Sobre la estupidez

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El 11 de marzo de 1937, Robert Musil pronunció una conferencia en Viena que tituló ‘Sobre la estupidez’. Raimon Obiols recupera fragmentos de ese texto en un magnífico ensayo, ‘El temps esquerp’ [El tiempo arisco] publicado por Arcàdia. El escritor austríaco, que era ingeniero y había estudiado filosofía y psicología en Berlín, estaba ya entonces exiliado con su esposa judía en Suiza. Le interesaba el concepto de estupidez porque pensaba que era la causa principal del declive de las sociedades. 

Obiols recuerda que Musil decía que existen, como mínimo, dos tipos de estupidez. Una es la noble, franca y honesta. Sería la propia de los que podríamos tildar de cabezas de chorlito. El segundo tipo sería la que caracteriza a personas que, por más que pueda parecer paradójico, son especialmente inteligentes. Su estupidez es un peligro y no precisamente para ellos.

Es lo que se calificaría como “estupidez inteligente” y, según esta misma interpretación, presenta tres características. Una es la de aspirar a objetivos que son claramente inabarcables. Otra es anteponer las emociones a la racionalidad pese a que ello comporte no pensar con la cabeza clara. Y una tercera es tener una capacidad de invención casi admirable para hacer atractivas ideas que son en realidad estúpidas. Esta estupidez inteligente es la que acostumbra a estar asociada a grandes barbaridades. 

“La estupidez humana es el origen de las peores catástrofes, pero también una mina de oro para quien la sabe explotar”, dejó escrito Montaigne. Eso explica el comportamiento de muchos políticos y de no pocos votantes. Los primeros por actuar desde una estupidez inteligente. Los segundos movidos por esa que es noble, franca y honesta.

Una estupidez y la otra subyacen en el avance de la extrema derecha en Francia y también en el resultado que puede obtener en España si se cumplen las previsiones electorales. Ambas son la consecuencia de la miopía de determinados partidos a la hora de captar el malestar en la calle provocado por medidas que les alejaban cada vez más de sus votantes. Es una miopía que respondería a una tercera clase de estupidez, esta descrita por otro escritor francés, Georges Courteline, y que podría resumirse como sibarita. Quien mejor la personifica es François Hollande, el político que consiguió que en 18 meses el 85% de los franceses estuviesen enfadados con su gestión. 

La estupidez, situada en las correspondientes categorías citadas anteriormente, es la que comporta, recurriendo al concepto de Montaigne, catástrofes como la que estamos viendo en Ucrania pero también la normalización del neofascismo que encarnan formaciones como el Reagrupamiento Nacional (RN) francés o Vox en España. Prometen lo que saben que no pueden cumplir, juegan con las emociones y hacen atractivas ideas estúpidas. Lo hacen con el concepto de nación o con la criminalización de la migración. Y les funciona porque hay ciudadanos que se dejan seducir por estas falsedades.

La alternativa es una racionalidad mucho menos atractiva y sobre todo mucho más compleja. Es fácil culparles, pero es un error porque la decepción política solo puede combatirse con medidas que, analizando el comportamiento electoral francés respecto a la extrema derecha (que no es exactamente como el español y no solo porque el sistema electoral sea distinto), contribuyan a una mayor equidad.

Hace una década en el ‘Journal du Dimanche’ ya se definió como “un clima pre-insurreccional” el malestar provocado por el paro, las dificultades para asegurar el modelo de bienestar social y la inseguridad. Un caladero perfecto para los populismos que desde las formaciones tradicionales por incompetencia o estupidez no supieron combatir. Un tipo sin partido ni ideología logró ser presidente y gracias al voto con nariz tapada de muchos votantes Macron puede repetir porque la alternativa es que la extrema derecha (nunca ha dejado de serlo aunque Zemmour le doblase la apuesta) llegue al Elíseo. 

En la primera vuelta, Le Pen ganó entre los votantes de 25 a 34 años. Eso teniendo en cuenta que el 40% de los electores de esa franja de edad se quedaron en casa. Para evitar que la estupidez inteligente de la candidata de Reagrupamiento Nacional si no se impone esta vez lo consiga en la siguiente no bastará con apelar de nuevo al miedo. Confiar en eso sería otra estupidez, pero la de cabeza de chorlito.

El 11 de marzo de 1937, Robert Musil pronunció una conferencia en Viena que tituló ‘Sobre la estupidez’. Raimon Obiols recupera fragmentos de ese texto en un magnífico ensayo, ‘El temps esquerp’ [El tiempo arisco] publicado por Arcàdia. El escritor austríaco, que era ingeniero y había estudiado filosofía y psicología en Berlín, estaba ya entonces exiliado con su esposa judía en Suiza. Le interesaba el concepto de estupidez porque pensaba que era la causa principal del declive de las sociedades. 

Obiols recuerda que Musil decía que existen, como mínimo, dos tipos de estupidez. Una es la noble, franca y honesta. Sería la propia de los que podríamos tildar de cabezas de chorlito. El segundo tipo sería la que caracteriza a personas que, por más que pueda parecer paradójico, son especialmente inteligentes. Su estupidez es un peligro y no precisamente para ellos.

Es lo que se calificaría como “estupidez inteligente” y, según esta misma interpretación, presenta tres características. Una es la de aspirar a objetivos que son claramente inabarcables. Otra es anteponer las emociones a la racionalidad pese a que ello comporte no pensar con la cabeza clara. Y una tercera es tener una capacidad de invención casi admirable para hacer atractivas ideas que son en realidad estúpidas. Esta estupidez inteligente es la que acostumbra a estar asociada a grandes barbaridades. 

“La estupidez humana es el origen de las peores catástrofes, pero también una mina de oro para quien la sabe explotar”, dejó escrito Montaigne. Eso explica el comportamiento de muchos políticos y de no pocos votantes. Los primeros por actuar desde una estupidez inteligente. Los segundos movidos por esa que es noble, franca y honesta.

Una estupidez y la otra subyacen en el avance de la extrema derecha en Francia y también en el resultado que puede obtener en España si se cumplen las previsiones electorales. Ambas son la consecuencia de la miopía de determinados partidos a la hora de captar el malestar en la calle provocado por medidas que les alejaban cada vez más de sus votantes. Es una miopía que respondería a una tercera clase de estupidez, esta descrita por otro escritor francés, Georges Courteline, y que podría resumirse como sibarita. Quien mejor la personifica es François Hollande, el político que consiguió que en 18 meses el 85% de los franceses estuviesen enfadados con su gestión. 

La estupidez, situada en las correspondientes categorías citadas anteriormente, es la que comporta, recurriendo al concepto de Montaigne, catástrofes como la que estamos viendo en Ucrania pero también la normalización del neofascismo que encarnan formaciones como el Reagrupamiento Nacional (RN) francés o Vox en España. Prometen lo que saben que no pueden cumplir, juegan con las emociones y hacen atractivas ideas estúpidas. Lo hacen con el concepto de nación o con la criminalización de la migración. Y les funciona porque hay ciudadanos que se dejan seducir por estas falsedades.

La alternativa es una racionalidad mucho menos atractiva y sobre todo mucho más compleja. Es fácil culparles, pero es un error porque la decepción política solo puede combatirse con medidas que, analizando el comportamiento electoral francés respecto a la extrema derecha (que no es exactamente como el español y no solo porque el sistema electoral sea distinto), contribuyan a una mayor equidad.

Hace una década en el ‘Journal du Dimanche’ ya se definió como “un clima pre-insurreccional” el malestar provocado por el paro, las dificultades para asegurar el modelo de bienestar social y la inseguridad. Un caladero perfecto para los populismos que desde las formaciones tradicionales por incompetencia o estupidez no supieron combatir. Un tipo sin partido ni ideología logró ser presidente y gracias al voto con nariz tapada de muchos votantes Macron puede repetir porque la alternativa es que la extrema derecha (nunca ha dejado de serlo aunque Zemmour le doblase la apuesta) llegue al Elíseo. 

En la primera vuelta, Le Pen ganó entre los votantes de 25 a 34 años. Eso teniendo en cuenta que el 40% de los electores de esa franja de edad se quedaron en casa. Para evitar que la estupidez inteligente de la candidata de Reagrupamiento Nacional si no se impone esta vez lo consiga en la siguiente no bastará con apelar de nuevo al miedo. Confiar en eso sería otra estupidez, pero la de cabeza de chorlito.

El 11 de marzo de 1937, Robert Musil pronunció una conferencia en Viena que tituló ‘Sobre la estupidez’. Raimon Obiols recupera fragmentos de ese texto en un magnífico ensayo, ‘El temps esquerp’ [El tiempo arisco] publicado por Arcàdia. El escritor austríaco, que era ingeniero y había estudiado filosofía y psicología en Berlín, estaba ya entonces exiliado con su esposa judía en Suiza. Le interesaba el concepto de estupidez porque pensaba que era la causa principal del declive de las sociedades. 

Obiols recuerda que Musil decía que existen, como mínimo, dos tipos de estupidez. Una es la noble, franca y honesta. Sería la propia de los que podríamos tildar de cabezas de chorlito. El segundo tipo sería la que caracteriza a personas que, por más que pueda parecer paradójico, son especialmente inteligentes. Su estupidez es un peligro y no precisamente para ellos.