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El acceso por la puerta trasera del mercado laboral

Como muestra la experiencia de los inmigrantes en la última década, las opciones de promocionar desde las posiciones más bajas a las superiores en un mercado laboral segmentado como el español son escasas.

La crisis ha podido forzar a muchos jóvenes a replicar una entrada al mercado laboral parecida a la de los inmigrantes, por lo que es posible que su transición del sistema educativo al mercado de trabajo les penalice lo largo de sus carreras laborales.

El modo en el que se accede por primera vez al mercado de trabajo influye en la trayectoria laboral posterior de las personas. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en lo sucedido entre la población inmigrante en España. Durante los años previos a la crisis económica, el boom inmobiliario permitió la creación de muchos puestos de trabajo de baja cualificación. La intensa entrada de inmigrantes sirvió para cubrir buena parte de esos empleos que con sólo la fuerza de trabajo autóctona no era posible abastecer.

De esta manera, la mayoría de recién llegados logró rápidamente el acceso a recursos económicos, aunque esto lo consiguiera a través de puestos de trabajo precarios y para algunos inmigrantes incluso poco cualificados para la formación que traían consigo. De acuerdo con datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), en 2006 alrededor de la mitad de los inmigrantes de fuera de la UE15 con estudios universitarios trabajaba en los grupos de ocupaciones menos cualificadas.

Lo que en un principio pudo servir como ayuda para una rápida integración laboral, a largo plazo les ha penalizado. En un mercado tan segmentado como el español, en el que hay una fuerte brecha entre insiders y outsiders, las opciones de promocionar de las posiciones más bajas a las superiores son escasas, incluso para quienes deciden invertir en nuevo capital humano.

Tanto antes de la crisis como a partir de 2008, entre las personas que lograban abandonar el desempleo, la probabilidad de hacerlo ocupando las peores posiciones del mercado laboral era mucho mayor para aquellos que por última vez ya habían trabajado en esos mismos puestos. Este resultado lo hallamos tras realizar diversos análisis con el fichero de flujos de la EPA, el cual permite conocer la trayectoria de un mismo individuo en cada trimestre que participa en la encuesta. Con la intención de medir la influencia que tiene la experiencia profesional más reciente para las personas que se encuentran desocupadas y que logran volver a trabajar, se ha utilizado una clasificación de ocupaciones propuesta por Luis Garrido (2008), catedrático de Estructura Social de la UNED.

El principal criterio que utiliza para la ordenación de ocupaciones es el nivel educativo de las personas que están trabajando. La idea que subyace es que los individuos tratan de sacar el máximo rendimiento posible a sus estudios a lo largo de su vida laboral. Pasados unos años en el mercado de trabajo, cada persona ocupa la mejor posición posible dado el nivel de educación que acumula.

El resultado de esta ordenación, llevada a cabo sólo por una muestra de personas ocupadas y consolidadas laboralmente, es una clasificación de 16 grupos de ocupaciones (Cuadro A1). El de menor nivel, por ejemplo, agrupa a los peones que trabajan al aire libre en la construcción y en el campo. Por el contrario, los directivos del sector público y del privado se encuentran en lo más alto de la clasificación.

Desde su llegada a España, la gran mayoría de los inmigrantes de fuera de la UE15 se han concentrado en los cinco grupos de ocupaciones de nivel más bajo. Para hacernos una idea, mientras que en 2000 un 73% de los inmigrantes se encontraba en esos puestos, en ese mismo año sólo un 36% de los españoles lo estaba. Lo que se pretende averiguar es en qué medida, para aquellos que se encuentran temporalmente sin empleo, la última experiencia profesional condiciona a la hora de ocupar un nuevo puesto de trabajo.

Como se puede observar en el Gráfico 1, aquellos que trabajaron por última vez en las ocupaciones más cualificadas tienen alrededor de un 40% mayor de probabilidad de evitar las ocupaciones de menor nivel que los que habían trabajado en los puestos menos cualificados. La relación puede parecer obvia si no fuera por el hecho de que el efecto del último trabajo continúa siendo muy fuerte una vez tenido en cuenta otros factores relevantes como el nivel de estudios del individuo, su experiencia laboral acumulada en España o si recibe algún tipo de prestación o subsidio por desempleo. Tampoco hay que olvidar que la muestra de este análisis puede estar sesgada, ya que está compuesta únicamente por individuos que se encuentran sin trabajo.

Sin embargo, si tenemos en cuenta la movilidad ocupacional experimentada por el conjunto del colectivo inmigrante, comprobamos que durante los años de expansión económica su situación apenas cambió. En 2005 la proporción de nacidos en el extranjero que trabajaban en los cinco grupos de ocupaciones de menor nivel continuaba siendo superior al 70%.

La mayor probabilidad de los inmigrantes de ocupar los peores empleos una vez abandonada la desocupación queda por tanto condicionada por su trayectoria laboral más reciente. En otras palabras, haber trabajado previamente en las ocupaciones de menor nivel les afecta directamente a sus oportunidades laborales futuras. Si tenemos en cuenta que el colectivo inmigrante accedió por primera vez al mercado laboral español a través de su puerta trasera, podemos concluir que esta entrada les ha acabado perjudicando, ya que desde estas posiciones resulta muy complicado alcanzar empleos más estables que con la irrupción de una crisis económica como la de 2008 ayudan a minimizar el riesgo de sufrir desempleo.

Lo ocurrido en España se podría extender a otros países del sur de Europa, cuyos mercados de trabajo se caracterizan por una fuerte regulación pero de manera parcial. Mientras que en los mercados más liberales y flexibles, como en el Reino Unido, la inserción laboral de los inmigrantes es más rápida, en aquellos más legislados y con más costes por despido, como en los países escandinavos o continentales, el efecto suele ser el contrario.

El caso de los países mediterráneos sería un híbrido de los dos modelos anteriores. Un segmento de sus mercados, el primario, estaría fuertemente regulado y protegido ante los vaivenes económicos; su segmento secundario, por el contrario, se distinguiría por su alta flexibilidad y su carácter informal. En los países del sur de Europa el acceso laboral de los inmigrantes ha sido rápido, como en el Reino Unido, pero se han visto relegados en la mayoría de los casos al empleo más inseguro, precario y peor pagado.

Gráfico 1. Probabilidad de evitar un puesto de baja cualificación al abandonar el desempleo en función de la última ocupación en la que se trabajó (ocupación de cualificación baja: categoría de referencia)*. Varones desempleados y que han trabajado anteriormente (16-64 años)

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Fuente: elaboración propia a partir de la EPA (I/2005-IV/2010)

Por otra parte, la crisis económica ha tenido un efecto igualador entre inmigrantes y españoles en lo que respecta al abandono del desempleo. Durante los años de bonanza económica, los inmigrantes que se encontraban sin empleo volvían a trabajar más rápido que los españoles en su misma situación, aunque esto lo lograran a costa de ocupar empleos con muy malas condiciones laborales, algunos dentro de la economía informal.

A partir de 2008 esta ventaja desaparece, en buena parte debido a la paralización de la construcción, sector que había facilitado hasta entonces la ocupación del colectivo inmigrante. Pero también a causa de los problemas que el conjunto de la sociedad debía hacer frente con el fuerte aumento del paro, entre otros grupos la propia población autóctona. Antes de la crisis muchos españoles tenían la posibilidad de rechazar ofertas de trabajo a la espera de encontrar un empleo que consideraran acorde a sus expectativas.

Esta estrategia requería, evidentemente, un mínimo de recursos económicos o apoyo familiar que permitieran la espera con el consecuente coste de no recibir ingresos, maniobra improbable para la mayoría de inmigrantes. Sin embargo, a partir de 2008 la posibilidad de “esperar a algo mejor” queda muy reducida, dado que las familias comienzan a carecer de los recursos suficientes para que quienes se encuentran desempleados puedan esperar el tiempo necesario hasta optar a aquellos puestos de trabajos que les correspondería dada su cualificación.

La crisis ha podido forzar a muchos jóvenes a replicar una entrada al mercado laboral parecida a la que los inmigrantes experimentaron en España desde el año 2000. Frente a una situación de escasez de recursos en las familias, cualquier posibilidad de trabajo, aunque sea a costa de sufrir sobrecualificación, obligaría a aceptar empleos que en contextos económicos más estables uno podría plantearse rechazar. Teniendo en cuenta la naturaleza segmentadora del mercado laboral español, y el ejemplo vivido por la población inmigrante en estos últimos años, no es descabellado imaginar que muchos jóvenes cuya transición del sistema educativo al mercado de trabajo haya coincidido con los años de la Gran Recesión se vean penalizados a lo largo de sus carreras laborales.

Cuadro A1: Clasificación de ocupaciones basada en la propuesta de Luis Garrido

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