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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

El poder de la Iglesia católica: de Cracovia a la LOMCE

Matilde Fontecha

Me llama una amiga por teléfono: -¿Qué tal en Polonia? ¿Has coincidido con el Papa, no? Sí, por eso he ido, le contesto. - Ya sabes que este Papa quiere hacer cambios importantes, uno de ellos introducir el sacerdocio de las mujeres y darles protagonismo dentro de la iglesia. Por eso, ha querido llevar en su séquito para la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia alguna feminista que le ayude a analizar el encuentro desde esta óptica, y allá que me he ido…

Tuve que dejar de hablar porque se lo estaba creyendo todo. -No mujer, que es broma. Ojalá fuera verdad, le dije.

–Eres una gamberra, me lo había tragando, venga, cuéntame.

El viaja a Polonia ha sido interesante, como siempre que conoces un lugar nuevo. Lo mismo que ocurre con otros países europeos que estaban bajo el dominio de la antigua URSS, los avatares históricos que han soportado y el proceso de cambio social tras la caída del Muro de Berlín me parece asombroso.

En este caso, se ha materializado el mito del ave Fénix: han rehecho un país que quedó reducido a cenizas en más de un 80% tras la II Guerra Mundial. Impresiona pensar que esa maravillosa plaza medieval en la que te encuentras, no es tal sino una réplica de solo unos años de antigüedad; la misma magia se repite una y otra vez en las ciudades de mayor relevancia –Wroclau, Poznan, Torun, Gdansk, Varsovia-.

He disfrutado del viaje, de la belleza de sus lugares y de su comida típica. Sin embargo, me costará borrar de la memoria lo referente a la visita del Papa Francisco y la invasión de hordas juveniles en varias ciudades de Polonia durante esas semanas. No daba crédito al ver cómo aquellos grupos de actitud retadora ocupaban las zonas céntricas de las ciudades, cantando a voz en cuello y tocando instrumentos musicales. Llevaban su correspondiente bandera y se saludaban entre sí con grandes gritos y gesticulaciones. A veces, se paraban en círculo en una plaza y leían en voz alta un texto o rezaban el ángelus.

Los campos de exterminio de Auschwitz y Birkenau los tenían literalmente tomados, de hecho, estaban vetados al turismo y para poder visitarlos tuve que acceder con un “permiso de peregrino”.

Un par de iglesias que intenté visitar estaban abarrotadas de personas cantando, gritando consignas y moviéndose como posesas; transmitían la misma impresión que esas imágenes de ritos de ciertas sectas que nos llegan a través del cine. Entre los más danzarines destacaban los saltos y aspavientos de algunos jóvenes sacerdotes, que tenían el papel de animadores. Por cierto, no había visto tanto hábito de monjas o sotanas desde hacía décadas.

Ya en el aeropuerto y en el vuelo coincidí con jóvenes de Sudamérica, sobre todo de Argentina, que hacían su última escala en Barcelona. Llevaban grandes cruces colgadas al cuello y se pasaron el viaje cantando canciones religiosas. Me contaron que iban a hacer labor de voluntariado en la Jornada de la Juventud: ayudarían en tareas de organización del evento, que esperaba reunir a tres millones de personas. El viaje lo habían pagado de su bolsillo, pero la estancia y manutención corrían a cargo de las familias que les acogerían o de las residencias de la Iglesia Católica, -que, por ejemplo, en Cracovia es propietaria de más de la mitad de los extraordinarios edificios del centro de la ciudad: casas del obispado, oficinas, seminarios y residencias-.

Aunque aún no lo sabía, el viaje en avión era el preludio de lo que iba a toparme durante los siguientes días. En fin, volví de Polonia sorprendida. Pensé: ¿Esta es la juventud católica que quiere el Papa? ¿Es posible que vayamos hacia un modelo religioso tan patético que suponía ya enterrado?

La exhibición de poder por parte de la Iglesia y la percepción de regresión vividas en Polonia, son los mismos indicios que están presentes en los exabruptos de los obispos españoles contra la igualdad de género y la homosexualidad o cada vez que hablan de la asignatura de religión.

Estos días, el comienzo del curso académico con la implantación de la LOMCE y la imposición de la Religión Católica como asignatura evaluable, unido a la legislación para impartir Religión Islámica, precisamente ahora, en función de un Acuerdo de Cooperación del Estado Español con la Comisión Islámica que data de 1992, han saturado mi indignación, que trataré de explicar.

La democracia supone libertad para no creer y para creer. Pero, las creencias religiosas conectan con lo más íntimo de la persona y su manifestación debería ser de carácter privado. Este país es aconfesional. Según la Constitución Española, art. 16.3:

Ninguna confesión tendrá carácter estatal y el Tribunal Constitucional ha formulado una declaración de neutralidad de los poderes públicos en materia religiosa.

Por lo tanto, el Estado no debe intervenir en asuntos de ninguna religión ni viceversa y la religión no debe ser una asignatura del currículum escolar.

La escuela laica es una histórica reivindicación de gran parte del profesorado y de otros sectores sociales, que demandan que el lugar para la enseñanza de la religión católica sea la parroquia, no el centro educativo. Nunca se consiguió totalmente, pero, al menos, durante años había sido de carácter voluntario.

En el actual contexto de pérdida de libertades, el gobierno Rajoy, a la vez que implantaba la Religión Católica como asignatura evaluable, ha hecho una jugada maestra, que para más inri ha disfrazado de derechos humanos multiculturales: nos ha endosado la Resolución de 14 de marzo de 2016, por la que se publica el currículo de la enseñanza de Religión Islámica de la Educación Infantil (https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2016-2714). Hace referencia al acuerdo mencionado, según lo cual “se debe garantiza a los alumnos musulmanes el ejercicio del derecho a recibir enseñanza religiosa islámica en los centros docentes públicos y privados concertados, en los niveles de Educación Infantil, Educación Primaria y Educación Secundaria”.

¡Menuda jugada! ¿Quién va ahora a pretender que la enseñanza de la religión católica salga de las aulas? Los dirigentes de ambas religiones -no olvidemos que designan a su respectivo profesorado- aunarán fuerzas en la tarea de impedir la secularización de la enseñanza. Con este decreto ambas Iglesias salen beneficiadas, pero la inclusión de la Religión Islámica en la enseñanza reglada, para una minoría, tiene como función principal reforzar el poder de la Iglesia Católica y su influencia sobre la mayoría.

Aunque en principio, dada la ideología del partido que nos ha gobernado, pueda parecer una incongruencia que se admita otra religión diferente a la católica, no lo es. En este negocio entre el gobierno y las iglesias, en una coyuntura social inundada por el miedo, las cartas ya estaban repartidas y a río revuelto ganancia de los obispos, que para eso tienen título de pescadores.

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