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Ejercicios de luz

El acto que se cocina en Iparralde para este primer fin de semana de mayo no supone para la ciudadanía, al igual que sucediera con “el desarme”, un motivo de celebración

Talla original de Félix Likiniano con el anagrama de ETA

El 18 de abril, tras leer que ETA anunciaría el primer fin de semana de mayo su disolución, me metí en la cama segura de que unas cuantas reflexiones iban a atropellarse en mi almohada antes de dormir. Me imagino que como a una amplia mayoría de personas que viven en este país, aunque cada una de ellas consultase con esta leal compañera cuestiones bien distintas. Apenas 36 horas después, el sonido del móvil me levanta con el aviso del comunicado en el que ETA reconoce “el daño causado”.

Lo leo. Una, dos, hasta cinco veces. En euskera, en castellano. Y mi mente vuelve a burbujear, haciendo un intento por ordenar un totum revolutum retrospectivo de vivencias, lecturas, sucesos, recuerdos, informaciones… Lo vuelvo a leer y descubro un dato en el que no había reparado. El comunicado está firmado el 8 de abril. Una semana después del comunicado enviado el día del Aberri Eguna, donde las formas y el fondo, a primera vista, transmiten un significado casi antagónico… ¿Es posible “desarmarse” en una semana de un (T)error provocado intencionadamente durante 60 años? Definitivamente no. 

Quien “siente de veras” el “sufrimiento desmedido” que han causado “sus errores”, quien siente compasión por todas y cada una de las víctimas que ha provocado (sin distinciones político-militares), contribuye a paliar en la medida de lo posible su dolor y no sigue jugando con él. “Las palabras no pueden solucionar lo sucedido, ni mitigar tanto dolor”. Exacto. Debe hacerse con hechos de la misma magnitud e impacto que aquellos que provocaron el dolor, como por ejemplo: aportando información sobre sus “acciones” y señalando a sus responsables, renunciando a glorificar a sus gudaris, devolviéndole a la ciudadanía el respeto al espacio público monopolizado, y un largo etcétera.

Por eso, el acto que se cocina en “Iparralde” para el primer fin de semana de mayo no supone para la ciudadanía, al igual que sucediera con “el desarme”, un motivo de celebración. No lo hacen para el conjunto de la sociedad que les ha sufrido; es sólo para los “gutarrak”. Pues, tal y como se apuntaba ya en el comunicado publicado en el Aberri Eguna, el matiz de lo que ocurrirá ese día queda claro: una disolución. La subcultura que soporta a ETA (¡benditos dobles sentidos!) se está transformando gracias al contacto con los nuevos discursos, tiempos y estéticas; tal y como ejemplifica el paso del “Jo ta Ke irabazi arte!” al “¡Sonreíd, porque vamos a ganar!”. Y que es lo que, al fin y al cabo, se pone de manifiesto en el propagandístico comunicado del “daño causado”, en el que, por si acaso, nos avisan en qué aspectos debemos andar con cautela para no enfadar a “los huevos de la serpiente”: “Nadie puede cambiar el pasado, pero una de las cosas más perjudiciales que se podría hacer ahora sería intentar desfigurarlo u ocultar determinados episodios”.

Después del primer fin de semana de mayo, la mutación de ETA seguirá siendo una sombra que sobrevuele cada rincón de este territorio en el que apenas vivimos tres millones de habitantes y en demasiados hogares del resto de España. Una sombra que a lo largo de su historia ha ido adquiriendo formas distintas, como la del nudo que nos sumió en la oscuridad del silencio y que aún nos cuesta soltar hasta en nuestro entorno más próximo.

Por eso, nuestra mayor resistencia es generar y asegurar espacios de luz. Sobre todo, sobre ese pasado “que no puede cambiarse”. Como la exposición que durante dos meses y medio, en el centro cultural Koldo Mitxelena de Donostia-San Sebastián, nos ha cuestionado sobre el (T)error de ETA. Luces en la Memoria: Arte y conversaciones frente a la barbarie de ETA, comisariada por Fernando Golvano, se ha servido de la creación artística de algunos autores de renombre y de distintos coloquios de alto nivel para indagar en la falta de luz de esa puerta trasera, que algunos quieren cerrar muy pronto (o dejar entreabierta a su manera); y que, sin embargo, debe mantenerse siempre abierta.

Ocupan el espacio central de la exposición las imágenes de 36 de los incontables lugares comunes donde ETA dejó su imborrable huella y que el artista Eduardo Nave dispone en atriles individuales, a modo de confesionarios históricos, bajo el nombre A la hora, en el lugar (2008-2013). Alrededor del contexto histórico-artístico construido por Nave, varias salas nos adentran en visiones con un carácter más subjetivo, memorístico. Especial mención merecen dos de ellas: la del video Branka de Mikel Zatarain (2013), que recoge esa memoria social sensorial tan sutil, pero perfectamente hilada; y la que contiene el video con los testimonios de varias víctimas de ETA, facilitadas por el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, Gogora.     

Denis Itxaso durante la presentación de la exposición.

Denis Itxaso durante la presentación de la exposición.

No obstante, tras escuchar detenidamente la mayoría de estos testimonios, que sirven también como archivos documentales para construir una “memoria democrática”, se remueve en mi interior una duda que me acompaña y que no es más que otra de las formas que adquiere la sombra de ETA: ¿estas víctimas contarán en privado lo mismo que recogen sus testimonios de carácter público y documental?

En el pasado ETA nos limitó la vida y el pensamiento a través de su imposición revolucionaria; y ahora parece que también va a decirnos cómo debemos recordar. Ya que en algunos de estos testimonios percibo en el lenguaje concesiones inconscientes de carácter moral y político que esa sombra ha ido introduciendo en nuestras estructuras de relación y expresión más cotidianas. Valga como ejemplo el uso que se hace de la palabra ‘conflicto’.

Recordar no es, ni debe ser, un acto con fines exclusivamente políticos. Recordar es un acto humano, emocional e íntimo. Y por tanto, no puede ponerse a la altura moral de lo que en el presente hemos acotado como políticamente válido para construir una “memoria democrática”. La memoria social (este concepto me es más afín), que se compone de estos actos individuales de recuerdo que se van entrelazando a través de espacios de diálogo y encuentro espontáneos o forzados, nos provoca una imagen subjetiva de nuestro pasado común, que nos sirve para entender(nos) en el presente. Y para entender(nos) tenemos que desempolvar, visibilizar y archivar también aquellas formas de recordar que no consiguen, o no quieren, pasar lo que ETA les obligó a vivir por el filtro de lo que hoy consideramos lo moralmente aceptable. Tenemos que aprender a escuchar también aquello que tanto nos cuesta o nos duele oír.

A una víctima no se le puede pedir que haga un recorrido testimonial que responda a los parámetros morales que se marcan en el presente desde la política. Estoy de acuerdo que, dependiendo de los fines para los que se usen los testimonios, estos deben ser filtrados como corresponda. Pero en ningún caso se debe negar a ninguna persona la posibilidad de dar su testimonio sobre las décadas de terror que ha vivido, lo exprese como lo exprese. Y eso no la pone en un nivel moral menor a otras que sí lo han hecho. Al contrario, su testimonio también contribuye a entender porqués; esos que tanto nos hacen falta y que contribuyen a identificar cómo se gesta, qué provoca y qué consecuencias acarrea aquello que no queremos que vuelva a ocurrir.

Recordar no es, ni debe ser, un acto con fines exclusivamente políticos. Recordar es un acto humano, emocional e íntimo. Y por tanto, no puede ponerse a la altura moral de lo que en el presente hemos acotado como políticamente válido para construir una “memoria democrática”.

En este artículo me centro en las víctimas de ETA. Aunque en los últimos años parezca otro acto político-moral obligatorio mencionar también los testimonios del sufrimiento provocado por los GAL o la tortura, para poder hablar/escribir de estos temas sin que a una la etiqueten con ciertas ideologías. De esto parece que aún no nos hemos “desarmado”.

Mi única “ideología” es tratar de comprender al ser humano en toda su complejidad y totalidad, para lo que tiendo a recurrir a distintas herramientas, el arte entre ellas. Y, precisamente, a eso ha contribuido la exposición Luces en la memoria. A ayudar a comprender, a poner de forma acertada y diferenciada el foco artístico en tres conceptos imprescindibles que desde la esfera política se mezclan demasiado a menudo: la Historia, la Memoria Social y el Recuerdo. Quizás por eso tengamos tantos problemas con “el relato”.

Y es que la Historia es una ciencia que requiere de un método riguroso de investigación, que contribuye a crear lo más objetivamente posible el marco, el contexto. Y para la que los testimonios, una vez certificados, pueden formar parte de la documentación. De lo que una investigación historiográfica únicamente no puede valerse es de una memoria social basada en recuerdos subordinados a unos criterios morales presentes, pues sabemos que el paso del tiempo y la fluctuación de las emociones asociadas a lo recordado pueden cambiar la memoria social, pero no deben cambiar la Historia.

Cuando el primer fin de semana de mayo la mutación de ETA se convierta en un hecho histórico y proceséis subjetivamente ese recuerdo en vuestro archivo personal, junto a tantos otros que nunca deberían haber ocurrido, antes de volver a la rutina acordaos de dejar la luz encendida. Quizás si todas las personas que nos negamos a olvidar lo hacemos, algún día, la sombra de ETA será solo pasado.

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