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Si las mujeres somos la mitad de la humanidad, ¿dónde estábamos?

En 8º de E.G.B. la profesora de Ciencias Sociales nos dijo que leyésemos dos libros: El diario de Ana Frank y La vida de Marie Curie, no recuerdo más detalles, ni cómo introdujo el tema, pero con 13 años se me quedó clavada esa misión. A día de hoy todavía conservo los libros en la estantería de mi habitación de juventud, junto a mis diarios, cartas de amigos y apuntes obsoletos.

Mi tía me trajo los libros de Madrid, los forré y comencé a leerlos con detenimiento. Siempre forraba los libros que me gustaban mucho y escribía mi nombre. Después de aquello no supe de más mujeres referentes en la historia en mucho tiempo. La sugerencia de aquella profesora me dejó huella, tras aquel episodio fugaz ningún profesor nos recomendó lecturas escritas por mujeres o donde ellas fueran las protagonistas. La verdad, solo recuerdo las obras de Santa Teresa de Jesús, poeta mística del Siglo de Oro o las historias de mujeres "que adornaban" las obras de los escritores.

Ni un solo libro escrito por mujeres llegó a nuestras manos en secundaria, ni siquiera un texto en selectividad, todas las referencias eran hombres. En el examen de filosofía de selectividad nos cayó Santo Tomas de Aquino o Marx (a elegir), qué hartita acabé de Platón, Aristóteles y Kant. Ni una mujer filósofa, ¿es que no existían? Pero esa pregunta jamás nos la hicimos. Asumíamos esa realidad parcial y sesgada de la historia, del presente, de la literatura, de la ciencia, de la filosofía, del arte. ¿Dónde estaban las mujeres? ¿Qué había pasado con Marie Curie?

En la asignatura de Historia Contemporánea, el profesor nos propuso hacer un trabajo sobre un tema de actualidad que contaba para la nota final. Me acuerdo que yo elegí el conflicto en Palestina (en qué hora me metí en ese fregao) y una compañera se decantó por el Feminismo. Se podía hacer una exposición oral o un trabajo escrito. La compañera realizó una exposición oral impecable de la historia del Feminismo, pero fue tan rápida que casi me pareció un sueño. Intento acordarme de las referencias, de los detalles, pero nada, se borró de mi memoria, me da hasta pena. Sí que me acuerdo de mi compañera, de lo bien que lo llevaba preparado, de cómo lo contralaba, pero fue tan fugaz. Ya nunca se volvió a hablar sobre ello, como si hubiera sido un mal viaje.

En la rama de letras de C.O.U. éramos todas chicas, la única profesora que me removió fue la de la matemáticas, qué paradoja, siempre había odiado las matemáticas, pero con ella logré las mejores calificaciones de mi vida en esa materia. Desde 5º de E.G.B. no había tenido profesora de matemáticas, gracias a ella me reconcilié (un poco) con los números. Nos quería preparadas, autónomas, audaces, libres. Con la profesora de Inglés, también nuestra tutora, conecté por su determinación y capacidad de escucha, nos entendía. Sus tutorías eran individualizadas, donde se abría un espacio de confianza.

Apenas teníamos referentes de mujeres que nos alumbraran, en aquellos años todavía se llevaba hacer la Primera Comunión y hasta la Confirmación, os podéis imaginar qué sombras nos acompañaban, andábamos entre los grupos parroquiales, las clases de religión y una férrea cultura conservadora que recorría toda nuestra escala de valores, basada en los diez mandamientos. Qué difícil era desconectar de aquella realidad casposa, patriarcal, encorsetada, dirigida por la culpa y el qué dirán.

El corsé se deshilachó en la Universidad. La profesora de Psicología Evolutiva y Educación Sexual nos abrió la puerta del habitáculo del pudor, la culpa y el miedo donde habíamos hibernado para descubrir otros mundos. Por aquella época recuerdo las obras de Nativel Preciado, Carmen Laforet, Pepa Roma o Rigoberta Menchú con ideas que empezaban a instalarse en mi cabeza.

Cuando me matriculé en Periodismo la bibliografía la seguían acaparando los hombres, y la actualidad, los temarios, las opiniones y las charlas. De esta etapa me atraparon los talleres de cine impartidos por una mujer interensantísima que escudriñaba cada plano de las películas que marcaron la historia del cine, todo aquello me parecía fascinante.

El día que conocí a la periodista Mercedes Gallego el corazón me dio un vuelco. Una mañana fue a la facultad a presentarnos su obra "Más allá de la batalla", un relato estremecedor de su experiencia personal como corresponsal en la guerra de Irak. No nos contó una historia desde el punto de vista periodístico, nos habló de una realidad donde la perspectiva de género estaba presente, y las víctimas, la humanidad, la crudeza de la guerra.

Con el paso del tiempo he reflexionado sobre la parcialidad con la que hemos observado y experimentado la vida. La falta de la visión femenina nos ha mostrado un mundo diseñado por hombres. ¿Cuántas lecturas obligatorias hemos leído escritas por mujeres? Las mujeres somos la mitad de la humanidad y parece que no hayamos existido nunca. Me da la sensación de haber estado de prestado en la vida de los hombres, como si hubiéramos tenido una parcela alquilada en su territorio, con sus normas y condiciones. ¿Y nosotras? Vivíamos en un círculo reducido, fagocitado por un mundo androcéntrico.

"Nada en la vida debe ser temido, solo entendido. Ahora es el momento de entender más, para temer menos", dijo Marie Curie, la primera mujer en ganar un Premio Nobel por sus investigaciones sobre la radioactividad. ¡Cuánto la eché de menos!

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