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El juicio de los siglos y el día que no se imaginó

En el centro el magistrado Manuel Marchena, presidente de la sala del Supremo que juzga a los acusados del 1-O

Son las 04:30 a.m. del 14 de febrero de 2019 y no puedo dejar de pensar en el juicio más importante de la historia de España, visto el juicio y vista España desde dentro y desde fuera.

Con la vista inevitablemente puesta en la última instancia que ya espera, la europea, he sentido tan contundentes, imprescindibles y justos los requerimientos formulados por las defensas en la primera sesión de previas, y tan a la defensiva, pobres y políticos los argumentos volcados durante la segunda jornada por las acusaciones, que no tiene sentido que los acusados se arriesguen a tropezar con sus propias palabras sobre detalles de un asunto que todo el mundo conoce. Es decir, que en todo el Mundo se conoce.

Porque son tan elocuentes las imágenes que han ido pasando por delante de cientos de millones durante los últimos años que cualquier sentido común de los que están puestos sobre los hombros debería coincidir en que la única "violencia", concepto nuclear y decisivo de este juicio, que debería juzgarse, de tener que celebrarse tal ceremonia, fue la llevada a cabo por las fuerzas de seguridad del Estado contra personas que hacían cola para practicar un acto más de los que figuran en la lista de libertades básicas que caracterizan a cualquier democracia que se precie.

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No hace falta emigrar

No hay que haber emigrado para pensar mucho en volver.

No hay que haber emigrado para sentirse alienado.

No hay que haber emigrado, ni siquiera ser mujer, para trabajar duro y llevarse menos que los demás.

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Alerta, ¡chubascos!

En los últimos años, el tiempo se ha convertido en la sensación del día. Tiempo veraniego, temperaturas primaverales, olas de frío, de calor, de siete metros, ciclogénesis, borrascas, Ana, Félix, Gisele... Se trata de convertir la aburrida normalidad en aviso naranja. Nada que objetar. En realidad, me apunto. ¿Para cuándo un periódico del clima, estilo ‘Marca’ o ‘As’ con noticiones tal que "las nevadas vuelven en invierno" o "La lluvia en Santander ya es líder"?

En este sentido, los estrategas de la meteorología han desarrollado magníficas tácticas. Mi preferida es la siguiente. Primero hay que inventar un tipo de tiempo que no exista pero sin que lo parezca, por ejemplo, “tiempo veraniego”. No importa si algún maniático se desconcierta intentando comprender si un día lluvioso y fresco del 7 de julio es "tiempo veraniego" o si cuando hiela un 18 de septiembre en Soria eso es "tiempo veraniego" o si es que, en realidad, lo veraniego no tiene nada que ver con el verano. Lo dicho, maniáticos y  aguafiestas. Hay que reconocer que esta táctica de la “temperatura veraniega en invierno” es un auténtico chollo de montar un titular tras otro. Funciona a la perfección.

El otro día, por ejemplo, estaba mirando el vuelo de una mosca cuando zasca, resulta que la temperatura de Cáceres es la más alta registrada en el mes de enero en los últimos tres años. ¡Hala!, ¿en serio? Y, a continuación, sin tiempo para acabar de disfrutar de semejante primicia, te anuncian alerta roja porque entra ‘Gisele’ por Asturias con fuerza cinco. Jo, y eso que parecía una borrasca vulgar y corriente. Menos mal que te avisan y así tienes tiempo de cerrarte en casa y gozar con las calamidades transmitidas por nuestros enviados especiales.

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Sus guerras, nuestro problema

Barracones de la Escola Entença de Barcelona

Soy padre de una alumna de la escuela Entença de Barcelona. Se trata de uno de los pocos centros de Escuela Viva, no sólo en nuestra ciudad, sino en la comunidad y en el conjunto del estado. Un centro, por tanto, pionero e innovador, muy interesante y que probablemente debería recibir un mimo especial. La realidad es bien distinta. Los tres cursos de vida que acumula la escuela se han realizado en barracones, en una ubicación sobre la que hay dudas respecto al riesgo de salud para los niños, y sin una ubicación definitiva establecida.

El pasado 30 de enero, nuestra escuela y otras ocho más que trabajan en barracones presentaron un escrito  de reclamación a la Administración. Junto a previsibles quejas por temas logísticos, destacaba la petición de que en el futuro la creación de cualquier centro público requiriese de una planificación definida sobre el espacio definitivo de la escuela. El objetivo es evitar situaciones como la actual, con niños obligados a pasar muchos años en unas condiciones difícilmente aceptables, e incluso en centros que ni siquiera saben si algún día tendrán un edificio definitivo, ni cómo será.

Es algo tan lógico, tan de cajón, que casi da vergüenza tener que reclamarlo. Sé que no es un problema único de Barcelona ni de Cataluña. El interés de las fuerzas políticas de cualquier signo y cualquier rincón del país por apuntarse el tanto de la creación de una nueva escuela, pasa a veces por encima del sentido común, y se crean centros sin criterio alguno, sin tener antes, no ya construido el edificio, sino ni siquiera reservada la finca en la que se construirá.

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Ya está bien

Reunión del Consejo de Ministros de Pedro Sánchez

Es pensar y decir de varios políticos, medios, celebridades y partidos, siempre, que este país es una castaña, que no sirve para nada y que es lo peor que hay, gobierne quien gobierne, con la idea de descabalgar a quien se atreva a intentar legislar en contra de la corriente establecida, hace ya por lo menos 50 años.

Pues no, no es ninguna castaña, y estas personas que están gobernando ahora, aunque no sea de la forma que a MÍ más me gustaría, lo están intentando con ganas, eso no se lo puede negar nadie, con todos y todo en contra.

Analizando el pasado, podemos ver el presente de forma muy acertada, y desconfiar del futuro, que en breve será pasado y nos deparará, de nuevo, más información negativa. Intentemos tener cierta capacidad de análisis, por la cuenta que nos tiene, pero inmediata.

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Pudimos, o cómo la ventana se cerró para siempre

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Pablo Iglesias, líder de Podemos

Que existió esa ventana de oportunidad es evidente: el 15M y la salvaje y desproporcionada represión que le siguió había impactado en una gran parte de la sociedad, y el surgimiento (o quizás sea mejor decir "explosión", visto lo visto) de Podemos parecía transformar el desánimo en ilusión, en la esperanza de que realmente podíamos cambiar esta deficiente democracia por una auténtica Democracia, así, con mayúsculas.

Y entonces vino el error, el grandísimo error de no apoyar a un gobierno de Pedro Sánchez para hacerle después una dura oposición, tal como Vox va a hacer en Andalucía con el PP (lección bien aprendida, como tantas otras).

Y sólo unos pocos con Errejón a la cabeza lo vieron venir. Yo al menos no lo vi. Ahora veo incluso que la existencia de una IU separada en su extremo habría sido el escudo perfecto contra lo que vino después, pero es fácil ver las cosas a toro pasado.

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No logo: el poder de las marcas revisado

La periodista y ensayista canadiense Naomi Klein

Se van a cumplir 20 años de la publicación original de No Logo, el primer libro de Naomi Klein, y es interesante volver a leerlo desde la perspectiva actual.

En él la autora analizaba las acciones más agresivas de las grandes marcas, y cómo sus políticas estaban dando forma a la sociedad. Y no para bien. Explicaba por qué la publicidad y el marketing acumulaban cada vez más poder y, por ello, cada vez más detractores.

El libro se publicó en paralelo a que se produjeran los Altercados de Seattle de 1999: la manifestación en rechazo a la cumbre de la OMC a la que acudieron 40.000 personas y que tuvo posteriormente varias réplicas por todo el mundo. Y éste, precisamente, es el primero de los paralelismos que podemos hacer con la situación actual: ¿qué nos ha quedado de aquello?

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¿Por qué conocemos a Amancio Ortega y no a Enrique Veiga?

Un amigo me enviaba hace unos días una noticia publicada el 17 de diciembre en la sección de Sociedad del Diario Sur. “Un ingeniero español inventa una máquina capaz de sacar agua del aire”, decía el titular. Avanzando en la lectura, averigüé que este gallego de 79 años inventó el aparato en la década de los 90. Se informaba del hecho noticioso que destacaba el título con algo de retraso, ¿no?

En el texto, se explicaba cómo la máquina en cuestión consigue transformar el aire en agua gracias a la humedad que capta y condensa de la atmósfera en condiciones extremas, incluso a 50ºC y con una humedad relativa inferior a 10%. ¿Cómo no habíamos oído hablar nunca de este ingeniero, si patentó su primera máquina en los 90?, nos preguntábamos mi amigo y yo.

Haciendo una búsqueda online rápida, la mayoría de las referencias datan de 2018 y, la más antigua que encontré, de 2015. En suma, pocas y bastante recientes. Entre ellas, su visita al programa televisivo El Hormiguero, el pasado noviembre. Allí, Enrique Veiga, que así se llama este ingeniero frigorista residente en Sevilla, era presentado como inventor y dejaba boquiabiertos a Pablo Motos y al invitado de ese día, José Coronado, mientras describía las capacidades de su máquina Aquaer y enumeraba los lugares del mundo con acuciante sequía donde ya estaba generando agua potable o esperaba hacerlo.

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Preparaos, vegetarianos: la Navidad ha llegado

Son muchas y muy diversas las acaloradas discusiones que proliferan en las comidas que se celebran en Navidad. Y más aun teniendo en cuenta el añito que nos hemos pegado: Pablo Iglesias pasó de Vallecas a un palacio de Galapagar; Pedro Sánchez resucitó para instalarse en la Moncloa; Aznar también resucitó, pero para invocar el espíritu de Vox; y, sobre todo y más importante, Dani Mateo se ha sonado con una bandera de España. Con esta retahíla de surrealistas hazañas políticas, los vegetarianos y veganos del mundo pensábamos que se iban a olvidar de nosotros en estas fiestas, pero no. Nunca habrá demasiada morralla política como para que se olviden de nosotros. Diciembre ha llegado y, con él, los cuestionarios sobre lo que comemos y lo que no, los motivos y, por supuesto, la incesante voluntad de pillarnos en un renuncio, de ponernos cara a cara con nuestras contradicciones.

Cuando dejé de comer animales muertos hace casi dos años, tardé mucho en contarlo. Principalmente, porque no quería que me tomasen por una moralista o una pedante. Sin embargo, conforme fui contando que no comía carne ni pescado, comencé a darme cuenta de que no es que los vegetarianos y veganos seamos pedantes o moralistas, sino que los que comen carne no pueden soportar que nosotros no lo hagamos. Cuando decidí dar el paso, lo hice por puro amor a los animales: ya no conseguía desvincular el inerte trozo de carne del plato con la piel caliente y palpitante del cerdo o cordero del que procedía. Eso, como digo, fue hace poco tiempo. Llevaba más de veinte años comiendo carne y pescado y no me consideraba mejor –ni me considero– por llevar algo más de un año sin hacerlo. Con el paso de los meses y con interés, aprendí que había muchas más razones para no comer productos de origen animal, como la conservación del medioambiente o de nuestra propia salud. Por este motivo, hace algo más de tres meses, decidí dejar también los lácteos.

Cuando todavía no había dejado los lácteos y decía que no comía carne ni pescado, nadie me preguntaba cómo me sentía, qué cambios observaba en mi cuerpo, cómo estaba anímicamente. Nadie reconocía su admiración por atreverme a vivir siguiendo mis ideales. No. Todo el mundo me preguntaba por qué me daba tanta pena que matasen a una vaca, pero no me daba pena que la hacinasen en un box y la ordeñaran hasta hacerla sangrar. Ahora ya no consumo lácteos. Nadie me pregunta si echo en falta los yogures (cualquiera que me conozca sabe que después de todas mis comidas siempre disfrutaba de un yogur natural con miel) o si tengo dificultades para comer fuera de casa. Lo que ahora me preguntan es si no me dan pena las gallinas hacinadas en jaulas y obligadas a comer pienso para poner huevos que tanto me gustan. Estoy en proceso de dejar los huevos, una empresa difícil en la que ya me embarqué hace ocho meses y que no fue a buen puerto. Me gustaría dejarlos, pero ahora mismo todavía no me veo capacitada para ello. Es una contradicción con la que tengo que lidiar, de la que soy consciente y que con mucho esfuerzo intentaré afrontar, pero no ahora. Justificar esta decisión cada vez que como en un restaurante con alguien ya resulta agotador.

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Pequeños detalles sin importancia

Estas fiestas me voy a hacer un regalo... un pequeño detalle sin importancia.

Este año me voy a regalar un “tenemos que hablar" con mi padre, con  mi hermano,  mi cuñado.

Le diré que me repatea enormemente hacerlo yo mientras sé que a él nunca le “va a tocar”. Que siempre me toca a mí.

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