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El silencioso sufrimiento de los pobres

La famosa redistribución de la riqueza que nos haría a todos más iguales, o menos diferentes, ha de partir de un convencimiento: no hay riqueza más inútil que la que actualmente impera en nuestras sociedades desarrolladas

Trabajadoras domésticas junto a Philip Alston, relator especial de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y derechos humanos

Trabajadoras domésticas junto a Philip Alston, relator especial de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y derechos humanos

Son tan pobres, los pobres, que apenas tienen voz, de modo que su manera de denunciar sus carencias es el silencio. No vocean, únicamente interrogan con sus miradas tristes y sus ojos taciturnos. Quienes nos movemos a su lado apenas percibimos esos detalles, en todo caso usamos frases ambiguas para no molestarles demasiado: anda algo triste esta temporada, o no tiene ganas de nada,… y luego decimos que no hay mal que cien años dure. Sin embargo, lo que atosiga a los pobres es su pobreza, la escasez de medios o de dinero que les impide alimentarse en condiciones saludables, que les impide dar a sus hijos las satisfacciones básicas con que cuentan otros muchachos y muchachas de su edad. Porque sirve de muy poco intentar elevar sus espíritus con loas infundadas cuando a sus niños les falta la alegría, el alimento o el mínimo confort juvenil.

Ha dicho Philip Alston, que es un relator de la ONU, y que ha pateado España durante los últimos tiempos, que el sistema de protección social español “está roto”. Este observador meticuloso de la ONU se ha ido de España con un sabor agrio, pesimista ante lo que ha visto y sopesado. Y ha sido contundente en sus conclusiones. La primera ha sido que los derechos sociales y económicos “se toman raramente en serio”. Los números cantan, y denuncian, porque un 26 % de la población española (el 29,5 %, niños) están en riesgo de pobreza o exclusión social. El desempleo también resulta excesivo. La conclusión es sencilla: “Se pueden hacer las cosas mucho mejor, pero se ha decidido no hacerlo”. La pobreza, que afecta a más de la cuarta parte de la población, está siendo tratada con paños calientes y no con medidas contundentes. “La pobreza -ha dicho- es una decisión política”. Y ha argumentado que se ha venido combatiendo mediante medidas tan inadecuadas como beneficiar a las clases altas para que las bajas, los pobres, vivan de los réditos de los ricos. Esto nunca da resultados positivos.

Curiosamente, mientras los colmados de riqueza, o los satisfechos, cuestionan las ayudas públicas y denuncian el fraude que se produce en las ayudas sociales, Philip Alston ha percibido que la burocracia que impera para solicitarlas es más propia del siglo XIX que del siglo XXI. Y concluye que la burocratización del sistema de protección es una de las causas de la exclusión, quizás la más importante. Y añado yo que supone un descrédito del vínculo humano que debería estar presente en las relaciones de los ricos y los pobres, de los satisfechos y los insatisfechos. ¿Por qué son tantos los requisitos que se exigen a los más pobres, cuando acuden en demanda de auxilio? Sin embargo, los opulentos manejan sus capitales a su antojo, practican la economía financiera para evitar y eludir el pago de impuestos y obligaciones, y por si fuera poco exigen que se protejan sus datos (personales) para que su anonimato también les proteja.

En nuestra sociedad capitalista solo cabe actuar desde una fiscalidad poderosa y eficaz que pasa por aumentar los impuestos a las clases adineradas para que vivan (o vivamos) todos

Alston ha elaborado un informe que debería ser estudiado en los colegios básicos, que debería ser comentado en los foros y tertulias de difusión diaria, que debería estar presente en los alones de las gentes pudientes y las sociedades elitistas. No ha dicho más que obviedades, ha esgrimido conclusiones sencillas, de esas que cualquiera puede sacar paseando por los barrios marginales de nuestros pueblos y ciudades. Eso sí, se ha detenido en algunos colectivos o grupos humanos más vulnerables (gitanos, niños extranjeros que viven solos a los que se somete a pruebas genitales humillantes para comprobar su edad, siempre aproximada, inmigrantes de toda condición, etc…), en cuyos ámbitos dice haber advertido condiciones de vida propias de animales… Y al mismo tiempo ha denunciado el contraste existente entre las condiciones de los pobres y las suculentas riquezas de quienes se aprovechan del fruto de sus trabajos estacionales o temporales. “Viven como animales”, ha afirmado, pero yo me permito afirmar que las mascotas que pasean por las calles de nuestras ciudades viven en (mucho) mejores condiciones que nuestros pobres.

Siempre he reducido nuestro drama social a la disyuntiva “pobres o ricos”. Conforme pasa el tiempo me corroboro en ello. Alston ha acudido en mi auxilio. La famosa redistribución de la riqueza que nos haría a todos más iguales, o menos diferentes, ha de partir de un convencimiento: no hay riqueza más inútil que la que actualmente impera en nuestras sociedades desarrolladas. La Economía de Mercado nunca se ha autoregulado de modo automático hasta el extremo de provocar y lograr la igualdad. La Igualdad hay que provocarla, y perseguirla con el máximo empeño. Hay modos de hacerlo. En nuestra sociedad capitalista solo cabe actuar desde una fiscalidad poderosa y eficaz  que pasa por aumentar los impuestos a las clases adineradas para que vivan (o vivamos) todos.

De momento nada resulta tan atinado como cargar sobre los ricos aquello que es necesario, imprescindible, para que vivan los pobres… Porque, -escúchenme los adinerados-, a esta vida vinimos todos “en pelotas”, desnudos, y solemos irnos con un traje más o menos decente que luego no nos va a servir para nada porque, junto a nuestras carnes, se nos comerán los gusanos, o fenecerán víctimas de una incineración, solemne, pero destructiva en todo caso.

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