Aquí hubo 128 árboles
“Aquí hubo 128 árboles” reza la pintada sobre el pavimento. Su autor, desconocido, dejó su huella indeleble sobre el asfalto y ni el viento, la lluvia o el sol las han hecho desaparecer. Son el último testigo de una época en la que la calle estaba repleta de árboles, gigantes frondosos que ofrecían amparo al transeúnte que iba a realizar sus compras. Ahora, ya solo quedan las pintadas de lo que una vez fue.
El alcalde de mi ciudad fue el autor del arboricidio. El motivo, según él, era la ampliación de la zona del tranvía, prometiendo que crearía un nuevo corredor verde, plantando nuevos en otras zonas menos conflictivas para los intereses comerciales de mi ciudad.
Como eso llevará tiempo, déjenme aprovecharlo y detenerme un segundo a contarles solo algunos beneficios que nos proporcionan los árboles urbanos.
- Generan biodiversidad urbana, al proporcionar hábitat, alimentos y protección.
- Absorben gases contaminantes por año, ayudando a combatir el cambio climático.
- Ofrecen un excelente filtro para contaminantes urbanos.
- Enfrían el aire entre 2 y 8 grados centígrados.
- Mejoran la actividad física y mental de los conciudadanos.
- Regulan el flujo de agua.
Mientras que el sector hostelero y el sector servicios se dedican a proporcionar un ecosistema compatible para la vida humana, me cuestiono lo secundario que se ha vuelto la protección de la sociedad ¿Por qué esta necesidad continua de convertir el espacio urbano en un espacio agresivo, hostil para el transeúnte? ¿Cuál es este cáncer extendido por las ciudades de la orografía española, qué nombre darle a la autodestrucción desmedida? ¿Cómo podemos considerar que el valor de unas cifras bancarias equivale a nuestro propio riesgo, nuestra propia seguridad?
Estudios recientes afirman que la destrucción de árboles urbanos está orientada a evitar la generación de un tercer espacio para el metropolita, fomentando la soledad, el aislamiento y la compra convulsiva. Si convierten el tránsito de un sitio a otro en un entorno hostil, tendrás que entrar en algún sitio a resguardarte. Y, si lo haces, tendrás que consumir. Y mientras consumes, no te cuestionas nada, no paras a pensarte nada. Solo sigues, a la espera de que algo te llene.
Mientras que las ciudades compiten en ver cuál de ellas es más agresiva para las personas que viven allí y mientras miro cómo los comercios engrosan unas cifras imaginarias que no podrán usar cuando ya no quede nada, me ha dado por preguntarme si alguien escribirá sobre el asfalto “Aquí hubo 8.500.000 personas”. Lo que sí me queda claro es que, si seguimos así, nadie quedará para leerlo.