Rosa Parks y el funcionario extremeño expedientado
El pasado 3 de junio de 2026, decenas de personas se concentraron frente a una oficina del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) en Mérida, España, para solidarizarse con un funcionario que había sido expedientado por atender a ciudadanos sin cita previa para trámites relacionados con cuestiones como el subsidio de desempleo. Juan Carlos Nieto no desatendía a las personas citadas online, simplemente aprovechaba los huecos de quienes no venían o los minutos que le sobraban del cuarto de hora de cada usuario.
El gesto de Nieto, simple, sereno y modesto de cumplir con lo que se supone que debe hacer un empleado público podría haber pasado desapercibido si no hubiera sucedido lo que desencadenó el injusto expediente sancionador.
Tras la pequeña manifestación de apoyo, empezaron a aparecer en la prensa local noticias como estas: “una empleada del servicio de extranjería cita a las personas que cada día son expulsadas por la contrata de seguridad”; “los empleados de una sucursal bancaria dicen a sus clientes que pueden acudir a pagar sus recibos mientras esté abierta la oficina”; “los empleados del call center de una gran empresa informan a los clientes de los lugares donde se encuentran las personas que pueden resolver determinados trámites… En todos esos lugares se procedió del mismo modo: expedientes disciplinarios, despidos, etc.; pero, como sabemos hoy, en 2046, lo que vino después cambió el rumbo de las relaciones de los ciudadanos con los poderes públicos y privados.
Ante cada expediente sancionador, se sucedían las manifestaciones de apoyo, lo que animó a nuevos gestos que ya saltaron al debate nacional cuando en los parlamentos se presentaron propuestas de coordinación entre cita previa y un mínimo de horario de puertas abiertas que garantizara la atención universal.
Los poderes públicos y las grandes empresas, desbordados por las reclamaciones y las protestas, señalaron que entendían el problema y pidieron disculpas. La solución que encontraron fue crear servicios especiales para personas mayores que iban a resolver la brecha digital (podrían pedir cita por teléfono), contratar a una empresa de software que flexibilizara el sistema de citas y crear un servicio especial de vigilancia para detectar las irregularidades que se produjeran con una línea telefónica 24/7. “No podemos estar contra el progreso”. “La cita previa ha venido para quedarse”. “La inteligencia artificial resolverá los desajustes que hemos detectado”. “Todos los ciudadanos serán atendidos en menos de 48 horas en una ventanilla única en internet tanto para las demandas públicas como privadas”.
Como sucediera en 1955 con la costurera negra que se negó a ceder su asiento a un hombre blanco en EEUU, por distintos lugares prendió la mecha de la indignación. ¿Por qué cuando vamos a cualquier oficina pública o a cualquier gran empresa lo que sale en la pantalla es una combinación extraña y no un número que me permita saber cuántas personas tengo por delante? ¿Por qué tengo todas las facilidades para comprar o pagar una multa pero debo tener la paciencia de Job para cualquier otro trámite?
Grupos de ciudadanos comenzaron a actuar. Acudían a los centros de atención y contaban las personas que entraban y salían, el tiempo que duraban las gestiones y lo comparaban con lo que decían los informes oficiales o las explicaciones del tipo “no tenemos personal”. Estudiaban a las empresas concesionarias de servicios públicos y medían lo que cobraban del Estado y lo que ofrecían a los ciudadanos. Los resultados fueron escandalosos: una poderosa maquinaria burocrática se había apoderado de las instituciones que se relacionaban con sus administrados como súbditos. Nadie se atrevía a hacer nada contra un sistema ineficaz que había hurtado derechos objetivamente y ante el que sólo se proponían acciones que lo hacían cada vez más complejo y autónomo.
El movimiento “Embody Your Rights” nació entonces. En otros lugares se llamaba “presencialistas”. Miles de jóvenes de todo el mundo se negaron a someterse a las decisiones mediadas y a exigir la presencialidad obligatoria en todos y cada uno de los ámbitos, públicos y privados.
Si hoy tenemos la red de atención presencial de la que gozamos se lo debemos a personas como Rosa Parks y Juan Carlos Nieto, que con un gesto simple, alertaron de que normas como “cederás tu asiento a una persona blanca” o “no atenderás a una persona sin cita previa” producen un mundo en que las normas corroen la dignidad que deberían garantizar.