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Pero ¿qué sos pasa?...

Con esta frase un vecino mío solía reconvenir a quienes discutían sobre asuntos de escasa importancia. Se trataba de un hombre sencillo, incluso simple, que encontraba solución a los problemas con suma facilidad porque siendo, como era, de fácil convencimiento y siempre dispuesto a dar el brazo a torcer, no entendía las posiciones bizantinas ni las posturas drásticas. Había quien le achacaba por ello cierta debilidad de creencias y, sobre todo, fragilidad en sus convencimientos, lo que le llevaba a propugnar que para conseguir la paz y la concordia entre las gentes nada había como un avemaría compartida. De ahí que cualquier disputa gratuita nublaba su mente y, en un ramalazo de incomprensión, lanzaba un “´¿qué sos pasa?” que rebajaba las tensiones.

Es una pena que mi vecino muriera, porque si viviera en estos tiempos absurdos y convulsos no pararía de pronunciar la famosa frase por aquí y por allá, principalmente porque el panorama político y social está lleno de incongruencias, de debates forzados, de discusiones en las que la intransigencia se impone constantemente, de decisiones tomadas desde la soberbia propia de la unilateralidad, de imposiciones propias de autoritarios que ponen más énfasis en la solidez de los pedestales que en el significado de las palabras. Y nadie piense que no hay otros asuntos importantes que tratar. Los ciudadanos sufren carencias importantes, en unos casos de productos básicos e imprescindibles para sus vidas, y en otros de las mínimas atenciones tendentes a sostener su dignidad.

Han pasado casi mil atardeceres y amaneceres desde que ETA anunció que no mataría más. De pronto una parte importantísima de la sociedad vasca empieza a comportarse como si ETA (y la IA cómplice) no hubiera matado nunca. Peor aún, el efecto contagio ha alcanzado niveles preocupantes, y ya son más los que reclaman la libertad para Otegi que los que reclaman un fin de la violencia basado en el compromiso y la condescendencia de todos. Puestos a extremar las reflexiones no dudan en parangonar de igual a igual a Otegi y a Mandela, sin apercibirse de que ambos se parecen como un huevo a una castaña. El contagio no tiene límites, porque incluso el socialista Jesús Eguiguren, aprovechando la aparición de un libro suyo debió decir que “España vivía mejor con ETA”, si bien lo desmintió en cuanto tuvo la primera oportunidad. Pero, ¿qué “sos” pasa?.

Con tanto parado sin subsidio; con tanto jubilado de pensión escueta que busca en el fondo de su bolsillo un euro para financiar el copago farmacéutico; con tanto ciudadano de salud renqueante al que se le amenaza con cobrarle por los servicios sanitarios a poco que “abuse” de ellos; con tanto abuelo cuidador de nietos porque a los hijos les atormenta una hipoteca que les derriba la casa en sueños; con tanta pobreza acechando a los hogares en los que viven niños mal alimentados y escasamente dotados de material escolar; con tantas mujeres en situación de flagrante desigualdad respecto de la otra mitad de las personas constituida por los hombres. Con tanta miseria e inhumanidad los responsables públicos y políticos, -nuestros gobernantes-, discuten de cuestiones absurdas que no merecen que se ponga una sola neurona a su servicio.

De pronto una parte importantísima de la sociedad vasca empieza a comportarse como si ETA (y la IA cómplice) no hubiera matado nunca. Peor aún, el efecto contagio ha alcanzado niveles preocupantes, y ya son más los que reclaman la libertad para Otegi que los que reclaman un fin de la violencia basado en el compromiso y la condescendencia de todos.


¿Qué “sos” pasa? Después de tantos amaneceres y atardeceres tranquilos, liberados de la atrocidad de ETA, la Oficina para la Paz y la Convivencia ha saltado por los aires porque el Lehendakari puso a su frente a quien, en otro tiempo, apostó por posicionarse más cerca de los violentos que de los pacíficos. No es extraño que Jonan Fernández haya tenido prisa en expulsar de su lado a alguien que se había posicionado más cerca de los pacíficos que de los violentos. Jonan Fernández se ha comido a Txema Urkijo, tal ha sido el argumento de la triste obra escrita y dirigida por Urkullu. ¿Qué “sos” pasa? Las páginas de los periódicos están llenas de noticias hueras y vacías. Hay ponencias a tutiplén: de autogobierno, propuestas que promueven un nuevo status para Euskal Herria, peticiones al Parlamento para que se calculen los costos que tendrá para nosotros la “no dependencia” de España, yo qué sé… Lo ciertos es que mientras las mesas de las reuniones se rodean, los diferentes grupos se reúnen y las opiniones germinan sin orden ni concierto, la ciudadanía pasa por alto los EREs que cierran empresas y destruyen empleos, pero eso es nada teniendo en cuenta que se asoman a nuestras ventanas desde el exterior nuevos aires de libertad y soberanía, nuevas ansias de libertad alimentadas por Cataluña, por Escocia, por Flandes, por Quebec, por Timor, por cualquier lugar del Mundo en que sea posible una sublevación.

¿Qué “sos” pasa? Algún virus raro aqueja a los vascos, como a los catalanes y a tantos otros. Si nos dejan, no dudo de que la Encartación vizcaína, es decir, ese vasto territorio que se extiende desde el oeste de Bilbao hasta el este de Cantabria, también reivindicará su soberanía, de modo que en Avellaneda, que es un pequeño enclave situado más o menos en el centro del territorio, donde reinan las altas torres de la Casa de Juntas, quedará ubicada la sede del gobierno del nuevo Estado, que los encartados consideramos no solo legítimo sino incluso imprescindible. Tal es el curso del delirio que me aflige desde que el insigne Arthur Mas ha quedado impreso en mis pupilas. ¡Por Dios! ¿Qué “sos” pasa?

Acabo… Creo que me estoy contagiando. ¿Qué me pasa?

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