia terrorista) perdió la oportunidad de optar por un final honorable al no hacerlo mediante un finiquito en el que los guardianes de las esencias terroristas apareciesen firmando al pie de un folio en blanco que la generosidad de la democracia se encargaría de rellenar.

Pero ETA y su mundo nunca han perdido la oportunidad de hacer las cosas si no bien por lo menos no del todo mal y no terminar comportándose como una gentuza miserable que encima siempre ha acabado, además de haciendo daño a los demás, haciéndose daño a sí mismos. Tenían el futuro abierto a todo tipo de alternativas incluidas las buenas y una vez más han elegido la peor. Porque de todos los finales posibles ETA ha elegido el único inaceptable para los demócratas: echar la persiana sin reconocer la ilegitimidad de sus crímenes y por tanto sin aceptar la democracia.

La firma de este finiquito hubiese sido la consecuencia lógica de una derrota operativa y de un desistimiento organizativo obligados por la superioridad moral de la Democracia (unidad de los partidos políticos en torno a los pactos antiterroristas) y por la fortaleza del Estado de Derecho (eficacia policial, firmeza judicial, colaboración internacional, política penitenciaria orientada a la reinserción a pesar de las presiones en sentido contrario, etc.).

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Agur eta kitto?

Es de suponer que ante la atención mediática de la última semana a la disolución de la banda terrorista ETA, miles de hogares vascos habrán entablado un diálogo en torno a este tema. Probablemente, en la mayoría de ellos la conversación habrá girado sobre preguntas elementales que se hacen los adolescentes acerca de un hecho supuestamente transcendente, pero desconocido por la mayoría. Así parece certificarlo un estudio de la Universidad de Deusto, del pasado año, organizado por el Gobierno Vasco y que concluía con la preocupante cifra de que el 47 % de la juventud universitaria vasca desconocía hechos como el atentado de Hipercor en Barcelona o la bomba contra la T4 de Barajas y no reconocía a personas como Miguel Ángel Blanco, Ernest Lluch o Santiago Brouard, por citar distintos ejemplos. (¿Dónde estábamos los y las educadores vascas en esos años?)

Continuando con esa conversación, en la mitad de esos hogares y ante las inocentes preguntas  recibidas, madres y padres se habrán sorprendido de que en la escuela o instituto  no les hayan hablado de ello aún. Aparecerán entonces dos posibles actuaciones. Algunos/as, molestos/as por tener que iniciar una exposición dura que intuyen hacia dónde les puede llevar, optarán por desviar la atención y devolverán la cuestión a la casilla de salida, la escuela. “¿Pero es que nadie te ha hablado aún de ´esto´? ¿Y qué esperan, que lo hagamos nosotros/as?”

Otros/as –posiblemente menos- ensombreciendo su rostro, abandonarán lo que estén haciendo, se sentarán frente a los/as jóvenes e iniciarán un recorrido oscuro por su memoria, que les llevará a reabrir una cascada de recuerdos y sentimientos que creían a buen recaudo. Les tomarán sus manos y les indicarán que van a conocer episodios de la vida de sus padres que nunca pensaron vivir y buscarán la forma de hacérselo entender sin que sufran lo que ellos/as entonces padecieron.

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Tenemos Memoria y Relato

La banda terrorista ETA ha hecho como que se disuelve, en una especie de novelón por entregas, para que el Gobierno central haga un gesto con sus presos para salvar los muebles de la derrota, convertida para los hinchas de los etarras en victoria o empate infinito en la prórroga. Los pistoleros en la reserva hacen como que bajan la persiana y cuelgan el cartel de “se liquida por cese del negocio”, pero dejan una especie de comisión encargada de vigilar el legado de la banda. Vamos, que no se van del todo, como en lo del “desarme” tampoco entregaron todo. Al citado órgano, clandestino, lo denominan Comisión Técnica Provisional para Gestionar las Consecuencias de la Iniciativa Armada de ETA y estará formado por 20 etarras. Esas denominaciones tan largas, y tan egocéntricas por tantas mayúsculas, eran típicas en el tardofranquismo en formaciones de extrema izquierda que tenían más siglas que militantes, y que cuanto más largo era el nombre más radicales eran. En fin, que los etarras siguen con su complejo de directores espirituales de la trama política de lo que ha quedado de ellos. Tan pronto como se ha bajado el telón del circo de estos payasos trágicos ha comenzado una nueva etapa en la que toca contar lo que pasó para que no se nos olvide y nuevos iluminados tengan la tentación de seguir el ciclo iniciado por la partida del cura Santa Cruz y culminado por el terrorismo abertzale.

De todo esto quedan ahora los terroristas en la cárcel y sus víctimas, en el cementerio, en su casa, en el olvido o lejos de tierras vascas. Empecemos por ahí: los terroristas eligieron ser terroristas y sus víctimas no eligieron serlo. Los terroristas decidieron ser terroristas para “darlo todo por Euskal Herria”. Ese “darlo todo” consistía en elegir a sus víctimas, al azar o por procesos selectivos, para quitarles todo (la vida) o algo (sus propiedades o su dinero). Ahora nos salen las lumbreras de turno, las que nos decían que ETA era invencible policialmente o que no había más solución que negociar, para recordarnos que hay que hacer algo por los presos vascos, denominación reservada en exclusiva a los etarras en la cárcel, de la que quedan fuera los vascos que cumplen condena por otros delitos sin coartada política. Son los que olvidan que los etarras encarcelados lo están por asesinar, secuestrar, extorsionar, sabotear o contribuir a todo ello. Son los que llaman “presos políticos” o de “naturaleza política” a los delincuentes que penan por delitos a los que pusieron un argumento político. Para ellos, la única respuesta que hay es el Código Penal aplicado en función de su colaboración con la Justicia. Si lo que se habla es de vencedores y vencidos, quizá convendría no olvidar que aquí ya tenemos a más de 850 vencidos y que de la cárcel se vuelve más tarde o más temprano, pero del cementerio no se vuelve nunca. La memoria debe darnos para ser capaces de recordar no solo lo que ocurrió hace 80 años en la Guerra Civil o durante el franquismo, también lo que ocurrió anteayer por la tarde con el terrorismo, cuando pasamos sin solución de continuidad de la dictadura de Franco a la dictadura de ETA. Tampoco debemos olvidar a otros terroristas que pretendían acabar con ETA con más terrorismo y que merecen una condena tan contundente como la del terrorismo etarra. Me refiero a esas siglas siniestras que intentaron hacer de Euskadi un nuevo Ulster con dos bandos. Afortunadamente tuvieron una vida efímera esos grupos llamados Batallón Vasco Español (BVE), Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) y otras banderas de conveniencia de signo ultraderechista o parapolicial, de los que pensaron que la solución al terrorismo era su particular interpretación de la Constitución, los cuerpos policiales y los tribunales de Justicia. En la hora del relato no nos faltan los que echan de menos a los GAL y nos recuerdan la benevolencia penal a sus instigadores. Quizá olvidan a los matarifes en serie de ETA (hay más que de los GAL), que estuvieron en la cárcel unos meses por cada una de sus víctimas o que esos grupos terroristas jamás tuvieron apoyo social, pintadas de apoyo, partidos políticos que justificasen sus crímenes o manifestaciones que empezaban dando vivas a la muerte y los coches-bomba o pidiendo más sangre y esquelas. Quizá nadie ha contado, empezando por Euskal Irrati Telebista, que los GAL dejaron de asesinar en 1987 con un sangriento balance de 27 asesinatos. El año de su desaparición, ETA solo en el atentado de Hipercor dejó 21 víctimas mortales.

 Por tanto, no nos olvidemos ni del terrorismo, ajustándonos a sus sangrientas aportaciones cualitativas y cuantitativas, ni de sus consecuencias. La primera sus víctimas, los protagonistas de nuestra memoria y nuestro relato. Ante las mismas hay dos generaciones. Una de más de cuarenta años, en la que predominan los que quieren pasar de página rápido, sin que falte el típico idiota en plantilla recurriendo al “derecho a la desmemoria”, mientras de paso pide que los presos etarras sean puestos en libertad, al margen de sus delitos, porque la banda se ha disuelto. Primero escribimos la página con criterios de Memoria, Justicia, Verdad y Dignidad, y después la leemos hasta que se nos quede en la duramadre. Para que no se olviden los mayores de cuarenta de lo que pasó, de quién disparó, y para que los menores de treinta, que no vivieron aquello, sepan también lo que ocurrió y no tengan la tentación de repetirlo. Entretanto, no estaría de más en Euskadi y Navarra un proceso de limpieza a fondo de memorias y paredes. Limpieza de esos delirios frustrados y de esas pintadas que decían que iban a ganar, que iban a obligar al Estado a negociar, que iban a conseguir en una negociación con ETA lo que no se conseguiría en las urnas, que iban a lograr con percusión lo que no lograban con persuasión. ¿Han pensado los que rechazan lo de “vencedores y vencidos” cómo hubiera sido todo si los etarras y sus palmeros hubieran sido los vencedores? ¿Han pensado los etarras y su trama civil en contar a sus hijos y a los que están en la cárcel que no han conseguido ninguno de sus objetivos después de asesinar a más de 850 personas?

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Contra sus medios y contra sus fines

Prescindiendo de comentarios de texto y evocaciones personales varias, el adiós definitivo de ETA da solo para volver sobre su originalidad y sobre el argumento que le ha dado vida a lo largo de casi seis décadas. Me refiero a su proyecto político. Lo formularon en términos de una “Euskadi socialista, reunificada (sic) y euskaldún”. Podría haber sido un proyecto político más si no hubiese venido sostenido por el terror. Eso ya le aparta del territorio de las posibilidades cívicas. La política moderna es una competición abierta de propuestas que se trasladan pacíficamente a los ciudadanos para que estos opten por alguna de ellas. Si se tiene que apoyar en la violencia y en la eliminación de sus contrarios políticos deja de interesar la razón de su objetivo. Los malos medios contaminan los fines hasta desvirtuarlos completamente. Además, siempre hubo algún otro en paralelo que defendió lo mismo que ellos sin pistolas ni goma dos, lo que desbarataba más si cabe su argumento.

Pero todo no acaba en sus procedimientos. El mismo objetivo político era completamente perverso. No hablo de la ensoñación nacionalista e incluso de la socialista; ni siquiera de su amenazadora síntesis (nacional y socialista). Me refiero a su proyecto en los términos en que se ha formulado históricamente: una propuesta de país exclusiva y excluyente, un país solo para los nacionalistas (e incluso para los nacionalistas de una determinada especie, para los abertzales). Los viejos jeltzales como Irujo o Ajuriaguerra lo vieron pronto: era un problema de medios y fines el que les separaba del PNV. Ardanza lo llegó a ver en jornadas históricas: la firma del Pacto de Ajuria Enea, el comunicado tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, aquella conferencia en Sabin Etxea un 16 de diciembre de 1992 que nadie quiere recordar (disponible en mi “Antología del discurso político”, páginas 375-377): “El conflicto que está en la base de la violencia no consiste en un contencioso no resuelto entre el pueblo vasco y el Estado español, sino en que una minoría de vascos se niega a aceptar la voluntad de la mayoría y emplea para imponer la suya el instrumento de la ‘lucha armada’”. Luego llegó Estella y el planazo de Ibarretxe y tanta condura y convicción democrática saltaron por los aires.

Había y hay un proyecto político abertzale consistente en conformar un País Vasco donde solo quepan los que son como ellos. Un proyecto totalitario, no tanto ni solo por las formas con que pretendió alcanzarlo, sino porque se formula como una sociedad que expulsa a muchos vascos, como los expulsó con su terrorismo. Una sociedad donde o solo hay sitio para ellos o, habiéndolo para los demás, deberemos resignarnos (todavía más) a ser ciudadanos de segunda, porque los parámetros de ciudadanía que ellos establecen nos privan de tenerla plena. Un proyecto abiertamente enfrentado a la pluralidad de la sociedad vasca, solo corregible mediante la coacción extrema y la desaparición física o política de los que no respondemos a su modelo, seamos estos mayoría o minoría, lo mismo da. Una idea de nacionalidad cerrada y totalitaria por definición.

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Los mediadores y otros amigos

Pancartas de apoyo a ETA en la casa-cuartel de Legutio (Álava)

[1] Vine Deloria Jr. (1933-2005), escritor y activista de origen sioux, es autor de uno de los libros más interesantes para comprender la realidad de los Indios Americanos y su trágica historia: El General Custer murió por vuestros pecados. En uno de sus capítulos, titulado “Los antropólogos y otros amigos”, Deloria ironiza sobre la fijación de la antropología académica con las comunidades nativas y sus consecuencias para estas mismas comunidades. “Los indios han sido los más malditos de todos en la historia. Los indios tienen antropólogos”, lamenta. Aterrizando durante unas semanas en las reservas, cuando regresan a sus facultades los antropólogos se dedican a producir escritos que explican el “problema indio”.

Lo que ocurre es que, la mayoría de las veces, “ni tan siquiera los indios pueden ver la relación que hay entre ellos y el tipo de criatura que, según los antropólogos, es el indio «real»”. ¿De verdad somos así?, se preguntan al principio con incomodidad. Pues será que somos así, acaban pensando a medida que las “evidencias” se acumulan. De esta manera, “la gente india empieza a sentir que son meras sombras de un super-indio mitológico”.  Surge entonces un “sentimiento de inadecuación”: aunque no se reconozcan en las caracterizaciones que hacen de ellas, las comunidades indias acaban por pensarse a sí mismas desde el imaginario que difunden los analistas.

Analistas que, por cierto, funcionan más por deducción que por inducción: “Puede que sintáis curiosidad por saber por qué el antropólogo nunca tiene un instrumento con que escribir. No toma notas porque YA SABE lo que encontrará. No necesita apuntar más que los gastos diarios para el contable, pues el antropólogo ya encontró la respuesta el invierno pasado en los libros que leyó. No, el antropólogo sólo se encuentra en las reservas para VERIFICAR lo que sospecha desde hace tiempo: que los indios son una gente extraña que aguantan que les observen”.

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Sin pistolas no sois nada

Todo empezó en 1968 con un exceso de anfetaminas y termina en 2018 con una carta mal redactada. Entre medias cincuenta años de ignominia y ochocientos cincuenta y tres asesinatos. Todo por una frase, aquella que decía algo del derecho a la autodeterminación del pueblo vasco. Ese era todo el espesor ideológico, una lasca fina como una hostia. Todo lo demás fue movilización, llevar a gente de la kale borroka a los comandos, tener la calle como territorio exclusivo, eliminar del espacio público a los disidentes, periodistas, profesores, artistas o concejales, meterlos en sus casas y si fuera posible en zulos, silenciar todo lo que no fuera a coro con las consignas propias: el miedo.

El miedo es el principio de la tiranía, es su único principio. Para el tirano tiene la ventaja de que precisa muy poca ideología, unas cuantas frases huecas. Ya lo dijo un famoso tirano: haga como yo, no se meta en política. El tirano no tiene que meterse en política ni esforzarse ideológicamente porque el miedo le despeja el horizonte de contrincantes políticos e ideológicos.  Así actuó ETA en tantos escenarios (ayuntamientos, plazas, fiestas, campos de fútbol, centros de enseñanza...) donde no se oía más que el eco de sus disparos, como bien dice Edurne Portela. Apenas sin ideología, pero con mucha movilización ETA se hizo con el espacio público hasta que pareciera que el pueblo estaba con ellos, como decía uno de sus eslóganes preferidos.

En general y hasta muy tarde, los años noventa, los demás nos callamos. Hubo voces, pocas, valientes, gestos por la paz que ETA quiso, por supuesto, silenciar. Como sociedad, sin embargo, no hubo reacción de rebeldía frente al tirano hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997. Ese fue el principio del fin, porque al tirano le dura el poder lo que le dura el miedo a los demás y el miedo se empezó a perder con un lazo azul en la solapa, con una postal que decía «Yo no me callo» o detrás de una pancarta.

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Ejercicios de luz

El 18 de abril, tras leer que ETA anunciaría el primer fin de semana de mayo su disolución, me metí en la cama segura de que unas cuantas reflexiones iban a atropellarse en mi almohada antes de dormir. Me imagino que como a una amplia mayoría de personas que viven en este país, aunque cada una de ellas consultase con esta leal compañera cuestiones bien distintas. Apenas 36 horas después, el sonido del móvil me levanta con el aviso del comunicado en el que ETA reconoce “el daño causado”.

Lo leo. Una, dos, hasta cinco veces. En euskera, en castellano. Y mi mente vuelve a burbujear, haciendo un intento por ordenar un totum revolutum retrospectivo de vivencias, lecturas, sucesos, recuerdos, informaciones… Lo vuelvo a leer y descubro un dato en el que no había reparado. El comunicado está firmado el 8 de abril. Una semana después del comunicado enviado el día del Aberri Eguna, donde las formas y el fondo, a primera vista, transmiten un significado casi antagónico… ¿Es posible “desarmarse” en una semana de un (T)error provocado intencionadamente durante 60 años? Definitivamente no. 

Quien “siente de veras” el “sufrimiento desmedido” que han causado “sus errores”, quien siente compasión por todas y cada una de las víctimas que ha provocado (sin distinciones político-militares), contribuye a paliar en la medida de lo posible su dolor y no sigue jugando con él. “Las palabras no pueden solucionar lo sucedido, ni mitigar tanto dolor”. Exacto. Debe hacerse con hechos de la misma magnitud e impacto que aquellos que provocaron el dolor, como por ejemplo: aportando información sobre sus “acciones” y señalando a sus responsables, renunciando a glorificar a sus gudaris, devolviéndole a la ciudadanía el respeto al espacio público monopolizado, y un largo etcétera.

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El populismo a escena

Ya hace algunos años que los partidos políticos se han entregado a un populismo que sólo resulta rentable para quienes lo practican, pero muy poco para la colectividad. Conforme las ideologías clásicas fueron abandonando ideas, e incluso principios, los populismos avanzaron y se pusieron al frente del cotarro. Nunca será mejor utilizada la palabra “cotarro”, pues su significado es en una de sus acepciones “colectivo de personas en estado de agitación o nervios”. De modo que los partidos políticos, más bien conglomerados, se han entregado a una estrategia de agitación que aprovecha cualquier desorden para erigirse en ordenador o calmante de los caos y las iras.

Tal parecen Podemos y Ciudadanos, cada uno en su lado, que nunca usan las viejas palabras con que se definieron las ideologías. Si a Podemos se le debe adscribir en la izquierda política, cabe advertir a sus líderes las escasísimas ocasiones en que usan términos como “socialismo” o “comunismo” (a pesar de su coalición con los antiguos comunistas de IU), u otros términos característicos de las ideologías de la izquierda. Y si a Ciudadanos se le adscribe a la derecha política, igualmente cabe destacar la escasa frecuencia con que recurren a términos como “liberalismo económico” o “conservadurismo”. Resulta evidente que unos y otros han surgido para recoger los votos que han ido cayendo de las izquierdas y derechas tradicionales, afectadas por su propia ineficacia para resolver debidamente las crisis socioeconómicas y de convivencia.

Podemos y Ciudadanos son voces (palaras) de escaso significado y de ningún alcance. Es sí mismas expresan muy poco, es más, se trata de términos que lo mismo pueden acoger a rotos que a descosidos. Todos “podemos” y todos somos “ciudadanos”, por lo que no cabe concluir que quienes no pertenecen a Podemos es “porque no pueden”, ni cabe concluir que quienes no pertenecen a Ciudadanos no lo sean realmente. Lo evidente es que a la inoperancia o posibles errores cometidos por las ideologías y partidos clásicos, se ha respondido con la ambigüedad más suprema. Y en la ambigüedad casi siempre triunfan los atrevidos, los que no dudan en dar gato por liebre, aunque para ello necesiten adiestrar previamente al gato para que en lugar de un agresivo felino parezca un hábil lepórido. Tal que así ejercen actualmente nuestros populistas su acción política, si bien a su éxito colaboraron los partidos tradicionales aportando grandes dosis de ineficacia para resolver dudas y problemas de la ciudadanía, y entregándose a unas prácticas de corrupción excesivas.

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