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Far West

Casado: "El PP ha conseguido que el Gobierno de Sánchez tire la toalla"

EFE

Los dirigentes de la derecha nacional católica me recuerdan bastante a esos predicadores que en las viejas películas del lejano oeste – o far west que decían los pedantes en los cine clubs de mi primera adolescencia -, recorrían los polvorientos pueblos de Texas, Nuevo México o Missouri con una biblia en una mano y una pistola en la otra.

Fanfarrones, arrogantes, grandes bebedores y tan siniestros como siniestras eran las cicatrices que les marcaban el rostro, todos estos predicadores tenían por costumbre escudarse tras la palabra de dios para cometer una larga serie de atropellos. Tras cada robo, asalto, tiroteo, ahorcamiento o descarrilamiento de tren leían unos cuántos versículos bíblicos, se santiguaban, entonaban unos salmos de alabanza a dios, nuestro señor, rezaban un par de padrenuestros como si estuvieran masticando tabaco y tras tragarse todo el whisky que había en la comarca, montaban, de nuevo, en el caballo para continuar cabalgando hacia un horizonte lejano, vacío, púrpura y crepuscular.

Todos estos predicadores, representados por actores tan legendarios como Robert Mitchum, Kirk Douglas, Henry Fonda o Jack Palance, inquietaron muchas noches de mi primera adolescencia. Sin embargo en esta segunda adolescencia, que da en no creer en nada salvo en el fútbol como las mujeres acaban de descubrir, los rostros de nuestros predicadores, o sea, de los dirigentes de la derecha nacional católica, no me resultan tan fascinantes pero, eso sí, bastante más inquietantes. Me rindo.

Me da lo mismo si estos dirigentes deciden ahorcar a Pedro Sánchez por los pies en la plaza del pueblo o lo arrojan a las oscuras aguas del Mississipi tras untarle el cuerpo con brea caliente y emplumarlo. Me importa más bien poco si le obligan a limpiar todas las escupideras del saloon o lo entregan a los indios a cambio de unos cuántos potros salvajes, unas baratijas, unas desgastadas pieles de búfalo o unos cuántas hectáreas de sus reservas para continuar así alicatando el condado con más apartamentos, más adosados, más rascacielos, más chalets, más macro urbanizaciones residenciales.

Cualquier cosa con tal de los predicadores que nos han tocado en suerte dejen de pasearse a caballo por el territorio con un mondadientes en la comisura de los labios, las pistolas en la cartuchera, el sombrero ladeado, el gesto amenazante, las espuelas roñosas y una biblia mohosa y mugrienta en la faltriquera. Incluso, si lo consideran necesario, no tengo el más mínimo inconveniente en que la rencarnación de José María Aznar, o sea Pablo Casado, se coloque en la solapa la placa de sheriff de Aravaca – localidad donde en cuatro días cursó su posgrado en Harvard - para que así pueda dar rienda suelta a alguna de sus aficiones más católicas; ya saben, izar una monumental bandera de España a la entrada del pueblo, poner sus sucias botas sobre la mesa, aclararse la garganta con un trago del coñac Soberano, que es cosa de hombres, y comenzar a desgranar una larga retahíla de insultos para llamar traidores, felones, mentirosos, borrachos, puteros, cocaínomanos, malandrines, pazguatos, holgazanes, bobalicones a los socialistas, comunistas a los podemitas, asesinos a los abortistas, terroristas a los tediosos independentistas catalanes, etcétera, etcétera...

Me rindo. La salud mental es lo primero

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