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Mad Men y el acoso sexual laboral medio siglo después

Infinidad de mujeres deben soportar en su puesto de trabajo desde ofensas verbales sexistas o tocamientos hasta relaciones sexuales no consentidas. Delitos que, prácticamente, quedan impunes, ya sea porque las mujeres son reacias a denunciar o porque los abusadores denunciados salen indemnes

Concentración contra el acoso laboral y sexual en la Universidad de Sevilla

Mad Men es una serie televisiva estadounidense muy galardonada por su excelente ambientación, interpretación y documentación. El título se presta a un juego de palabras: aunque podría traducirse por hombres locos o enfurecidos, hace referencia a los publicistas que trabajaban en Madison Avenue (Nueva York). La serie, ambientada en los años 60 y 70, recrea con realismo los roles de género, que para la mujer se centra en dos modelos: la esposa-ángel del hogar, que ha alcanzado la máxima aspiración femenina, y la secretaria, como estadio temporal hasta alcanzar el primero. Las secretarias están caracterizadas por su cuidada estética y su absoluta disponibilidad. Resulta exasperante el trato vejatorio que deben soportar, como el episodio en que Joan, una de las protagonistas, accede a acostarse con un cliente que la ha incluido como trofeo al renovar un contrato millonario con la firma.

La época en que se desarrolla esta serie coincide con mi infancia, cuando pasaba parte de las vacaciones escolares en casa de una tía en Bilbao. En el Gran Bilbao, las chicas de 15 o 16 años “con buena presencia” y que sabían taquigrafía y mecanografía tenían muchas posibilidades de encontrar trabajo. Mi prima, que además tenía nociones de inglés y francés, era secretaria del director y parecía escapada de la pantalla de Mad Men.

Me enteré de muchas cosas ajenas a mi mundo aplicando el oído cuando las personas adultas hablaban de asuntos que las niñas no debíamos escuchar. Pero nunca hicieron un comentario reprobable acerca de los hombres de la oficina.

No fue hasta mediados de los 70, cuando oí hablar abiertamente de acoso sexual laboral, aunque entonces nos faltaran las palabras para nombrarlo. Estaba comiendo en casa de una amiga que trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica de Vitoria. Una empresa que, con excepción de jefes y jefecillos, contrataba solo mujeres porque eran más hábiles y cobraban menos que los hombres.

Mi amiga contó: “Tenemos un encargado que es un cerdo. Se acerca por detrás y nos toca el culo; si protestas, acabas el mes con la tira roja”. La tira roja significaba ganar el sueldo base sin plus de productividad. Para ello te ubicaban en un puesto de bajo rendimiento. Me indignó que las trabajadoras tuvieran que dejarse sobar para no ver menguados sus ingresos y, también, que la familia de mi amiga tomara el asunto a broma.

Aquellos comportamientos denigrantes y normalizados tendríamos que verlos hoy como algo antediluviano. Sin embargo, la realidad laboral de las mujeres sigue sometida a la voluntad de los hombres que se conducen al dictado de su conciencia machista, alojada en la entrepierna.

En el mundo empresarial persisten conductas similares a las de hace medio siglo, por ejemplo, prolongar la jornada en un club de alterne, donde las mujeres quedan excluidas de cierta información o de acuerdos que, al dar por concluida la reunión en la oficina, no se habían cerrado.

La realidad laboral de las mujeres sigue sometida a la voluntad de los hombres que se conducen al dictado de su conciencia machista, alojada en la entrepierna

–¿Y yo qué hago. Les digo que tomamos la copa en un club donde también haya gigolós? –me decía la única mujer de un grupo ejecutivo.

Con todo y con ello, en el ámbito laboral, la cara más amarga de la discriminación es el abuso sexual que, en general, conlleva abuso de poder que ellos ejercen, porque ocupan los puestos superiores. No me refiero a los miembros de los consejos de dirección de las altas finanzas. No. Me refiero a lo más usual, factorías o grandes almacenes con mayoría abrumadora de trabajadoras, pero donde los cargos intermedios y de responsabilidad son hombres.

Infinidad de mujeres deben soportar en su puesto de trabajo desde ofensas verbales sexistas o tocamientos hasta relaciones sexuales no consentidas. Delitos que, prácticamente, quedan impunes, ya sea porque las mujeres son reacias a denunciar o porque los abusadores denunciados salen indemnes. La experiencia negativa de las mujeres que han denunciado desvela que ellas son las perjudicadas. En general, las mujeres acosadas, tanto si lo padecen en silencio como si denuncian, abandonan el empleo y enferman. Esto les ha ocurrido a dos personas de mi entorno:

- La investigadora de una empresa de tecnología punta asistió con el gerente a un evento internacional para presentar un proyecto. Con la excusa de darle un documento, el gerente se coló en su habitación y la agredió sexualmente.

- Una joven trabajadora del sector automovilístico fue “seleccionada” por el encargado para pasar el fin de semana con el director general, que en los próximos días visitaría la ciudad. De su respuesta dependía renovar su contrato a punto de expirar.

Ninguna de estas dos mujeres ha denunciado su caso por consejo del marido o del padre, que coincidían en los mismos argumentos: la vergüenza a que se hiciera público y que no sería contratada por ninguna empresa de la zona.

Las mujeres han crecido como seres inferiores, así han sido educadas y así son tratadas. De manera que, para atreverse a romper el círculo, sacar la garra, pararle los pies o denunciar a un superior, deben tener madera de heroína.

Pero las mujeres no tienen por qué ser heroínas, “no tienen que ser valientes, sino libres”, como reza el eslogan. Son los hombres los que deben renunciar a sus patrones de comportamiento. La responsabilidad es individual y también de las empresas, que deben tomar medidas: desde campañas de formación para la igualdad hasta asegurarse de que ningún acto contra la dignidad de las mujeres quede impune. Para ello, toda entidad debe contar con un Protocolo de Actuación y una Comisión de Igualdad que, garantizando la confidencialidad, tenga capacidad para asesorar, recoger la queja y, si fuera necesario, iniciar el proceso de denuncia.

Desde hace años, existen guías y documentos que orientan en esta labor. Por ejemplo, el Protocolo contra el acoso sexual y sexista en el trabajo, editado por Emakunde en 2011. Solo hay que ponerse manos a la obra.

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