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Escribir casi cerrando los ojos

Me gusta pensar en la escritura como algo que siempre crece. Como una semilla que nunca deja de germinar, que se desarrolla en ambos sentidos, en la mano que escribe (el sustrato, las raíces) y en las manos que acontecen la lectura (las ramas, las hojas). Empecé a escribir estas cartas como una especie de ceremonia, un ejercicio conmigo misma y con las manos que recibían estos pequeños fragmentos en su correo electrónico a través de la aplicación virtual tinyletter. Me preguntaba muchas veces qué germinaría en el papel o en la pantalla si me sentara a escribir sin límites ni normas, si me dejara arrastrar por los dedos, casi cerrando los ojos. A menudo pienso en el acto de escribir como la que va tras los pasos de voz de un lobo que nunca ve.

Para María Gabriela Llansol, sus cuadernos de notas eran, mayoritariamente, una especie de terreno vacío donde todo lo escrito se encuentra ya sembrado, aunque nosotros, desde arriba, no observemos nada. Cuando la escritora continúa escribiendo sus notas, fragmentos, esquemas y dibujos, sucede el germen y el suelo empieza a llenarse de brotes que sí son apreciables a la vista. Como ella escribía, es aquí, en este proceso, que podría parecer a primera vista caótico y nada sereno, donde realmente se desvela la escritura. Una escritura honesta, verdadera e infinita, que ha estado a la sombra durante décadas en Portugal y que al fin tiene el reconocimiento que merece.

Ella, en cierto modo, lo intuía y así lo escribía en uno de sus cuadernos desde el exilio:

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