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Recuperación de cartón piedra

Según se acercan las elecciones de mayo, es cada día más habitual que encontremos declaraciones triunfalistas en los medios acerca de la recuperación, de la vuelta a la senda del crecimiento, de la salida de la crisis, etc. Y además desde todos los ámbitos: desde el gobierno central al ayuntamiento más pequeño, todos los cargos electos aseguran haber acertado en sus políticas, corrigiendo los evidentes errores de aquellos a quienes sustituyeron, cuyas actuaciones nos llevaban al desastre más absoluto. Y da igual de que partidos hablemos: los roles se intercambian en las diferentes administraciones y el mismo discurso se repite aplicado a unos y a otros.

Y mientras tanto en la calle los problemas de la ciudadanía de a pie no parecen haber mejorado sensiblemente. El empleo se ha precarizado, los ingresos son menores, los jóvenes continúan sin trabajar, los jubilados tienen que compartir su pensión con sus hijos y nietos y los recortes han afectado a la calidad de los servicios públicos. Seguimos viendo ERES, despidos, cierres de empresas y cifras de paro más altas. Ni rastro de una recuperación, que como indica su nombre, supone regresar al estado anterior, a recuperar aquello que hemos ido perdiendo durante los años más duros de una crisis de la que algunos ya hablan en pasado para cosechar votos entre los más crédulos y entusiastas.

Las bonitas cifras macroeconómicas no se ven reflejadas en la calidad de vida de muchas personas, aquellas que siguen al borde de la pobreza y la exclusión social, incluso teniendo un empleo.

No voy a negar que han mejorado ciertas cifras en sectores como el comercio exterior, el turismo e incluso la construcción. Vamos, en los clásicos sectores en los que los partidos mayoritarios han basado siempre la economía en este país. Si el modelo del ladrillo resurge es porque no se han aplicado demasiados cambios en los sectores productivos clave, a pesar de que algunos alardeen de haber logrado con sus “medidas innovadoras y valientes” conjurar los fantasmas que sus predecesores dejaron salir de la cripta. Unos y otros, incluso los nuevos partidos que han irrumpido con fuerza en las encuestas gracias al empuje recibidos por parte de ciertos intereses mediáticos que ven la oportunidad de hacer su jugada en el tablero político español, no hacen sino repetir las mismas recetas que nos han traído hasta aquí. Y es que el problema es mayor, es una crisis sistémica que no se soluciona con viejas fórmulas, que no suponen más que tiritas en las graves heridas del capitalismo neoliberal.

Esta presunta recuperación económica es una recuperación de cartón piedra, como los escenarios electorales de los grandes partidos políticos, y no tiene nada que ver con la economía real. Las bonitas cifras macroeconómicas no se ven reflejadas en la calidad de vida de muchas personas, aquellas que siguen al borde de la pobreza y la exclusión social, incluso teniendo un empleo. ¿Qué sucederá cuando estalle la burbuja del “fracking” o cuando los precios del petróleo vuelvan a subir? Que ni siquiera maquillando indicadores macroeconómicos podrán sustentar la falacia que nos quieren vender en este año electoral. De ahí ese interés por recortar derechos y libertades, de amordazar a la ciudadanía para evitar la contestación social a lo que aún nos queda por sufrir.

Y es que ni siquiera las leyes del mercado y de la economía pueden pasar por encima de las leyes de la Física. Una economía basada en el crecimiento infinito es imposible y estamos ya rozando los límites de disponibilidad de los recursos necesarios para seguir por el camino que ahora nos marcan las élites que controlan un sistema económico voraz y globalizado basado en la disponibilidad de energía barata. Estos límites, junto con otro factor que las élites económicas tienden a esconder bajo la alfombra como es el cambio climático, van a acondicionar nuestro futuro como sociedad. Y veremos entonces que esa recuperación no es sino un rellano en la escalera de descenso hasta una economía sin crecimiento, realmente adaptada a lo que nuestro planeta es capaz de soportar. De nosotros depende que esa transición sea racional, voluntaria y progresiva, manteniendo la democracia como sistema de convivencia y no traumática y excluyente como quieren quienes solamente buscan mantener unos privilegios y un status que, de todas formas, no van a ser capaces de preservar.

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