Reconfiguración de la izquierda alternativa
La izquierda alternativa presenta una extrema debilidad institucional, reflejada en la ausencia de Podemos en once parlamentos autonómicos y la irrelevancia territorial de IU-Sumar. La concentración del voto útil en el PSOE por miedo al bloque PP-Vox reduce el espacio a mínimos históricos. No obstante el cerco judicial al PSOE, —destacando la imputación del expresidente Zapatero en la Audiencia Nacional por el caso Plus Ultra y las ramificaciones del “universo Koldo”— generan un flanco de profunda desafección en el electorado progresista. Existe un nicho de votantes moderados y críticos que rechazan a la derecha pero se sienten incómodos ante un partido gubernamental sin controles efectivos. Para canalizar este descontento y evitar que derive en abstención, la izquierda alternativa debe erigirse en una opción seria, utilizando la experiencia de Podemos como un manual de errores a no emular.
El declive de Podemos, que dilapidó el capital electoral de 2015 (20,68 % de votos y 69 diputados), obedece a cinco fallos de diseño político-organizativo:
-Disonancia entre retórica y praxis: El tránsito desde la retórica radical del “asalto a los cielos” hacia la gestión pragmática en coalición junto al PSOE, sin un relato honesto sobre las cesiones obligadas, generó sensación de traición en las bases.
-Desplazamiento de la agenda material: Se postergó el foco prioritario en el empleo, los salarios y la vivienda en favor de debates identitarios y simbólicos, permitiendo que la derecha radical capturara la “rabia” social.
-Debilidad arquitectónica e hiperliderazgo: La sustitución de la horizontalidad por aparatos centralizados y la dependencia extrema de figuras carismáticas como Pablo Iglesias provocaron vacíos de relato insostenibles tras su salida y derivaron en purgas internas.
-Deficiente gestión reputacional: Ante polémicas de gestión local o autonómica, se recurrió a respuestas lentas y defensas corporativas basadas en la legalidad formal. La falta de auditorías internas (compliance) asimiló la organización a las prácticas tradicionales del bipartidismo.
-Refundaciones cosméticas: Plataformas como Sumar replicaron estos vicios al cambiar siglas y liderazgos sin resolver la falta de participación efectiva, consolidando la fragmentación.
La izquierda debe cambiar su estrategia si quiere salir de la marginalidad estadística, para ello su proyecto debería apelar de forma diferenciada a tres sectores: 1-Exvotantes desencantados, alejados por la fatiga de las disputas internas, recuperables mediante garantías de enfoque material y fin del personalismo. 2-Votantes socialistas críticos con la corrupción y deterioro judicial del PSOE. La estrategia debe ofrecer una garantía de gobierno progresista con controles reales bajo la premisa de “vivir mejor sin tapar la corrupción”. 3-Juventud precaria y clases populares despolitizadas, que están afectados por la crisis habitacional y laboral, que demandan canales digitales y mensajes anclados en su realidad material cotidiana.
Por otra parte la reconstrucción exige transitar de la cultura del “jefe” a una cultura de “proyecto institucional” mediante liderazgos funcionales y revocables estableciendo un límite de mandatos, que además se complementen con coportavocías sectoriales rotativas para evitar la hiperpersonalización mediática en un único rostro, además de dotar a los órganos territoriales de capacidad para elevar propuestas, vetar candidaturas o iniciar revocatorios, descentralizando el poder de los despachos cupulares.
La propuesta de alianzas parlamentarias periféricas o frentes amplios plurinacionales, como la propugnada por Gabriel Rufián, enfrentan recelos y tienen riesgo de ser interpretadas como estrategias de “supervivencia de sillones”. Para no repetir el fracaso de Sumar, cualquier confluencia debería someterse a tres condiciones operativas previas: unas líneas rojas programáticas públicas con compromisos materiales detallados y costes estimados; una institucionalización confederal que respete las identidades territoriales bajo un reglamento común; y un arraigo desde abajo que integre a sindicatos, movimientos sociales y plataformas civiles en la gobernanza del frente.
Creo que el futuro del país no admite reformas cosméticas, por lo que la ventana de oportunidad solo será operativa si la izquierda alternativa demuestra con contrapoderes internos y reglas de integridad que ha aprendido de su propia historia.