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La historia argumentada

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Hay más razones, pero sólo dos de ellas justifican ya, y sobradamente, la publicación de esta “Antología del discurso político”: la recuperación de un género hoy en retroceso entre nosotros, casi un recuerdo de otros tiempos; y la cuidada selección de discursos, que rescata las argumentaciones, sólidas o banales (más frecuentemente las primeras), sobre las que se ha construido nuestra historia.

Como tales, los discursos políticos relevantes están desapareciendo de nuestro sistema democrático, pese a que algunas de sus elementos básicos -los procesos electorales y la actividad parlamentaria- parecen exigir exposiciones razonadas sobre las proposiciones propias y acerca de las temáticas específicas. Han quedado en lamentable desuso. La sustituyen los lemas, la repetición de frases mediáticas, los eslóganes producidos por los gabinetes de marketing electoral, que no buscan a convencer razonadamente sino enunciar posiciones con las que el elector se identifique.

En cierto sentido, las locuciones políticas de hoy en día son la antítesis del discurso tal y como suele concebirse al modo clásico, bien entendido que clásico quiere decir aquí hasta ayer mismo. Las expresiones actuales no sólo las componen frases cortas, con frecuencia sin una ilación razonable y bien trabada, a veces tan sólo “zascas”, el neologismo de moda. Es que, con frecuencia, saltan las dudas de que subyazga un encadenamiento lógico entre las distintas proposiciones, menos aún alguna complejidad argumental. Detrás de las expresiones aisladas se adivina una construcción liviana, una trama vaporosa.

 Pero los discursos políticos han jugado un papel fundamental en la historia. Pronunciados por políticos y autoridades, científicos, intelectuales, etc., han servido para explicar razonadamente proyectos, propuestas y decisiones. Han buscado, también, convencer con argumentos y han recurrido a reflexiones complejas, pues no siempre resultan suficientes los lemas, el slogan repetido, el zasca. Buena parte de nuestro pasado viene compendiado en los discursos señeros que a veces marcaron épocas y que por lo común definieron actitudes e imágenes del futuro que se deseaba.

Como tales, los discursos políticos relevantes están desapareciendo de nuestro sistema democrático

Antonio Rivera ha seleccionado 130 piezas oratorias que permiten evocar la importancia del discurso político como género. El que abre el libro se escribió hace 3000 años en China y viene titulado como “el mandato el cielo”. Lo cierra el que pronunció Ángela Merkel para terminar 2015, sobre “nuestra cohesión”. En medio, decenas de discursos describen la evolución de la oratoria, pero también las distintas problemáticas históricas: Carlos V, Hernán Cortés, Bolívar, Disraelí, Jaurés, Lenin, Azaña, Gandhi, Tagore, Allende, Gorbachov, Obama, etcétera, sin olvidar a Hitler, Mussolini o Franco, también artífices de la historia. Los textos resultan muy diversos, pero su heterogeneidad nos permite adentrarnos en posiciones complejas -o en propuestas desquiciadas- a partir de los razonamientos concretos de quienes protagonizaron la historia, para bien o para mal.

Una antología tiene siempre que elegir, y por tanto corre el riesgo de dejar fuera textos que algún especialista considere imprescindibles. En este caso, la dificultad era particularmente ardua, al referirse a discursos de todas las épocas y de todas las culturas. La selección ha acertado con creces, al juntar piezas oratorias decisivas y otras que son representativas de las principales corrientes. También cabe destacar la diversidad de posiciones políticas recogidas, que constituyen una aproximación idónea a los problemas de las distintas etapas históricas, si bien el libro está centrado en el periodo contemporáneo, con una excelente recopilación de textos básicos para entender los siglos XIX y XX.

No siempre los discursos están transcritos por completo, puesto que el esquema de esta antología prefiere ceñirse a las ideas fundamentales. Así se pierden concepciones retóricas de largos concatenamientos argumentales, pero vale la licencia, que permite una extensión razonable al libro, así como seguir la secuencia histórica de las explicaciones políticas que han marcado la historia. De ahí una de las virtudes de la obra, que no necesariamente se deduce del título. Este sugiere erudición y elección cuidadosa de los textos. No faltan en el libro, pero tiene una característica que suele faltar en recopilaciones de este tipo: la elección de los discursos y la selección de sus aportaciones básicas hacen que se lea con una fluidez inusual. La reunión de argumentaciones tan dispersas, pero sobre cuestiones siempre actuales –sea la legitimación del poder, sea la de las alternativas políticas concretas-, lleva a una lectura apasionada, sobre fuentes de primera mano.

A veces los discursos que conocemos son recreaciones posteriores, fruto de la imaginación del historiador o reinterpretaciones, como las frases redondas que se atribuyeron a Jefe Sealth y que pasan por el paradigma de la visión de los indios norteamericanos que perdían su tierra; o las recreaciones de Tucídides o Tácito, que tienen la fuerza de la interpretación histórica. Algunos de los discursos que aquí se recogen, poco conocidos, resultan sorprendentes, como la temprana reclamación del derecho de la mujer al voto realizada por Stuart Mill en 1867. El libro incluye textos básicos, sean las tesis de abril de Lening, los puntos de Wilson, la caída de la “cortina de hierro” en la voz de Churchill o el “yo tengo un sueño” de Martin Luther King. Otros resultan menos conocidos, aunque fijan posiciones políticas de enjundia, fundamentales para comprender la historia, sean las posiciones de un líder obrero de Vitoria tras la matanza de marzo de 1976, un episodio dramático de la transición, o, en otro orden de cosas, reflexiones políticas de Octavio Paz y García Márquez. La contextualización, breve, de cada discurso esboza el momento histórico y la importancia del discurso.

Resulta improbable que un libro como este devuelva el gusto por el discurso a nuestra política, pues el déficit es cultural y depende de las dificultades actuales para seguir argumentaciones complejas en un texto de dimensiones medianas o las posiciones de un orador que lo sea y no se acoja a los latiguillos que hacen furor mediático. Pero nos acerca a las formas de expresión política que han sido habituales durante siglos y permite seguir, desde dentro de la oratoria, los problemas y respuestas que se han dado a lo largo de la historia y las razones que dieron sus protagonistas. Algunos discursos son, además, piezas retóricas excelentes, de conocimiento imprescindible.

Antonio Rivera: Antología del discurso político, Los libros de la Catarata, Madrid.

 

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