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Vistalegre II en tres preguntas

Si llevamos la iniciativa dentro y fuera de los parlamentos, tendremos la oportunidad de protagonizar los cambios presentes y futuros, incluso con los escaños de que ya disponemos. Solo si llevamos la iniciativa podremos forzar a los partidos del campo progresista tradicional a retratarse

Maura (Podemos) lo considera "insatisfactorio y alejado de la realidad cotidiana de las personas".

El dirigente de Podemos Euskadi y diputado Eduardo Maura.

No soy el único que se siente incómodo con cómo se están dando los debates de cara a la próxima Asamblea de Vistalegre II. Leo los periódicos con asombro, como si me hurtaran el sentido de los debates dentro de mi propia organización, como si me costara reconocer de qué se está hablando realmente. A veces incluso tengo dificultades para reconocer a algunas personas en las declaraciones que les escucho, como si hubiéramos olvidado el trabajo y el enorme ejercicio de pensamiento y de audacia política que nos ha traído hasta aquí.

Sin embargo, asombrarse no es malo. Platón vinculaba la experiencia del asombro con el origen del pensamiento, y Martin Heidegger defendía que “el asombro que piensa, habla en preguntas”. Tras muchas conversaciones con compañeras y compañeros de los círculos, simpatizantes, familiares, amigos, etcétera, decidí abordar la tarea de llevar mi asombro más allá de la decepción, y de convertirlo en algo productivo. Han salido tres preguntas sencillas, pero en mi opinión importantes para entender el momento que atravesamos.

¿Qué pasa en Podemos?

Concibo Vistalegre II como una etapa fundamental, pero no definitiva, en el camino que conduce hacia el nuevo tiempo político, y también como un paso adelante hacia la mayoría de edad de Podemos como herramienta de cambio. Hemos experimentado un crecimiento impresionante en los últimos años, y no pocas veces nos han dolido las articulaciones.

Fue el precio a pagar por tener una estructura muy ágil y capaz de competir electoralmente en un momento en el que había que competir, pero con poca densidad organizativa y poco preparada para generar espacios más pausados en los que tener debates y conversaciones. Una organización en la que nos cuidamos poco y en la que demasiadas veces compañeras (y algunos compañeros) asumen más tareas —sobre todo las invisibles— de las que es posible llevar a cabo sin desquiciarse en el intento. Una organización, en definitiva, sin fuentes de alimentación en periodos de menor intensidad electoral, y en la que las energías no se encauzan de manera sana y constructiva.

En el nivel estatal, las escenas mediáticas a las que estamos asistiendo son herederas de esta construcción apresurada. En las últimas semanas se está tratando a la militancia y a las personas inscritas como si fuéramos menores de edad, es decir, con dinámicas de victimismo, con falta de respeto por los demás, con clichés, ultimátums y muchos nervios.

No es la primera vez que ocurre: cuando se planteó la consulta sobre el pacto entre PSOE y C’s, la pregunta propuesta a la militancia fue: “¿Quieres un Gobierno basado en el pacto Rivera-Sánchez?” El resultado estaba tan dado de antemano que me extraño que el 'NO' se quedara en el 88,23% de los sufragios. Yo no quería un pacto con Ciudadanos —por eso voté 'NO'—, pero tampoco que me trataran como a alguien menor de edad.

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Esta consulta me parece un precedente del que hay que aprender porque la pregunta formulada es tan irreal que sospecho que muchos votantes socialistas también habrían dicho 'NO'. En una organización democrática es importante consultar a la gente, y precisamente porque es importante no puede ser que nos hagan preguntas como si fuéramos personas menores de edad. Por supuesto que nadie de Podemos quiere un gobierno Sánchez-Rivera, y lo que importa realmente de cara al futuro: ¿queremos consultas con resultados por adelantado? También a esa pregunta respondería 'NO'.

Para que las consultas ciudadanas no sean plebiscitos personalistas o maneras de escurrir el bulto cuando toque tener debates estratégicos, necesitamos herramientas de participación que estén realmente abiertas y que no sean un privilegio ni de Pablo Iglesias ni de Íñigo Errejón. La mejor manera de hacer esto es despersonalizar la convocatoria de consultas, abrir la posibilidad de decidir colegiadamente las preguntas y que los círculos y los órganos democráticos participen en el cuándo, el qué y el cómo se pregunta.

"Para que las consultas ciudadanas no sean plebiscitos personalistas o maneras de escurrir el bulto cuando toque tener debates estratégicos, necesitamos herramientas de participación que estén realmente abiertas y que no sean un privilegio ni de Pablo Iglesias ni de Íñigo Errejón".

 

Al mismo tiempo, en el ámbito institucional debemos hacer autocrítica. Por más que nos duela y por injusto que sea, la realidad es que hemos perdido la iniciativa parlamentaria. Podemos enfadarnos con el mundo todo lo que queramos, pero desde la oposición no vamos a ser útiles a la ciudadanía si no somos capaces de llegar acuerdos con otras formaciones. En diciembre de 2015 y junio de 2016 teníamos el mejor programa, pero si queremos conseguir sacar un porcentaje mínimo adelante vamos a tener que aprender a “lidiar con la imperfección”, como decía recientemente Ada Colau en una entrevista fabulosa.

Sabemos que nadie va a tener mayoría absoluta en España en bastante tiempo —y que si alguien tiene una oportunidad es el PP— así que no nos quedan muchas opciones: pactar exige moverse del lugar de partida de las negociaciones, obliga a conceder, pero puede hacerle la vida un poco mejor a muchas personas. La mejor garantía para que el cambio político sea irreversible consiste en ser útiles ya, en hacer hoy la experiencia de gestionar la imperfección para llegar al día de mañana con opciones de ganarle al Partido Popular.

Podemos es un partido de orden porque tiene la responsabilidad de ayudar a construir un orden social y político diferente, más justo, y eso no llega de un día para otro. No llega a través de una Proposición no de Ley, ni siquiera por decreto ley, pero tampoco porque convoquemos concentraciones unilateralmente.

Este orden diferente llega mediante un largo trabajo de artesanía política que pasa por construir desde todas partes: consiste en articular pequeños cambios que tienen consecuencias para personas que lo están pasando muy mal, pero tienen miedo de que por inexperiencia se lo hagamos pasar peor; en enlazar con organizaciones de la sociedad civil y generar simpatías con sectores injustamente bloqueados en sus expectativas de bienestar; en generar un clima de cambio, es decir, en hacer el trabajo cultural de que los cambios sean parte de la vida cotidiana y no una fuente de incertidumbre; en mostrar que se pueden conseguir cosas ya que servirán, de hecho, para que un futuro gobierno de cambio lo tenga un poco más fácil: primero para hacer que mucha gente se imagine cómo sería un gobierno así, y segundo para que al llegar tengamos precedentes legales y políticos favorables.

¿Qué pasa con el PSOE, que sale todo el tiempo en los debates?

Quizá a esta pregunta deberían responder quienes más hablan del PSOE, o quienes consideran que la clave está ahí. En mi opinión, ocurre simplemente que Podemos no tiene mayoría para gobernar en solitario, ni parece que vaya a tenerla a corto plazo. Sin embargo, una vez más, los ayuntamientos del cambio señalan el camino: si llevamos la iniciativa dentro y fuera de los parlamentos, tendremos la oportunidad de protagonizar los cambios presentes y futuros, incluso con los escaños de que ya disponemos. De igual manera, sólo si llevamos la iniciativa podremos forzar a los partidos del campo progresista tradicional a retratarse, cosa que tampoco estamos consiguiendo.

Esto no conlleva ni renunciar a nuestros planteamientos ni parecerse al PSOE, salvo que de nuevo infantilicemos el debate. Pero el error que seguro no debemos cometer, y ya estamos cometiendo, es hacerle la vida más fácil al PSOE. En un momento de debilidad de las fuerzas tradicionales, justo cuando han tenido que elegir entre gobernabilidad y régimen bipartidista, no podemos permitir que el PSOE nos adelante como fuerza de avance social. Tenemos mucha potencia en lugares decisivos para el cambio político. ¿Por qué deberíamos renunciar a trasladar esa fortaleza, también programática, al ámbito institucional estatal? Al fin y al cabo, si gobernáramos tampoco sacaríamos todo a la primera, sin resistencias y sin negociaciones concretas con el PSOE, sobre todo en materia de cambio de modelo productivo y de modelo energético.

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El líder de Podemos, Pablo Iglesias. EFE

En ese sentido, Juan Carlos Monedero hablaba hace poco de no competir con el PSOE. Estoy de acuerdo, Podemos no debe ser el “nuevo PSOE”. Lo que me aterra de su posición, y de la pérdida de iniciativa que conlleva, es que abre la puerta a que el PSOE se convierta en el “nuevo Podemos”. Esto no se combate teniendo mucha razón o riéndose de lo poco avanzado de las propuestas de los demás. Se evita haciendo más política para que la próxima vez las cosas salgan un poco mejor para el mayor número de personas posible. Es decir, consiguiendo que los avances que se le puedan arrancar ya a un gobierno popular, pero en minoría, se parezcan más al programa de Podemos que al del PSOE, y logrando que el horizonte de dichas conquistas lo dibuje Podemos, no el PSOE.

¿Esto tiene arreglo?

Sí, en la medida en que pensemos Vistalegre II como una oportunidad, y no como una amenaza o un “ya te lo dije”, un ajuste de cuentas entre dos líderes políticos o una conversación entre dos amigos en un 'reality show' permanente. De la asamblea de febrero debemos extraer entre todas y todos una hoja de ruta y un proceso organizativo suficientemente potentes como para conducir el cambio político a nivel estatal.

Organizativamente, esto significa convivir mejor dentro de la organización, construyendo espacios abiertos donde nos hagamos cargo de los demás, donde pensemos primero en qué podemos aportar y solamente después en lo que nos falta. También hay que enriquecer el poder ejecutivo (Consejo de Coordinación colegiado, no unilateral), fortalecer el legislativo (con más deliberación y con espacios proporcionales) y defender la integridad del poder judicial con una Comisión de Garantías más ágil e independiente. En líneas generales, el principio que debe regir la organización es el de que si las cosas se hacen entre más personas y pasan por más filtros, entonces salen mejor.

Políticamente, es clave desplegar toda nuestra iniciativa y sacar adelante propuestas lo más avanzadas posible en las condiciones actuales. Las urgencias, necesidades y anhelos de nuestra gente no pueden permitirse una estrategia de resistencia, de todo o nada, de gobierno o trinchera. En este tema, mi experiencia viajando a otros países en representación de Podemos me ha enseñado cosas. Siempre lo percibo, pero no por ello deja de impresionarme lo mucho que nos miran y lo urgentemente que Europa necesita una locomotora del cambio frente al auge de los partidos del odio (Le Pen, FPÖ, Partido de la Libertad, etc.) Ampliar el foco, dejar de mirar al suelo, desplegar las velas, que cada cual lo diga a su manera… Lo que es seguro es que en Vistalegre nos jugamos mucho más que lo que aparece en las portadas de los periódicos.

Eduardo Maura es el 'número dos' de Podemos Euskadi, diputado de Unidos Podemos (Bizkaia) y firmante del Documento Organizativo de la candidatura Recuperar la ilusión (Equipo Íñigo Errejón).

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