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Necesitan una guerra, aunque sea fría

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Si durante la última semana de junio me hubiera despertado tras un sueño de dos meses, al ver el optimismo que reinaba entre los líderes de la OTAN convocados en Madrid pensaría que Putin acababa de ser derrotado y un gobierno provisional ruso estaría pidiendo limosna a Occidente para que la hambruna no se extendiera desde Moscú hasta los confines más lejanos de Siberia.

Nada más lejos de la realidad. La ciudad de Lisichansk acaba de caer en poder del ejército ruso. Era la última población de Lugansk que resistía.

Dicho esto, me sumo a Pérez Royo que, desde una perspectiva distinta a la que me ha traído al teclado, pero compatible, ha elegido “Nada que celebrar” para su última entrega.

Entonces, ¿por qué no pueden ocultar las sonrisas los líderes de la OTAN en medio de una guerra en la que siguen muriendo niños cada día? 343 hasta ayer.

¿O creen que hemos olvidado al Javier Solana que, espontáneo al comienzo de la invasión, declaró que “vivimos las consecuencias de sugerir que Ucrania entraría en la OTAN”?

Resulta que Solana fue secretario general de la OTAN, y no hay como un “ex” hablando para enterarnos de lo que pensaba cuando era “in”. ¿Recuerda usted quién ha declarado recientemente que “ahora sí puedo decir la verdad, que ya no estoy en el gobierno”?

Lo que me tiene ante el teclado son los líderes de la OTAN, pero solo en tanto que son personas. Como usted y como yo. Ellos sonriendo. Nosotros no.

Y, como personas que son, comparten con la mayoría de todas las demás algunos deseos.

Por ejemplo, el de tener un trabajo estable. Y, mire usted por dónde, para sí mismos sí que lo han conseguirlo, quien pudiera. Porque, ¿cuántos de ellos, a la hora de legislar, han establecido la limitación de mandatos, una norma muy eficaz para romper las corruptelas de todo orden y desorden?

Y otro deseo, también compartido por miles de millones, es el de que, una vez pactadas por contrato laboral unas determinadas funciones (para los trabajadores de la política el programa electoral de su partido, por ejemplo), no apetece que venga una autoridad diferente y superior ordenando lo contrario.

Y mire usted otra vez, a ver cuántos líderes de democracias OTAN encuentra que hayan establecido mecanismos tipo referéndum para que las decisiones de mayor trascendencia sean aprobadas por toda la sociedad y después respetadas y aplicadas por los políticos.

¿Acaso no han tenido décadas para legislar pruebas de stress, como urnas para decidir también “que” en lugar de solo “quién”, que les hubieran obligado a ser mejores?

O, preguntado de otra manera, ¿Suiza está en la OTAN? “Pues eso”, pero esta vez sin meter la pata, como hizo Pedro Sánchez con lo del fiscal antes de las elecciones generales.

Mi opinión es que nuestros líderes europeos del Atlántico Norte sienten nostalgia de sus predecesores, los que gobernaron durante aquellas décadas tan bipartidistas, o casi, y tan previsibles, las de una Guerra Fría durante la que solo les salpicaba sangre desde lugares tan lejanos como Corea y Vietnam, o podían mirar desde la barrera conflictos propios de menor cuantía, como aquel de mayo del 68 que se cerró “bien”, es decir, venciendo de Gaulle.

Imposible les ha sido disimular el optimismo a unos líderes occidentales que agradecen a Putin, nunca lo reconocerán mientras sean “in”, una invasión de Ucrania que les ha permitido anunciar una Guerra Fría V.2 que necesitaban con urgencia pues, como cualquier amenaza global, consigue que el miedo prolifere y, por tanto, se extienda entre la gente un respeto a la autoridad que, tras la caída del Muro de Berlín, se fue debilitando en Europa Occidental, especialmente desde la gran crisis de 2008 con la proliferación de nuevos partidos y, más recientemente, con la eclosión de movimientos independentistas en varios países.

Muy interesante la “sentencia” de la politóloga alemana Ulrike Guérot: “Rusia ha ganado y procede una república europea que supere los estados”. Leo en Vilaweb y lo traduzco.

Mientras existan las fronteras, los dirigentes de cualquier país evaluarán los conflictos internacionales en clave interna, pues es donde ganan o pierden el poder. Después, ya se sabe que la historia la escribirán los vencedores, pero, mientras tanto, capitalizar los sentimientos que prevalecen en una sociedad amenazada proporciona rendimientos electorales importantes.

“La función crea el órgano” y, por tanto, la OTAN post Ucrania no es sino la reconstrucción de una organización imprescindible para divulgar masivamente la sensación de nueva Guerra Fría que busca una clase política europea a la que cada vez le da más pereza gobernar sin el argumento del miedo. La combinación de paz y libertad comenzaba a destilar sus frutos, siempre diversos, pero cuya gestión requiere siempre mayor esfuerzo.

En resumen, nuestros líderes han elegido nueva OTAN y otra Guerra Fría para no tener que ponerse a trabajar en reformas políticas que consoliden la democracia en la Unión Europea.

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