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La ideología, estúpido

La derecha política empieza a hartarse de ser la defensora del sentido común, sin que se lo agradezcan, y se reinventa ideológicamente a marchas forzadas tras la irrupción alegre y combativa de los camaradas de Vox

Casado reclama a los españoles que "no experimenten con el voto" de cara a lograr una España "cohesionada"

Hasta hace nada, se consideró una verdad indiscutible que las veleidades ideológicas no debían interferir en la “buena marcha de la economía”. Una economía ya emancipada de la política y fuente de toda legitimidad. Más aún cuando sus patrocinadores y beneficiarios se empeñaban en sostenerla sobre bases científicas y ajenas a cosas tan miserablemente humanas, como la codicia, los intereses de clase, las desigualdades insultantes o las corrupciones de cualquier tipo; inconvenientes quizá molestos, pero que podían camuflarse en un laberinto de ecuaciones, gráficos, curvas y teorías sofisticadas, que explicaban y justificaban la actividad económica por sí misma, sin necesidad de injerencias ni controles democráticos externos.

Y, como no resulta fácil en principio polemizar con un gráfico o una ecuación, cuestionar desde la política las enormes libertades que se había tomado el mundo de los negocios se llegó a considerar algo tan absurdo como oponerse al teorema de Pitágoras o a la Ley de la Gravedad. De modo que el dogma oficial de los poderes del dinero se impuso a ideologías, supuestamente caducas, que pudieran representar una peligrosa competencia. La izquierda, claro está, salió perdiendo. Y hoy la socialdemocracia está en crisis, en busca de su identidad perdida.

En España, no del todo. Al contrario que en buena parte de Europa, en España  la socialdemocracia, no sólo ha aguantado, sino que, además, ha llegado al Gobierno, para escándalo de la gente de orden y los “españoles de bien”, incapaces aún de entender qué han podido hacer mal para perder el poder. Quizá por ello los que lo han venido detentando (desde la política o desde su influencia sobre la política) están empezando a pensar que la defensa de sus intereses necesita un buen chute de ideología.

Y en esas estamos. Hace no mucho, el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, ya advirtió, en una entrevista de prensa, que la sacrosanta libertad de empresa no deja de basarse en principios que trascienden la rentabilidad pura y dura; por eso precisamente, por principios ideológicos, los empresarios no podían admitir la prevalencia del convenio sectorial sobre el de empresa, como reclaman los sindicatos,  ya que, aseguraba, “las empresas deben poder decidir” (se supone que al margen de cualquier control de los trabajadores).

Por su parte, la derecha política empieza a hartarse de ser la defensora del sentido común, sin que se lo agradezcan, y se reinventa ideológicamente a marchas forzadas tras la irrupción alegre y combativa de los camaradas de Vox. Ciudadanos recalca su antisocialismo, asegurando que eso de la izquierda es “muy antiguo”, porque lo verdaderamente moderno es algo tan añejo (desde la Constitución de Cádiz de 1812)  como ser liberal. Y el PP, con Casado, liberal también, ha decidido actuar sin complejos y destapar el tarro de sus esencias.

Es la agenda social la que hoy se está imponiendo al furor nacional

Su vicesecretario de Organización, Javier Maroto, ya adelantó a principios de febrero algo sobre el 'Contrato liberal e ideológico' que el PP quería presentar a la sociedad española como marco de su oferta electoral. En él figuran propuestas tan prometedoras como una rebaja de impuestos y una educación y sanidad “de calidad y en libertad”. Dicho de otro modo, y para que nos entendamos mejor: privatización de servicios públicos y disminución de recursos para sostener un Estado de bienestar que ya no es  “sostenible”.

Seguramente va a ser necesario explicar con un cierto poder de convicción las bondades de tales ofertas, porque, a simple vista, no encandilan a la gente. A simple vista, da la impresión de que los “viernes sociales” del Gobierno de Sánchez suscitan bastante más interés y reconocimiento público en la ciudadanía. Algo que, por otra parte, están reconociendo implícitamente las derechas cuando se oponen con tanta desesperación a los diversos decretos gubernamentales que se están aprobando para dar respuesta a problemas acuciantes de los sectores más vulnerables de la población española.

Menos mal que aún les queda España y su unidad amenazada como elemento vertebrador de su recuperada ideología. Aunque existe el inconveniente de que la España que antes se rompía no es la España de ahora, que sigue sin romperse. ¡Con el juego que esa España maltrecha y humillada le estaba dando a las derechas, hasta el punto de llegar a ocultar en ocasiones las políticas de un Gobierno empeñado en demostrar  que se podían hacer las cosas de otra manera sin que el país se hundiera por ello! Pero bastó con que los nacionales hicieran “balconing” en Madrid para bajar a las calles sus banderas, y que los independentistas catalanes les acompañaran como tontos útiles frustrando la aprobación de los Presupuestos, para que la agenda social de Sánchez se empeñara en seguir estando allí, a la vista de todo el mundo.

Nunca había dejado de estar, por mucho que el ruido de los nacionalismos en pugna tratara de silenciarla. Pero ese ruido empieza a formar parte del pasado. Y es la agenda social la que hoy se está imponiendo al furor nacional. Ni siquiera los supuestos defensores de España se creen realmente que esté en peligro su unidad. Lo que peligra de verdad es la continuidad de las políticas de recortes sociales que los Gobiernos conservadores impusieron con el pretexto de la crisis. Que es lo que les preocupa realmente, aunque lo oculten poniendo la bandera de España por delante.

Pero el truco ha quedado al descubierto. Y es muy probable, por tanto, que nos encontremos a las puertas de una nueva etapa. Tenía razón Antonio Machado: “Los períodos más fecundos de la historia son aquellos en que los modestos no se chupan el dedo”. Creo que estamos empezando a vivir en uno de esos períodos. Porque hay una mayoría social que, efectivamente, no se chupa el dedo; y en virtud, además, de una situación política vigorizada por la reactivación ideológica de la igualdad, seña de identidad irrenunciable del socialismo democrático.

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