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La pírrica victoria del impuesto de las hipotecas

Así las cosas solo queda comprar palomitas y sentarse a contemplar cómo se sigue degradando nuestro nivel de vida, cómo se dispara la desigualdad, cómo se pudre la democracia y cómo el grueso de los medios de comunicación encauzan la frustración hacia el odio al que tiene menos

Una manifestante contra la sentencia del Supremo que da la razón a los bancos en el impuesto de las hipotecas / Olmo Calvo

Una manifestante contra la sentencia del Supremo que da la razón a los bancos en el impuesto de las hipotecas / Olmo Calvo

No hace falta ser tan perspicaz como Pablo Casado para caer en la cuenta de que el impuesto sobre Actos Jurídicos Documentados en los préstamos hipotecarios lo acabarán pagando los clientes mediante un ligero endurecimiento de las condiciones de los nuevos préstamos. Yo diría que esto 'es el mercado, amigo', y si no fuese a través de ese medio, sería mediante una nueva comisión. El efecto de este impuesto sobre una hipoteca digamos de 90000€ podría representar pagar entre ocho y veinticinco euros más al mes durante cinco años, ¿alguien va a dejar de comprarse el piso por eso?

Lo que han conseguido los bancos es garantizarse que no se van a hacer cargo de esos impuestos que durante los últimos años han estado pagando los clientes en su lugar. Se remata la jugada con una ahora oportuna reforma legal que parece que cambia todo para que nada cambie: desincentiva la lucha por la devolución de los impuestos ya pagados, y a partir de ahora el impuesto lo paga el banco, que lo repercutirá sobre los clientes en los nuevos contratos. Si no fuese porque la torpe intervención del Tribunal Supremo deja al descubierto que la Justicia en España es una farsa, todos contentos.

Pero una vez que se comprende cómo se hace un truco se pierde la magia, y en este caso se ha visto con claridad meridiana la tramoya del poder absoluto de los oligopolios en España. Desde Felipe González hemos elegido a políticos privatizadores que en lugar de modernizar y controlar adecuadamente las empresas públicas se han decantado por vender las más rentables -lo que a la larga repercute en una merma de los ingresos del estado- y a dejar languidecer las que lo eran menos. El milagro económico de Rato y Aznar consistió en vender a 'los suyos' las empresas más golosas que González había dejado en la cartera pública. Liquidez para aquel momento a cambio de un futuro (nuestro presente y lo que venga) miserable en el que tanto nos extorsionan los bancos como nos vampirizan las eléctricas, entidades donde, por supuesto, acaban con sueldazos todos los que pasan por la alta política y defienden los intereses 'correctos'.

La etapa de Rajoy supuso una nueva vuelta de tuerca: si queda algo público se saquea o infrafinancia (o ambos) de modo que se pueda decir sin faltar a la verdad que el servicio no funciona. Así nuestro descontento mal informado será el ariete que les permita intentar acabar con, por ejemplo, la Sanidad o la Educación públicas y poder hacer negocio con ello.

Así las cosas solo queda comprar palomitas y sentarse a contemplar cómo se sigue degradando nuestro nivel de vida, cómo se dispara la desigualdad, cómo se pudre la democracia y cómo el grueso de los medios de comunicación encauzan la frustración hacia el odio al que tiene menos o al del pueblo de al lado o al 'comunista' que molesta al patrón bueno que nos da de comer, Milana bonita. Soluciones probadas con anterioridad para anular la reacción contra quienes nos han traído hasta aquí.

¿Abogar por nacionalizaciones y empresas públicas eficientes y bien controladas que permitan actuar contra las prebendas y excesos de los oligopolios? ¿Impuestos progresivos y lucha contra el fraude? ¿Acabar con los paraísos fiscales? ¿Prohibición de las 'puertas giratorias’? ¿Una Justicia sujeta al control del pueblo y no al de los políticos? Eso parece quedar para los locos de la colina, los iluminados, los extremistas, los radicales, los que no nos queremos enterar de cómo es el mundo actual, para los intelectuales (con toda la carga despectiva que el término pueda contener) pero no para los desfavorecidos, para ellos se fabrican espantajos fascistas que les permiten enrolarse y sentirse poderosos atormentando a otros más débiles. Lo desolador es que funciona y la Historia se repite. Falta por ver que el resultado sea distinto al de hace ochenta años, con los peligros adicionales del mundo actual.

Me queda la duda de si el control será tan efectivo como para que la sociedad se siga deteriorando sin que la gente reaccione, sin que en ningún momento se llegue a la conciencia suficiente de que somos muchos más y de que sus beneficios y sus políticas dependen de nuestros consumos y de nuestros votos (y de nuestra obediencia). También me pregunto a veces: si triunfan absolutamente ¿cómo pensarán seguir 'creciendo' (o incluso subsistiendo) cuando ya no quede nada por exprimir? Me imagino que la respuesta será 'que nos quiten lo bailao' y 'lo que nos hemos reído'. Ojalá no lleguemos a verlo.

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