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No necesitamos más Verónicas

No hay que abominar de la tecnología actual, no podemos seguir construyendo conocimiento desechando el mundo online presente en  nuestras vidas, pero sí debemos racionalizar su uso con el aprendizaje de sus ventajas e inconvenientes

Una de las asistentes alza su pancarta en el homenaje a Verónica

Una de las asistentes alza su pancarta en el homenaje a Verónica Aurora S. Olmo

Todo en la vida trata sobre el sexo, excepto el sexo. El sexo trata sobre el poder (Oscar Wilde)

Verónica Rubio, de 32 años, se suicidó el 25 de mayo, a las 16:50 en su casa de Alcalá de Henares. Trabajaba en la sección de Ejes y Puentes de IVECO. De las/os 2500 trabajadoras/es que componen IVECO, empresa de San Fernando de Henares, el 80% de la plantilla había visto el vídeo de contenido sexual que la propia víctima se había grabado, 5 años antes, cuando su situación personal y familiar era otra distinta a la actual.

No voy a ahondar en la estupefacción sentida, ni en la indignación posterior al conocer más detalles del hecho. Cuando la razón se acabe imponiendo sobre la rabia, cuando se encuentren respuestas que hagan, al fin, más entendible la situación, será necesario volverse a preguntar el por qué de tanta incomprensión, de tanta ignonimia. Mientras tanto, valoremos algunas cuestiones relacionadas con el suceso mencionado yque también tienen que ver con la educación.

La primera está relacionada con la importancia que en muy poco tiempo le hemos otorgado a las redes sociales. Las hemos convertido en testigos directos de nuestras relaciones, en  juezas de nuestras disputas, en compañeras de nuestras debilidades. Acudimos a ellas para conocer, escuchar, aprender o confirmar; también para dañar, envilecer y perjudicar. Desde la niñez hasta la vejez las seguimos en casas, calles y lugares de trabajo, confiando en que no falle nuestra conexión con el mundo virtual. Y en muchas, quizás demasiadas ocasiones, nos olvidamos de que vivimos en el mundo real.

Como afirma con acierto Jaume Carbonell ('Viva la Escuela democrática' El Diario de la Educación 31-05-2019) son tiempos que propician la desmemoria, la estupidez como virtud, la cultura más tecnocrática e instrumental, las visiones hiperpresentistas. “Son tiempos líquidos y acelerados con una sobreexposición de la información, convertida en flases veloces y desconectados que no permiten el cultivo de un pensamiento profundo y aún menos una comprensión de la realidad”.

Por ello es necesario que la Escuela forme adecuadamente en esta tecnología, en su uso correcto y en el aprendizaje de los riesgos que su mal uso comporta. Una formación que debiera partir, en primer lugar del propio profesorado, que fuese conocedor de los límites que las redes sociales deben tener en un colectivo joven que se está adentrando en ellas. Hay que ampliar los espacios que cada vez más se otorgan en los centros a personal especializado (Ertzaintza, Policía) y sustituirlos por expertos/as que acompañen el aprendizaje de toda la colectividad, de forma continua, incorporada transversalmente en los currículos  escolares. No hay que abominar de la tecnología actual, no podemos seguir construyendo conocimiento desechando el mundo online presente en  nuestras vidas, pero sí debemos racionalizar su uso con el aprendizaje de sus ventajas e inconvenientes.

Una segunda cuestión inherente al suceso mencionado tiene que ver con el tratamiento  actual de la sexualidad en nuestra sociedad. La agencia Europapress se hacía eco esta semana de un estudio (Diagnóstico de la mujer joven en la España de Hoy) sobre las preocupaciones de las mujeres españolas entre 18 y 34 años y la conclusión era escalofiante: para casi el 80 % de ellas su mayor problema era la violencia de género, seguida muy cerca por la desigualdad entre mujeres y hombres. Y otra conclusión, en la misma linea: la mitad de las encuestadas reconocía que pese a gozar de una libertad sexual plena, solían tener relaciones sexuales sin ganas. Estas situaciones dirigían claramente la responsabilidad hacia una educación sexual insuficientemente aprendida, deficientemente enseñada. Señalaban con claridad dónde está el foco de contaminación de unas relaciones sexuales, aún dominadas por las necesidades masculinas.

Y eso que el mensaje de la UNESCO no deja lugar a dudas sobre el papel que la educación debe jugar en este ámbito: “ser parte integral de la educación básica, que va más allá de conocimientos, ya que propociona competencias y habilidades para la vida. (…) Su objetivo es comprender que la sexualidad es parte integral de la vida de las personas y que contribuye al desarrollo de su identidad y, por lo tanto, a su desarrollo social.”

Si no queremos asistir como sujetos pasivos a situaciones como la que tuvo que vivir y sufrir Verónica tenemos que empezar a cambiar nuestra perspectiva de actuación en el aula

Los problemas surgen cuando observamos la parte de formación que en la educación sexual corresponde al nivel formal, no formal e informal. No desvelo ningún misterio cuando afirmo que en temas de sexualidad el prinicipal agente formativo está en la calle, fuera de las programaciones  educativas e institucionales. Así era hace 50 años y así, desgraciadamente, lo sigue siendo. La mayoría de la juventud recibe una (des) información sexual carente de elementos intelectuales y éticomorales, donde la igualdad, el respeto, la tolerancia o la responsabilidad convivencial brillan por su ausencia.

Pero no sólo están las carencias en el ámbito no formal; también la Escuela ha preferido dejar siempre  esta materia para septiembre. De todas las leyes educativas nacionales que hemos vivido en la etapa democrática, tan sólo la LOE, de 2006, busca en la educación sexual un complemento formativo necesario para el desarrollo de la personalidad del alumnado. Alfonso Díez Prieto [La educación sexual en las leyes educativas españolas (Educar(NOS), 2018] señala que la aportación que supuso la materia de Educación para la ciudadanía y los Derechos Humanos facilitaba la inclusión de estos contenidos, procurando que se desarrollase una mayor afectividad de alumnos y alumnas. Lamentablemente, el revuelo y la polémica que levantó esta asignatura abortaron las medidas formativas expuestas y la LOMCE posterior se encargó especialmente de borrarlas de la memoria educativa.

¿Y en Euskadi? ¿Cómo andamos de educación sexual en el sistema educativo? Un estudio (Sexualidad en adolescentes de la CAPV, Javier Gómez. Mª José Ortíz y Amaia Eceiza)  realizado en 2013 por tres profesores de la Facultad de Psicología de la UPV sobre 161 centros escolares (el 54 %, concertados) revela algunos datos interesantes: Uno, la materia de sexualidad es impartida por profesionales ajenos al centro (en tres de cada cuatro), no por el profesorado propio, lo que añade un componente “externo”, que le confiere un halo de extraordinariedad al ya de por sí tema misterioso. Dos: los centros que imparten directamente esta materia lo hacen desde una perspectiva básica científica, en las áreas de anatomía y fisiología; son escasos los que introducen la sexualidad en sesiones de tutoría o clases de ética o Sociales. Es decir, seguimos pensando que la educación sexual son nociones que la Escuela no debe presentar desde esferas de sentimientos, relaciones humanas y de poder. Y  Tres: entre las principales dificultades para la impartición de esta materia aparecen la formación del profesorado, la falta de recursos y la certeza de que los temas “íntimos” deben ser expuestos por “profesionales”, no por educativas/os; verbigracia, una de las escas ocasiones en las que el profesorado no reclama formación específica per se, sino para el otro/a.

No se puede seguir de esta manera, entregando la formación sexual en manos de la educación informal y confiando en que la responsabilidad es de la calle, los amigos, el cine y la televisión y, especialmente de las redes sociales; en una palabra, de la sociedad y no de cada uno/a de nosotros/as, profesionales del sector. Son muy atinadas las reflexiones de Susana Méndez Gago (La educación sexual en la sociedad de consumo Revista Injuve nº 100. Diciembre, 2018) en este caso: Los adolescentes, espectadores de este otro lado, construyen su discurso sobre los adultos y la sexualidad, y no nos debe causar extrañeza cuando nos etiquetan de hipócritas porque están asistiendo probablemente con perplejidad al histórico espectáculo de la doble moral. Son ocasiones como éstas, las que ponen de manifiesto el grado de madurez de una sociedad que, a pesar de arrastrar lastres en materia de sexualidad, debe afanarse con urgencia en saber más y mejor y dejar de balancearse entre dos polos. Uno, el baluarte de una férrea moral que, por muy firme que sea se debilita ante la explosión de la naturaleza en la pubertad; y, el otro, el de ese dejar hacer mientras se pongan los “medios”, considerando que los adolescentes de hoy lo saben todo y sólo tienen que aprender a protegerse. Posiciones enfrentadas y descalificadoras unas de otras, pero que en conjunto paralizan esa madurez social que cualquier pueblo debe perseguir y provocan bloqueos distintos a los de la época de la dictadura, pero bloqueos al fin y al cabo.”.

Si no queremos asistir como sujetos pasivos a situaciones como la que tuvo que vivir y sufrir Verónica tenemos que empezar a cambiar nuestra perspectiva de actuación en el aula. Comprometiéndonos con un uso correcto de las TIC (de las que tanto podemos aprender) y aceptando que estamos obligados/as a formar íntegramente a nuestro alumnado, mucho más allá de aquello para lo que fuimos educados/as.

No queremos, no necesitamos, no deseamos más Verónicas.

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