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Adelfos

La disposición alemana, del ciudadano alemán medio, satisfecho con las políticas y la vestimenta de la señora Merkel, es siempre dirigir, pero dirigir de acuerdo con un plan nunca mediante la improvisación. No importa que el plan sea bueno o malo sino que sea un plan, ya que eso les facilita la tarea práctica, les conduce, les dirige hacia una meta determinada y les procura la agradable, cómoda y reconfortante sensación de estar gobernados por la lógica.

El ideal del alemán no consiste en gobernarse, como escribiera Julio Camba, sino es ser gobernado. No cabe duda que los alemanes tienen muchas leyes pero muy pocas costumbres, mucha crítica pero muy poca literatura, mucha autoridad pero muy poco pueblo y en contra de lo que sucede en muchos otros países europeos las costumbres alemanas son tan solo una consecuencia de las leyes.

La pretensión más acusada del alemán, como ya queda dicho, no consiste en gobernarse, que es la pretensión natural de casi todos los ciudadanos europeos, sino en que lo gobiernen y así como al español le molestan esos letreros que le prohíben subir al metro por una plataforma, obligándole a hacerlo por la otra, al alemán esos letreros le encantan ya que él desea que le gobiernen lo máximo posible, así como nosotros queremos que nos gobiernen lo mínimo posible. Nuestra aspiración vital siempre ha sido un mínimo de gobierno y un máximo de libertad individual, sin embargo la suya siempre ha sido disponer de un máximo de gobierno, a fin de gastar el mínimo de iniciativa personal.

No cabe duda que los alemanes tienen muchas leyes pero muy pocas costumbres, mucha crítica pero muy poca literatura, mucha autoridad pero muy poco pueblo

El alemán cuadriculado, férreo, hecho de robots y precisión, mimético, disciplinado, abanderado de lo práctico como único motor de la existencia, con una mentalidad reducionista que castiga el placer de la indolencia, el alemán que no improvisa sino que planifica en un delirio de estadísticas, está condicionando, desde hace ya décadas, la vida de los ciudadanos europeos con su ortodoxia calvinista de clérigo bien pensante, austero, sobrio, magníficamente dotado para el rigor y para soportar la monotonía de los días lluviosos, desapacibles, de temporal y música de Wagner, de cerveza agria y salones confortables donde leer voluminosos libros que cuentan historias de complicadas sagas familiares.

“Les gustaría mucho tener un dios, y mendigarle y halagarle para solicitarle aquello que únicamente puede producir la propia fuerza de voluntad” que suscribiera Schopenhauer; alemán, por supuesto. Tal vez, pero mis límites son mi riqueza, que dijera el clásico, así que cuando los alemanes que conozco me hablan de rentabilizar mi tiempo, de mejorar mi productividad y de la necesidad de engordar mi curriculum asistiendo a cursos, talleres, seminarios, conferencias, sesiones o coloquios diversos para hacer de mi profesión mi identidad esencial, definitoria, recuerdo, a veces, aquellos versos de Manuel Machado que decían: “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna en que era muy hermoso no pensar ni querer. Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna... De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer”. No todos hemos venido a este mundo a ejercer de alemanes.

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