eldiario.es

Menú

Gogora y la Escuela Vasca (I)

- PUBLICIDAD -

Durante este mes de febrero, Gogora, el instituto de la memoria auspiciado desde el Gobierno Vasco, viene celebrando en Bilbao un programa, 'Memoriaren Plaza' que busca mostrar y recopilar testimonios con el objetivo de construir una memoria plural y compartida sobre las víctimas de la violencia franquista, terrorista y policial.

Nada que objetar sobre este intento institucional por visibilizar la amarga realidad sufrida por las víctimas en los oscuros periodos de nuestra historia reciente. Es más, podríamos considerar loable la intención, si como se indicó en la presentación de la iniciativa, esta Plaza de la Memoria itinerante consigue llegar a aquellos lugares en los que, durante mucho tiempo, fue asfixiante el aire de culpabilidad y aislamiento que sacudió a estas personas.

Probablemente habrá quien se sienta molesto por la iniciativa. Remover el pasado nunca es atractivo, si en ese esfuerzo vuelven sensaciones de estupor, tristeza e indignación ante la violencia terrorista y/o policial. Pero es especialmente doloroso si nos lleva a recordar silencios, miradas hacia otro lado, ausencias irresponsables personales ante vulneraciones de derechos humanos manifiestas.

Es, sin embargo, necesario hacerlo. Construir un futuro mejor para nuestras generaciones, implica volver la vista hacia atrás y analizar también la actuación de la sociedad vasca de entonces. Aprender de los errores cometidos para intentar no repetirlos. Y uno de estos errores fue el silencio cómplice que tanto daño infligió a las víctimas y tanto poder otorgó a sus victimarios. Ciertamente, fue una respuesta humana en esos años del plomo donde el miedo iba abarcándolo todo y extendía un halo de recelo innecesario hacia quienes ya estaban sufriendo directamente las consecuencias de esas violencias. Unamuno decía que, en ocasiones, el silencio es la peor mentira. Y esa sensación de engaño es la que debemos combatir.

En un estudio de campo sobre la posición de los centros educativos vascos sobre Educación para la Paz, realizado por Susana Fernández Sola para Bakeaz en 2004, se destacaban dos hechos interesantes cuando se preguntaba sobre el “conflicto vasco”: el 22% de los encuestados (140 centros, 2.052 alumnos/as, 566 docentes y 383 madres/padres) no contestaron la pregunta; de los que lo hicieron, los/as estudiantes eran los mayores demandantes de esta información, los/as docentes, los más reacios). Bastante significativo.

Como docente he podido apreciar varias posturas del profesorado ante el fenómeno terrorista en Euskadi:

1) Indiferencia: por las materias que enseña, por la edad o tipo de alumnado, por contexto social del centro. Ignora el hecho, transforma el aula en un espacio cerrado, ajeno a la realidad social que lo circunda. Realiza una tolerancia pasiva.

2) Neutralidad: el profesorado en esta postura, inhibe su juicio para respetar la libertad de su alumnado. Asume un papel neutral en lo que los expertos denominan tolerancia de abstención.

3) Tolerancia: cercanía política con el hecho. Aceptación de la idea de conflicto vasco. Postura activa que busca generar una actitud de simpatía en el alumnado hacia el movimiento abertzale.

4) Confrontación: resistencia ante la violencia, independientemente del tipo que sea. Intolerancia con la conculcación de derechos humanos y proactivo en la defensa de la dignidad humana.

¿Por qué hemos actuado así? ¿Qué le ha hecho al profesorado vasco, tan competente en otras disciplinas, “dimitir” de esta responsabilidad ética? Sugiero varias respuestas.

En lugar destacado, el miedo (físico) y sociológico. ¿Solo una identidad vasca? ¿Solo la nacionalista? Los 'años del plomo' marcaron indefectiblemente a toda una sociedad, de la que el sistema educativo, en su conjunto, no supo diferenciarse. Era difícil romper la tendencia mayoritaria. 'Significarse', en sentido social, era caer en el mejor de los casos en el ostracismo, cuando no en la persecución o en la estigmatización. El miedo nos llevó a creernos la vacuidad del mensaje mil veces repetido como si pudiéramos colgarnos la bata de la insensibilidad cada vez que la violencia se enseñoreaba por nuestras calles vascas.

También el desinterés –cuando no falta de capacitación- en la formación en valores. Muy interesante el estudio de las profesoras UPV Usategui y Del Valle sobre los centros de formación de formadores y el peso de la educación de valores en los currículos correspondientes de las universidades de Mondragón, Deusto y la UPV.

A esto se añade la confusión (intencionada o no) del/la docente a la hora de realizar la evaluación actitudinal (LOGSE) o competencial (LOE) del alumnado, medida exclusivamente en clave de convivencia pacífica en el aula y no en la adquisición de valores ciudadanos y democráticos.

Ha sido significativa también la falta de acciones gubernamentales hasta mediados de la década anterior que propiciaran estrategias de sensibilización hacia las víctimas de la violencia terrorista en concreto, que acompañaran al profesorado necesitado de tal apoyo. Llegó incluso a crearse un Observatorio para la convivencia escolar de Euskadi, que ha ido languideciendo durante estos cuatro últimos años, hasta el punto de no ser convocado ni una sola vez por la actual administración educativa.

Además, el deficiente uso, en ocasiones, de las Comisiones de Convivencia de los centros escolares, entendidas por muchas direcciones como simples comisiones de disciplina desde la que sancionar las vulneraciones del Reglamento de Organización y Funcionamiento por parte del alumnado.

Apostar continuamente por dignificar socialmente el papel del profesorado en el proceso formativo del alumnado exige ser crítico con nuestras actuaciones cuando no hemos sabido estar a la altura de la responsabilidad asumida. Ricardo Arana insiste en indicar que el profesorado no debe ser silenciado ni estar silencioso, porque no es un simple transmisor de conocimientos, sino un educador, es decir “….una persona que busca el desarrollo integral de su alumnado y un vigía de las situaciones de peligro o de los problemas que le acechan”. Ha sobrevolado el silencio durante demasiado tiempo en las paredes de los centros educativos.

En nuestra descarga, se puede argumentar que nada ha hecho la Escuela vasca distinto de su propia sociedad, de la que es fiel reflejo. Sin embargo, no podemos aceptarlo como atenuante, cuando nosotros mismos, los/as profesionales educativos, tenemos a gala –en otras esferas del conocimiento- actuar como abanderados de los cambios, de las técnicas de progreso, de la innovación que permite avanzar a la sociedad; nos gusta rebelarnos contra las imposiciones, discrepar razonadamente frente al pensamiento único, fortalecer la actitud crítica, establecer nuevas vías de actuación allí donde encontramos mentes despiertas, abiertas a las novedades. Nada de esto –o muy poco, tal vez, hasta el extremo de pasar desapercibido- hemos sido capaces de ofrecer a la sociedad desde la Escuela vasca.

Hasta aquí algunas pinceladas de lo que podía haber aportado la Escuela vasca en cuanto a deslegitimación de cualquier violencia y no hizo, al menos en su integridad. Pero hay que dar opciones de futuro. Y en eso la comunidad educativa también tiene algo que decir. (En el próximo artículo)

 

- PUBLICIDAD -
- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha