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Las primeras elecciones democráticas

Son tiempos nuevos, enormemente ilusionantes. Y no, no lo digo por los cambios, las renovaciones ni los emergentes. En Euskadi son tiempos de democracia. De salud ética, política y moral. De vientos nuevos y aire fresco. Ya no existe terrorismo, violencia, persecución, tampoco muerte. Ha sido la primera campaña sin escoltas ni amenazas, y se constituyen por primera vez en libertad las corporaciones municipales en el País Vasco. El 20 de octubre de hace ya cuatro años, cinco meses después de la constitución de los anteriores gobiernos municipales, ETA cesó su violencia terrorista de forma definitiva. Por fin dejo de ser la parte negra de nuestras vidas. Y no solo eso, podemos decir con arrebatador orgullo que carece de papel alguno en el día a día de la convivencia y el devenir de la sociedad vasca.

Y esto último no es fruto sólo de ese cese definitivo, ni de la casualidad, sino consecuencia de la victoria de un puñado de lucidos demócratas. Verdaderos valientes que afrontaban la batalla por las libertades de todos. Sin pistolas, con las únicas armas de la palabra y su coraje, desde los pueblos y ciudades. Y sin duda, con ellos, sus representantes populares, los concejales. Hablo de miles y miles de cargos públicos locales amenazados y perseguidos durante décadas, víctimas invisibles de esta máquina de matar y amedrentar en la que se convirtió ETA con su entorno cómplice. Una violencia múltiple, crónica, enquistada, dirigida a personas que eran rechazadas y apartadas de la vida social de los pueblos y ciudades.

Sí, amigos, hablo de esos pequeños grandes héroes anónimos, los y las concejales, el cargo público más valioso, mediato, cercano, empático y responsable. Concejales insultados, despreciados y ninguneados. Concejales que no podían ser ni siquiera concejales, pese a ser elegidos, porque en muchas ocasiones no podían tomar posesión de su cargo obligados por la amenaza terrorista Concejales señalados. Concejales amedrentados. Concejales apartados. Concejales apaleados. Concejales asesinados. Concejales, personas, solas, angustiadas, ante un gentío violento inmenso en el mundo pequeño de su pueblo o ciudad. Su mundo.

Pueblos y ciudades en permanente estado de excepción, en una eterna anomalía democrática. Porque aunque entonces nos empeñásemos en seguir viviendo la rutina cotidiana con normalidad, existía el dolor de esos valientes acosados y el sufrimiento de sus amigos, familias y vecinos. El secuestro de la vida democrática. Ayuntamientos y gobiernos libres empezarán a poner fin a ese tiempo de fracaso colectivo, a ese viaje a ninguna parte, en la que miles de concejales eran todos los días empujados por la rabia y la desolación de los violentos. Este sábado confirmamos el fin, con los nuevos ayuntamientos, de ese tiempo en que esos hombres y mujeres, concejales, eran los grandes damnificados de un entorno social que adolecía de cierta ceguera y una grave incapacidad emocional para empatizar con un sufrimiento personal tan grande.

La insistencia, perseverancia de esos cargos políticos locales nos han asegurado a todos el fin del totalitarismo en las calles y de las marcas ensangrentadas en el asfalto. La cobardía del que amendrentaba y mataba por unos ideales ciegos, creyéndose libertadores, han perdido frente a las vidas comunes de muchos ciudadanos, que representaban a sus pueblo en el ayuntamiento, héroes anónimos que se negaron aceptar imposiciones y silencios asesinos.

Este sábado, ellos, los ganadores de esta larga lucha por la libertad y la democracia, entrarán por la puerta grande en los plenos constitutivos de los nuevos ayuntamientos, con la cabeza alta y el alma limpia. Con orgullo, satisfacción y emoción por el deber cumplido, recordando a los ediles asesinados por los violentos: Ordoñez, Blanco, Alba, Iruretagoyena, Jimenez Becerril, Caballero, Zamarreño, Pedrosa, Martín Carpena, Indiano, Múgica, Ruiz Casado, Cano, Elespe, Priede, Carrasco, valientes todos.

Este sábado, ellos, los ganadores de esta larga lucha por la libertad y la democracia, entrarán por la puerta grande en los plenos constitutivos de los nuevos ayuntamientos, con la cabeza alta y el alma limpia. Con orgullo, satisfacción y emoción por el deber cumplido, recordando a los ediles asesinados por los violentos.

A los beneficiarios de esa herencia de libertad y vida que nos ha dejado la lucha de esos héroes, nos queda la enorme tarea de visibilizarlos, dignificarlos y preservar su memoria. Su historia como grandes libertadores anónimos frente a la injusticia, la violencia y la muerte. En este nuevo tiempo de libertad que disfrutamos, compete a los gobiernos locales nuevos en Euskadi otorgarles el papel que merecen en esta nueva etapa histórica de nuestra vida política.

Que se les vea, se les escuche y se les note. Que se les oiga. Que participen. Que gobiernen, porque también para eso se piensan los pactos que garantizarán gobiernos sólidos y fuertes para todos en nuestros pueblos y ciudades.

En esa cuenta pendiente de la democracia vasca con esos valientes que se enfrentaron a ETA se van dando pequeños grandes pasos por la sociedad y las instituciones vascas. Los resultados electorales demuestran que la ciudadanía vasca empieza a pasar factura a una izquierda abertzale prepotente, autocomplaciente y falta de autocrítica. Por otro lado, hace unos días el lehendakari Urkullu pedía perdón a las víctimas de los años de plomo por la actitud del Gobierno vasco en esa época vergonzante de nuestra historia en que el mirar para otro lado era la marca de la casa de las instituciones vascas. Gesto tardío, aunque valiente y necesario.

Pero una y otra cosa son hitos que debían suceder en el camino. En todo caso, no lo es todo porque el perdón acompaña y reconforta pero no restaura, y aún la democracia vasca tiene una deuda pendiente con los valientes que se enfrentaron a ETA por la libertad de todos, ante el silencio y la indiferencia de muchos otros. Pero como decía Machado se hace camino al andar. Y vamos dando pequeños grandes pasos.

Hoy sábado estaré en Andoain en el Pleno de constitución de su nuevo ayuntamiento, pero llevaré conmigo a Mondragón, Lasarte, Zumárraga, Errenteria, Donostia, Pamplona, Leiza, y tantos otros pueblos y ciudades vascas. Me emocionaré pensando en los que perdimos, abatidos por las balas de la intolerancia. Recordare a los que sobrevivieron, que aún pasean emocionados por los pueblos que los apartaron. Y sonreiré pensando en ellos, mientras les doy las gracias a todos.

Va por vosotros, compañeros.

Rafaela Romero, Secretaría Ciudadanía y Libertades Públicas PSE-EE-PSOE

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