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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Informar para proteger la naturaleza

Bosque de hayas en Peñacerrada, Álava

Julen Rekondo

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La información, al contrario de la materia o la energía, se crea y se destruye; o se pierde, que para el caso es lo mismo. Pero su importancia para la vida es universal, al igual que la conservación de la naturaleza.

Una de las aportaciones más importantes del ecólogo Ramón Margalef -el primer catedrático de Ecología en el Estado español- fue investigar la importancia de la información de los ecosistemas. En efecto, el mundo vivo es materia, energía e información. La información y sus consecuencias son la gran fuerza que permite a las comunidades biológicas organizarse y estructurarse. Es, en definitiva, la característica esencial de los organismos y de los ecosistemas, el alma de la vida. Margalef, consecuente con esta idea, escribió y enseñó a lo largo de toda su carrera: hizo fluir la información. Si analizamos la importancia de la información en nuestro ámbito de análisis en esta ocasión, es decir, la conservación de la naturaleza, vemos que ésta sale siempre reforzada.

La conservación de la naturaleza debe conseguir un cambio en las relaciones de nuestra especie humana con el resto de los seres vivos y dicho cambio sólo se produce si comprendemos las consecuencias de nuestras acciones, si anticipamos los impactos de las decisiones que se adoptan, si valoramos el entorno y el resto de las especies con quienes compartimos. En definitiva, si sabemos y sentimos. Conocimientos y sentimientos que pueden ser infértiles si no fluyen. Hay que aprender y hay que comunicar. Los defensores de la conservación de la naturaleza debemos ser tan profesionales de la información como los periodistas, o nuestros afanes serán baldíos.

La información comparte con la vida otra característica que conviene comprender: es muy diversa. El ecosistema del conocimiento incluye productores primarios, desde los anónimos observadores que han acumulado el acervo inmenso de los conocimientos populares sobre la fauna, la flora y el medio, hasta los investigadores más sofisticados que utilizan técnicas innovadoras para comprender la vida. Podríamos considerar el escalón siguiente, el de los herbívoros, lo ocupan quienes metabolizan aquella información producida en la base y la incorporan y difunden socialmente: los divulgadores, escritores, articulistas, productores de documentales…Un trabajo fundamental, cuya importancia no puede ignorarse.

La información creada y difundida se selecciona y se incorpora a los pisos más elevados: es la labor de los carnívoros, que yo asimilaría a los que metabolizan los conocimientos mediante su incorporación a los sistemas de enseñanza, desde los libros escolares hasta los programas de estudio universitarios. Dejo al lector la tarea de identificar a los necrófagos y a los parásitos, que también forman parte del ecosistema.

Pero, al igual que en los ecosistemas, en la información también hay disfunciones y colapsos. Mutaciones nocivas que pueden lastrar el proceso evolutivo (errores o fraudes), o procesos de infertilidad, como el de las víctimas del celo del dato propio, reservado a ficheros y ordenadores personales donde se atesora hasta la mezquindad, sin que sus posibles efectos conservacionistas sean viables.

¿Avanzamos en este campo? Me parece que sí, aunque también me asaltan algunas dudas. No sé, por ejemplo, si se mantiene el interés ciudadano hacia la naturaleza que hubo en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Por otra parte, la pérdida de las raíces rurales de la sociedad vasca y de otras comunidades, y la evolución hacia una sociedad cada vez más urbana ha sido un gran inconveniente para mantener el interés de la sociedad hacia la naturaleza, pero también es verdad que hoy disponemos de herramientas y posibilidades insospechadas hasta hace pocas décadas. Internet y las redes sociales están cambiando por completo la comunicación. El esquema comunicativo de emisor-receptor hace tiempo que quedó desfasado. Ahora todo el mundo puede ser emisor y receptor a la vez, la gente está hiperconectada y la información se mueve a velocidad de vértigo por los ordenadores, tabletas o móviles de gran parte del planeta. No parece necesario detenerse demasiado en este punto.

Lo cierto es que hay muchísima información en la Red, pero también a menudo de baja calidad y con poca credibilidad. Resulta crucial saber adaptarse a las nuevas formas de comunicarse, pero sin olvidar la metodología de buscar las fuentes originales, contrastar la información, dudar de cualquier información que no haya sido verificada, etcétera.

No basta divulgar por divulgar, informar por informar, o dar datos en lenguajes o niveles de difícil comprensión. En ninguna materia, y por supuesto que tampoco en lo que respecta a la conservación de la naturaleza. La información es tan fundamental como su contexto social. Tenemos que conseguir que sea suficiente, de calidad, motivadora y útil.

*Julen Rekondo es experto en temas ambientales y Premio Periodismo Ambiental de Euskadi 2019

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