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En defensa de Jeremy Corbyn

Resido en el Reino Unido desde hace casi siete años y he seguido con interés las informaciones que se han publicado en España sobre las últimas elecciones británicas. Me ha sorprendido un artículo de opinión que Eduardo Suárez, cofundador de El Español y residente en Londres, publicó poco después de la abultada victoria de Boris Johnson. Suárez atribuía gran parte del éxito de Johnson a la escasa estatura de su rival, el laborista Jeremy Corbyn.

Aunque respetable, la publicación de este artículo en eldiario.es no dejó de sorprenderme. Me recordó demasiado a las opiniones de medios mayoritarios, tanto británicos como españoles, de las que busco refugio en estas páginas. El análisis de Suárez me parece basado en un cúmulo de lugares comunes, movilizados en todas las esferas de la vida pública y que han contribuido de forma decisiva a que el ala derecha del Partido Conservador conquiste el poder británico. Tanto los resultados en sí como la manera en que se han producido afectan a la construcción de una alternativa real a las políticas de austeridad. Por su importancia más allá de las fronteras británicas me gustaría responder a las opiniones de Suárez:

1) Su artículo abunda en la manida acusación de antisemitismo tanto a la figura de Corbyn como a sus seguidores. Durante toda su carrera política, Corbyn ha apoyado el antisionismo en Oriente Próximo y, sobre todo, los movimientos de liberación nacional palestinos. Desde que se afianzó su liderazgo en el Partido Laborista, todos los medios británicos, incluidos The Guardian y la BBC, comenzaron a asociar este apoyo con posturas antisemitas y a publicar prácticamente a diario informaciones al respecto. Esta avalancha informativa resulta, cuanto menos, chocante dado que el antisionismo de Corbyn es bien conocido y las 'pruebas' que los medios aportan datan, en ocasiones, de décadas.

Equiparar el antisionismo con el antisemitismo me parece, cuanto menos, impresionista. A este clima de opinión han contribuido 'portavoces' de la comunidad judía, entre ellos líderes de grupos religiosos y de presión contrarios al laborismo, y representantes laboristas opuestos a la línea política de Corbyn. En los meses anteriores a la campaña he podido leer en The Guardian cartas al director de lectores y lectoras judías, muchas de ellas militantes de base laborista, que negaban haber sufrido discriminación u ofensa alguna, y no se sentían representados por sus llamados portavoces. Pero nadie les otorgó la portavocía de la que otros sí disfrutaron.

2) Suárez considera a Corbyn un candidato "débil" y "más impopular que cualquier otro líder británico desde la II Guerra Mundial." Esta afirmación omite que Corbyn es uno de los pocos líderes que se ha impuesto con holgura a dos procesos de selección internos dentro de su partido: unas primarias en las que arrasó en 2015 y un inexplicable proceso de reválida al que le forzaron otros dirigentes laboristas un año después. El laborismo, bajo su liderazgo, dobló prácticamente su militancia, lo que sugiere una distancia abismal entre esta base y los dirigentes con altavoz mediático. En las elecciones anteriores a las de la victoria de Johnson, en 2017, estuvo a punto de dar la campanada y de imponerse a Theresa May cuando todos los sondeos, semanas antes, pronosticaban una mayoría absoluta conservadora.

Es difícil de entender que un líder con este grado de apoyo entre sus bases haya tenido que enfrentarse a un continuo cuestionamiento de su liderazgo. Este contrasentido plantea hasta qué punto su supuesta debilidad e impopularidad se debe a la opinión publicada más que a la opinión pública, a mensajes interesados (como las acusaciones de antisemitismo) movilizados por ciertos círculos de poder y amplificados por periodistas acríticos o conniventes.

3) Tanto Suárez como otros analistas han acusado a Corbyn de no tener una postura clara ante el Brexit. Si tenerla significa un eslogan engañoso e imposible de cumplir como el de Johnson – "get Brexit done" – quizás es mejor carecer de ella. Este tipo de argumentos remite a cuestiones éticas fundamentales, como el fin y los medios. ¿Debe un líder político ganar las elecciones a toda costa, incluso mintiendo a los votantes y apoyándose en informaciones engañosas? ¿O debe buscar una postura honesta, aun a riesgo de que no se traduzca en un tweet de tres palabras?

Corbyn pretendía negociar un nuevo acuerdo de salida con la Unión Europea y someterlo a un segundo referéndum en el que el Brexit podría revocarse. Su postura, menos propagandística pero más factible que la de Johnson, perseguía unir a la población en una cuestión que ha creado profundas divisiones en el Reino Unido: 52% frente a 48% en el referéndum del Brexit y Escocia pidiendo la independencia por su apoyo claramente mayor a la permanencia en la Unión Europea. La segunda pata de la reunificación buscada por Corbyn era un programa de gobierno con marcado carácter social – recordemos que éstas eran unas elecciones generales y no un segundo referéndum del Brexit. Lo que Johnson hará más allá del "get Brexit done" poca gente lo sabe y aún menos periodistas lo han preguntado.

4) La guinda al pastel del artículo de Suárez es la afirmación, nada original por cierto, de que Corbyn era un candidato "demasiado escorado a la izquierda." El programa de Corbyn buscaba acabar con las políticas de austeridad – las mismas que causaron el Brexit en primer lugar – mediante una intervención del Estado que corrigiese la acumulación excesiva de riqueza y servicios públicos en manos privadas. El que este programa en un partido socialdemócrata como el laborista se considere demasiado de izquierdas o, como dice Suárez, "devolver al país a los años 60" me hace pensar que el problema puede ser más bien el contrario, que la socialdemocracia se está escorando demasiado a la derecha.

El tratamiento y problemas de Corbyn no son exclusivos del Reino Unido. Cuando en España se oyen y leen a diario opiniones vertidas con gran autoridad – pero con muchos menos argumentos – entre ellas que Pablo Iglesias no es un candidato presidenciable, que Podemos está alineado con la Venezuela chavista o que Podemos carece de una posición clara sobre Cataluña, nos damos cuenta de la importancia de que los medios ejerzan su función de contrapoder.

Se atribuye a Margaret Thatcher la afirmación de que su mayor legado fue Tony Blair. El Partido Laborista elegirá nuevo líder en los próximos meses. Los efectos de este nuevo liderazgo no se verán, a mi juicio, hasta mucho más adelante. Si cuando Johnson se jubile considera al sucesor de Corbyn su mejor legado la derrota habrá sido completa. Los conservadores y sus voceros habrán conseguido naturalizar un programa ideológico de recortes sociales, presentándolo como el curso inevitable de la historia.

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