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El precio del poder

Hace casi un siglo un pensador italiano, de nuevo de moda, Antonio Gramsci, identificó el pensamiento hegemónico como esa visión de la realidad que espontáneamente hace suya la mayoría social. Un siglo antes, en 1801, un autor hoy menos popular, Antoine Destutt de Tracy, había dejado escrito que las ideas dominantes de una época son las de la clase hegemónica, que consigue con ellas hacer pasar por ordinarias e indiscutibles, lógicas y naturales, las relaciones de subordinación de unos individuos respecto de otros. En los dos casos, además de advertirse sagazmente la trastienda de la realidad, se formulaba una propuesta de acceso al poder que no pasara inevitablemente por la vía revolucionaria sino por la capacidad paciente y hábil para imponer las ideas propias a la mayoría social, hasta hacer que esta confundiera lo que es normal con lo que le ha vendido esa corriente política. Alguno de los nuevos grupos políticos ha devuelto a la peana intelectual a Gramsci, a pesar de que no resultó muy eficaz cuando en los años setenta los padres de los de ahora echaron mano de él para dar vida a experimentos como el eurocomunismo.

La reedición de ese empeño –alcanzar los cielos sin romper la vajilla- resulta si cabe más problemática en Euskadi. Cuando casi todo lo que era sólido se ha esfumado, solo queda en pie lo más viejo y rancio del lugar: el nacionalismo vasco más burgués, clásico y atemperado. Pero ninguno como él resume el pensamiento mayoritario de la sociedad vasca. Un pensamiento hegemónico de verdad, no se pierda de vista, construido por una clase igualmente hegemónica que –volvemos a Gramsci- ha podido articular sus intereses e ideas con los de otros grupos… poniendo a estos bajo su control.

La transición a la democracia, con toda su complejidad, fue el instante en que el nacionalismo vasco fue capaz de llevar a cabo esa suma de fuerzas y esa conversión mayoritaria de la sociedad vasca a una serie de creencias que, finalmente, se tomaron como quintaesencia del país. Aunque no sea de consumo cotidiano –es un asunto muy técnico y los católicos no hablamos de dinero-, el Concierto Económico (y el Cupo) representa a las mil maravillas esa manera mayoritaria de vernos a nosotros mismos y con respecto a los demás. Y también, esa condición irrenunciable cuyo cuestionamiento supondría en paralelo el de todos nuestros compromisos con el resto de españoles. El privilegio convertido comunitariamente en dogma, en derecho, en esencia, en “volkgeist” (en espíritu popular colectivo). La fotografía de los cinco o seis líderes de los principales partidos vascos, viejos y nuevos (con alguna excepción), cerrando filas a favor del Concierto Económico en la portada del periódico del “establishment” es la imagen última de esa victoria nacionalista.

Pero no hay que ser muy perspicaz para identificar otras muchas: la primacía del conocimiento del euskera en términos de titulación (que no de uso) a la hora de acceder a empleos públicos o de prosperar en la vida pública (un ejemplo de libro de alienación aceptada por la mayoría social); la autopercepción favorable respecto al resto de españoles (sin excepción); la presencia constante de lo comunitario tradicional (a pesar de nuestra objetiva condición de sociedad postmoderna); nuestra convicción de constituir un país solidario y progresista en lo social y político; nuestras mentiras aceptadas para explicarnos nuestra historia e incluso la autocomplacencia a la hora de ver nuestro pasado de terrorismo más inmediato solo (o básicamente) como un error; y muchos etcéteras más.

Aunque dicen las encuestas que puede cambiar algo la próxima fotografía electoral vasca, no tengo similar convicción de que veremos cambiar la hegemonía y los lugares comunes sobre los que se ha asentado la política vasca en los últimos cuarenta años.

¿Podrá la nueva política –y sus nuevos grupos- contravenir esos lugares comunes, ponerlos en cuestión? Lamentablemente, por las muestras, por su confirmada popularidad electoral y por sus tomas de postura, creo que no. Creo que están más en la pomada de lo común, en las “mentiras de nuestros padres” que soportan la colectividad, que en los criterios innovadores que se interrogan sobre lo existente, sobre lo que ha sostenido décadas de vieja política y, con ella, a esos “Inoxidables de Euskadi” que son el nacionalismo y el conjunto de grupos políticos que durante años no le han disputado a aquel un gramo de su hegemonía.

En 1906 los socialistas, todavía marginales en la política vasca, revolucionarios, llevaron a cabo una campaña denunciando cómo el manejo del autogobierno fiscal por parte de las oligarquías que dominaban las diputaciones vascongadas hacía recaer sobre el pueblo las cargas fiscales y maniataba la autonomía de los municipios, únicas instituciones a las que poco a poco llegaba la democracia verdadera (sin fraudes) y, con ella, sus representantes. Su campaña la presidió el rotundo lema de “Autonomía para todos o abajo el Concierto Económico”. Por supuesto, la casi totalidad de fuerzas políticas de entonces los desautorizó como contrarios a los intereses del país, por pedir la revisión de un procedimiento que no favorecía a este en su conjunto y que contravenía los criterios de libertad y justicia de aquel partido.

En 1923, uno de los portavoces socialistas de entonces había llegado ya a la alcaldía de Bilbao –Rufino Laiseca, el único de la historia- y, con su partido ya integrado en el grupo hegemónico del país (quizás solo así se puede acabar siendo alcalde), afirmaba convencido que el Concierto no era un privilegio sino una manera de ser de los vascos. Para entonces ya formaban parte del pensamiento común, el que te da la llave de acceso para compartir el poder en un lugar y para no poner nunca en peligro las bases en que se soporta… aunque sean contradictorias con lo que tú proclamas.

Aunque dicen las encuestas que puede cambiar algo la próxima fotografía electoral vasca, no tengo similar convicción de que veremos cambiar la hegemonía y los lugares comunes de Euskadi gracias a los que vienen, disciplinados y obedientes para estas horas con todo lo que reclama la intangible y presente esencia del 'paisito'. Mucha gente descree para estas horas de parte de los hombres y mujeres de la “vieja política”, y desea renovar las caras de sus representantes, e incluso sus liturgias y estética. Esas encuestas y los últimos votos así lo certifican. Pero no creo que, más allá de esas invocaciones genéricas a la justicia social y a los evidentes culpables de la crisis, su aspiración sea hacer política sobre creencias diferentes de las que han primado aquí durante los últimos cuarenta años. Sus manifestaciones en ese sentido son tan palmarias como sus buenos resultados electorales. Y es que, posiblemente, hasta ahí quiere la gente que lleguen y hasta ahí van a querer (y poder) llegar ellos.

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