Luces de El Gallinero frente a la desigualdad

Miguel Ángel Vázquez

Secretario de Incidencia y Estudios del partido Por Un Mundo + Justo —

La vida a veces nos conduce a situaciones insólitas, completamente inesperadas. Surgen, en mitad de la agenda, para romper horarios, previsiones y programaciones, para descolocar horizontes. El pasado viernes, en la entrega diaria de desayunos para los niños y las niñas de El Gallinero que van al colegio, el imprevisto se presentó con la contundencia de una mujer embarazada. Entre el frío de las primeras horas de la mañana y en el centro del poblado ubicado a tan solo 12 kilómetros de la Puerta del Sol una mujer rompía aguas en su chabola y, ante la ausencia de una ambulancia (tardarían “una hora”, decían) tuvimos que salir a toda velocidad en dirección a la maternidad de O’Donell.

El parto, algo complicado pero con final feliz, dio como resultado a una criatura que traía un pan de menos bajo el brazo y una dura reflexión de regalo. La falta de costumbre en estas lides, esto de estar en una sala de espera durante horas asumiendo un papel de padrino improvisado e histérico, ofrece maravillosas oportunidades para pensar. Ver la vida en directo, conocer esos primeros instantes de una historia personal, no sólo emociona sino que también invita a la interiorización.

Nacía un nuevo niño que en dos días volvería a El Gallinero. Una criatura que en sus primeros minutos de vida ya tenía infinitas menos oportunidades que cualquier otro niño que hubiera nacido ese mismo día en Madrid. Eso habiendo hecho los mismos méritos tanto uno como el otro en esos primeros minutos de existencia. La desigualdad, cuando se plasma de forma tan clara, cuando se visibiliza en un crío que cabe casi entre las manos conociendo el frío de su chabola, araña y duele.

Quedarse aquí, sin embargo y a pesar de toda la dureza, sería profundamente injusto. Sería, de hecho, sumar una injusticia más a todas las que cotidianamente, como tan claro lo expresaba el reciente informe de Save the Children y Comillas, sufren los habitantes de El Gallinero, el poblado chabolista más empobrecido de Europa. Merece la pena rascar un poco más.

Ayer, con motivo del Día internacional de los Derechos Humanos, Valica, una niña de diez años habitante del poblado, llegaba hasta el Parlamento Europeo para hablar de la necesidad de la educación ante varios eurodiputados. Un hito histórico. No muchas más niñas de esa edad habrán sido ponentes en la eurocámara. Valica asumía el reto de protagonizar la lucha por sus derechos, su empoderamiento, con una naturalidad que ponía los pelos de punta. Riendo. Dejando claro que quería ser veterinaria a pesar de todos los charcos que pudiera haber de la puerta de su chabola hasta el autobús de la ruta escolar. Dejando claro que quería estudiar.

En ese camino que fue del frío y el barro de El Gallinero a la foto final en el hemiciclo de Bruselas algo cambió en la pequeña y valiente Valica. La niña, sin saberlo, se convertía en voz contundente de sus vecinos, en alguien que demuestra que los empobrecidos no necesitan tanto que se les vendan soluciones como que les cedan espacios de expresión y lucha compartida. Llegaba más lejos de lo que quizá llegarán muchos nunca. Una niña de diez años.

En ese camino de El Gallinero al Parlamento Europeo cambiaron también algunos esquemas, se rompieron paradigmas. La dignidad de una niña que a simple vista nadie sería capaz de imaginar viviendo en una casa de cartón y uralita abría rendijas a la esperanza. La niña en su correteo incesante por los pasillos del monstruoso edificio belga, perdida entre puertas giratorias y ascensores a todas partes, encarnaba con inocencia la única revolución posible: la revolución de la educación. Una revolución no violenta capaz de sacar a una niña de entre las ratas y hacerle soñar con un futuro posible. Una revolución que, a golpe de esfuerzo de los voluntarios que se dejan las horas en El Gallinero y a golpe de la tenacidad de los críos del poblado, cada día lleva a más niños al colegio. Una revolución que nos ayuda a pensar que, ese niño de escasos minutos de vida, tiene esperanza y futuro.

Hace ya diez años que desde Por Un Mundo + Justo optamos por un modelo de política que sirviera de altavoz de los empobrecidos, que tienen voz y rotunda. Ayer en el Parlamento Europeo se confirmaba la vigencia de una lucha. Porque no hay mayor denuncia que comunicar la esperanza.

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11 de diciembre de 2014 - 09:32 h

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