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La desigualdad en Europa

En breves semanas comienza la precampaña europea. Las elecciones de mayo no van a ser unas elecciones cualquiera. Si Europa siempre ha sido necesaria, ahora puede aportar mucho a uno de nuestros principales problemas: una salida razonable a la crisis. En Europa tenemos gran parte de los instrumentos y los recursos que pueden permitir a nuestras economías volver a la senda del crecimiento. 

Seguramente, el debate se centrará en el austericidio y las políticas de estímulo. Pero uno de mis temores es que no hablamos de otro de los problemas relevantes en la Unión Europea: la desigualdad. Veamos algunos datos. 

En el gráfico 1 tenemos la renta mediana de los países europeos y el número de países pobres (por país pobre entiendo el que no llega al 60% de la renta mediana). Podemos ver que Europa es mucho más rica que hace 50 años. Aunque hemos bajado de los 30.000 dólares de renta per cápita (línea azul), tenemos cifras que son envidiables en el resto de regiones como África, Asia o América Latina.

Gráfico 1. Renta mediana y número de países pobres


Fuente: elaboración propia a partir de datos del Banco Mundial

Lo preocupante no está tanto en la foto de como somos en conjunto, sino en los “detalles”. En el mismo gráfico se presenta el número de países que pueden ser considerados como pobres. Desde la incorporación de las sociedades del Este, este dato se ha incrementado sustancialmente. Hasta la fecha, los países que necesitaban de una mayor redistribución de recursos se movían entre 2 y 3 (Portugal, Grecia y España). Pero desde principios del siglo XXI son entre 8 y 6 las sociedades que necesitan de una atención especial.

Una segunda forma de ver la desigualdad la tenemos en el gráfico 2. En él se mide la diferencia entre el país con más renta per cápita y el que tiene la menor renta per cápita dentro de la Unión Europea. Así, realizo una división entre ambos países. El país más rico siempre ha sido Luxemburgo, mientras que el más pobre ha ido cambiando con el tiempo (Italia, Grecia, Portugal, Letonia y Bulgaria).

Algunas cifras que llaman la atención. En 2004, cuando Letonia pasa a ser el país más pobre, su renta per cápita era similar a la que tenía Portugal en 1989 o Alemania en 1975. En 2007, cuando Bulgaria pasa a ocupar la última posición, su renta per cápita era inferior a la de Letonia en 2004.

Como en el gráfico 1, podemos ver que desde la entrada de los países del Este, las diferencias económicas se han disparado. Hasta principios del siglo XXI, la distancia entre el más rico y el más pobre se ha movido entre 2 a 1 y 4 a 1. Pero una vez los países del Este forman parte de la Unión Europea, esta distancia ha llegado a alcanzar 19 a 1.  

Este dato no es baladí. Como muestra Milanovic en su libro Los que tienen y los que no tienen, cuando se desintegró la Unión Soviética, la diferencia entre la república más rica y la más pobre era 6 a 1.

Gráfico 2. Diferencia entre el país más rico y más pobre de la Unión Europea

 

Fuente: elaboración propia a partir de datos del Banco Mundial

En definitiva, las diferencias económicas en la Unión Europea se han disparado en la última década y no todo ha sido por la crisis. El mayor conflicto político en cualquier sociedad es la distribución de los recursos. Junto a la salida de la crisis, la desigualdad es un problema de enorme magnitud en la Unión Europea. Por ello, las narrativas de las principales corrientes ideológicas no pueden obviar esta realidad.

La solución no puede ser el mantra tantas veces repetido de más Europa. Como dice Felipe González en su libro En busca de respuestas, la falta de ideas se suple en muchas ocasiones con ideología. Y más Europa comienza a ser una ideología ante la ausencia de ideas claras sobre un modelo para Europa.

Entonces, ¿qué hacer? Comienza a ser necesario que se pongan en marcha programas con un componente claramente redistributivo que vaya más allá de los países y se centre en las regiones. Estos programas deberían ser finalistas y se deberían reducir a la construcción de las infraestructuras necesarias para tener un Estado de bienestar (colegios y hospitales).

Junto a ello, deberíamos caminar hacia un mercado laboral único que reduzca el salario mínimo entre países, homogeneice la legislación laboral y, por qué no, un contrato único para Europa. Esto atenta contra otra de las creencias actuales. Los economistas se pasan el día haciéndonos creer que, en mercados competitivos, las economías con menos costes laborales reciben una mayor inversión extranjera. Pero vayamos a los datos, Milanovic muestra que entre 2000 y 2007, una de las etapas con mayor inversión exterior, ésta se distribuyó de la siguiente manera: África, 20 dólares por persona; la India, 6 dólares por persona; China, 45 dólares por persona; y los países ricos, 800 dólares por persona. El capital no va donde los trabajadores son más baratos.

Finalmente, deberíamos comenzar a soñar con algo parecido a un Estado de bienestar europeo donde se mutualicen algunos riesgos, especialmente el creciente envejecimiento de las sociedades europeas.

En definitiva, más Europa no sólo debe llenarse de contenido, sino que además debe prestar una especial atención a la creciente desigualdad dentro de Europa. De no atenderse este problema, el futuro de Europa va a pasar por enormes dificultades.

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