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Nacionalismo globalizador... a la vasca

La voluntad general consiste en entender los mensajes que nos llegan de quienes manejan los hilos de los mercados financieros. Por fin alguien habla claro

Ortuzar: La decisión del PNV dependerá de si la moción es seria o electoralista

EFE

En Europa seguimos hablando de 'Estado Social' haciendo como que no supiéramos que hace décadas ya que se rompió el pacto social de la postguerra. El difícil equilibrio entre Estado y mercado se rompió a favor del último y hoy la política no intenta ya la composición de dos lógicas diferentes, sino que se limita a la legitimación 'a posteriori' de las decisiones que toma el mercado. O mejor dicho, los mercados. Porque los mercados reales tienen muy poco que ver con el modelo plenamente neutral, igualitario y eficiente de la hipótesis liberal, frente a la cual la realidad es la de unos mercados cautivos y distorsionados, no gobernados por ninguna mano invisible, sino por todopoderosos actores privados en connivencia con gobiernos obedientes.

Este modelo de desarrollo conlleva profundos desequilibrios y dosis importantes de descontento ciudadano. Un malestar que es canalizado sabiamente a lo largo y ancho del mundo por numerosos partidos nacionalistas-populistas, que plantean soluciones milagrosas para contentar a los de abajo sin cuestionar los privilegios de los de arriba. La fórmula más habitual consiste en culpar de todos los males a los extranjeros y fomentar el 'orgullo nacional'. Y si se reside en el norte de un continente o de un Estado, también suele funcionar bien acusar de todos los males a los 'vagos e incompetentes del sur'. En Italia, la Liga Norte utiliza las dos estrategias para sacar rédito de enfrentar, dentro de la cadena de la desigualdad y de la precariedad a quienes ocupan los penúltimos eslabones (las clases medias empobrecidas) con quienes se sitúan en los últimos (inmigrantes y sectores marginalizados del sur). La estrategia se completa, al estilo Trump, con un discurso económico proteccionista 'anti-establishment globalizador'.

La respuesta a los italianos de ese establishment no ha tardado en llegar: ante las reticencias del nuevo gobierno italiano a ejecutar sin más la disciplina a ultranza que imponen los poderes financieros a los Estados desde Alemania y Bruselas, el vicepresidente de la Comisión europea y comisario de la competencia, Oettinger, ha declarado que los mercados enseñarán a los italianos lo que deben votar. Así de claro: los ciudadanos deben votar lo que mandan los mercados y si se equivocan y eligen mal, pagarán las consecuencias. Conclusión: la vieja idea de la 'voluntad general' como base de la democracia que tanto le costaba explicar a Rosseau ha quedado obsoleta y la definición de la era global es mucho más simple y está al alcance de cualquier mortal. La voluntad general consiste en entender los mensajes que nos llegan de quienes manejan los hilos de los mercados financieros. Por fin alguien habla claro.

En Europa seguimos hablando de 'Estado Social' haciendo como que no supiéramos que hace décadas ya que se rompió el pacto social de la postguerra

Que el presidente de la Comisión europea, Junker, famoso por haber promovido medidas tendentes a reforzar su país como paraíso fiscal, le haya reprendido a Oettinger por ser tan explícito, no les quita a sus declaraciones el interés, sino que se lo añade. Ese tipo de cosas no se debe decir tan explícitamente. Deben ir envueltas en palabrería tecnocrática que las revista de un halo de cientificidad.

Por poner un ejemplo más cercano a nosotros: si queremos crear en Bizkaia, por ejemplo, parcelas de 'paraísos fiscales' al estilo Junker, para que los poderosos queden aminorados de su obligación de contribuir al bienestar colectivo, en ningún caso debemos mencionar que pretendemos dejar en suspenso el artículo 31 de la Constitución, que establece que "todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica". Totalmente desaconsejable hacer eso. Lo apropiado es decir, como suele hacer con buen tino el diputado general de Bizkaia, que "pretendemos crear entornos fiscales atractivos para las inversiones internacionales que generan puestos de trabajo". Así sí que suena bien y hay que ser muy anticuado para no desear que esos fondos aterricen sobre nosotros y nos colonicen con tanta prosperidad y tanta preocupación por garantizarnos nuestro derecho al trabajo.

En todo caso, no deja de producir admiración el hecho de que nuestras autoridades nacionalistas no necesiten recurrir aquí, como hacen sus homónimos ideológicos en otros lugares, a promesas proteccionistas. Y que puedan compatibilizar un discurso tan nacionalista en todo lo demás, y a la vez, tan internacionalista y pro-globalización en lo económico. Y que además, no les genere la mínima contradicción afirmar que la capacidad para trabajar de un pueblo como el vasco deba hacerse depender de conceder privilegios fiscales a inversores extranjeros. En tiempos de tanta ciudadanía indignada y de tanto político buscando soluciones milagrosas que no requieran intervenir sobre los privilegios de los poderosos, quizá podríamos patentar la receta: "nacionalismo globalizador a la vasca".

 

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