La “humillación” de la amnistía

27 de noviembre de 2023 22:33 h

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Por detrás de las lógicas aplastantes que parecen regir la dialéctica de los debates sociales casi siempre reposa una emoción. En ocasiones se siente cercana y el propio sujeto se obliga a matizar sus certezas. Nos decimos cosas como “no era para tanto” o “me he pasado” o “es mejor volver a hablar e intentar arreglarlo”. Sin embargo, en otros momentos, los sujetos reniegan del carácter pasional de sus sentimientos y simplemente los encuadran en el discurso como si fuesen una palabra más, sin otra importancia que ponerse al servicio de la ideología, sin otra función que sostener una estructura de pensamiento libre de las fisuras y las dudas.

En el convite a la movilización en contra de la amnistía por parte de la derecha resuena el significante “humillación”. Se ha pronunciado en repetidas ocasiones y es el subtexto de muchos de los mensajes que se escuchan estos días.

A veces el nacionalismo no es capaz de escindir la independencia propia de la invalidación del Otro. Es su terreno resbaladizo, el punto débil de su teoría, porque, es conveniente reconocerlo, todas las teorías tienen sus fragilidades y pueden convertir lo utópico en monstruoso. Cuando eso sucede, es como si el lenguaje que pretende crear un nosotros y un vosotros terminase por levantar simplemente un ellos. Algo de eso pasó en el procés: se produjo un daño que estaba a la búsqueda de un nombre, a un lado y a otro de la presunta trinchera.

Estos días, ese malestar ha sido bautizado como “humillación” y ha prendido en lo social no desde su carácter emocional sino desde la consideración de un discurso articulado, lógico, en donde ya no se consideran las heridas como algo a restaurar sino que se trata únicamente de reponer la verdad y el orden, como si en esta clase de conflictos fuesen, al tiempo, la prioridad y la solución.

El que exista una humillación se ha dado por cierto, se le ha dicho a la gente que se le ha humillado para después proporcionar un texto que la explica, una elaboración secundaria que pasa por ser una elaboración primaria. Nadie quiere sentirse humillado, es algo próximo a la vergüenza, condena al sujeto a ser menos de lo que cree que es. Toca la identidad como toca el narcisismo y, por eso, es un mensaje que no desencadena una duda sino que tiende a buscar la reparación urgente y completa, la anulación de esa realidad molesta, la corrección inmediata de esa amenaza al orgullo.

Una polifonía de discursos han acogido sin demasiada crítica la existencia de una humillación y, al tiempo, han puesto en marcha argumentarios que proponen reparar la identidad herida. Se trata de una elaboración discursiva al servicio de una emoción y que está presente en marcha múltiples campos semánticos: el judicial (lawfare), el político (la dictadura), el arquetípico (el traidor) o el caracterial (el poder).

La etimología de humillación nos remite a un arrastrar por el suelo. No deja de ser curioso la correspondencia con un conflicto que se ancla en la tierra, en lo territorial. Las metáforas que surgen de las pasiones siempre rozan lo bélico, la guerra, los triunfadores y los derrotados, los castigados y los fugados, el bien y el mal. Por supuesto que, hablando de la tierra, no es la única metáfora. Toda cosecha requiere sus tiempos y, en ocasiones, sembrar es aceptar la incertidumbre y confiar en el cuidado, pese a las dificultades, los malos augurios y las experiencias negativas anteriores. Sobre los optimistas, este país también tiene su historia, como si ese “piensa mal y acertarás” o esa instrucción de no confiar ni en los amigos fuesen algo más que frases hechas, una especie de catecismo que ignora ese pesimismo que levanta fronteras y solo deja tierra quemada.

Y luego está el mundo judicial, también instalado en esa creencia de la humillación, pero que se presenta ante la sociedad desde el rigor de la ley. Carga sus palabras y sus actos como si la afrenta permitiese cualquier decir. Esa salida de la neutralidad los ha colocado como parte del conflicto en lugar de comportarse como ese espacio comunitario que busca la justicia entendida como una instancia intermedia para alcanzar la mejor convivencia posible. La retirada de esa posición, por muy disconforme que se esté con el estado de las cosas, es también un salirse de la autoridad. En ocasiones hay que saber estar para seguir siendo una autoridad para todos, no para una parte.

Es todo un arte decidir cuándo es imprescindible liarse la manta a la cabeza. Conviene pensar detenidamente si la gravedad de una situación exige abandonar ese lugar intermedio y tomar parte en un conflicto. En la mayoría de las ocasiones, los enfados ante una presunta desautorización solo consiguen desautorizar más. Siempre hay algo del imaginario en la posición de la justicia y así como no es bueno politizarla, tal vez tampoco lo es banalizarla. Tranquilidad, sosiego y apego a las formas contribuyen a un control de las pasiones, las ajenas pero también las propias. Las humillaciones, reales o imaginarias, pueden ser una vía de acceso a la verdad. Pero en ocasiones dejan al descubierto las identidades heridas, los egos frágiles y las ideologías personales.