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¿Qué ha pasado en Cataluña?

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El pasado sábado fuimos invitados por nuestros amigos del blog Politikon (¡gracias!) a hablar en uno de sus eventos sobre la cuestión catalana. A continuación os resumimos en siete puntos los principales mensajes de nuestra contribución. Las diapositivas de nuestra presentación las podéis ver aquí.

1. Que el discurso soberanista en Cataluña emerja en un contexto de globalización económica no es ninguna excentricidad.  Mucho se ha escrito ya sobre la relación entre integración económica y desintegración política. Si la globalización económica significa que los mercados dejan de ser nacionales, una de las ventajas que ofrecían los países grandes –el disponer de un mercado grande- desaparece. En consecuencia, no es casualidad que los periodos de mayor integración económica coincidan con un aumento en el número de Estados. En la presentación mostramos un curioso gráfico que mostraba que justo después de la segunda guerra mundial sólo el 8% de los países del mundo tenían una superficie más pequeña que la de Cataluña. Hoy son casi el 20%. Un paréntesis: el caso de la Unión Económica y Monetaria puede ser una excepción a este patrón, si pensamos que el sistema de gobernanza monetaria de la eurozona da una ventaja negociadora a los países grandes, pero esto es una cuestión que merece una discusión más detallada y de ello no hablamos en la charla.

2. La discusión sobre el modelo de Estado no es un problema ficticio. Muchas veces se ha dicho que la discusión sobre el modelo de estado es una cosa “de los políticos”, alejada de las preocupaciones reales de los ciudadanos. No parece ser así. En el Barómetro Autonómico del CIS de 2012 más de un 70% de los catalanes contestaban que “personalmente, el debate sobre la forma de estado” le afectaba mucho (más de un 30%) o bastante (más de 40%).

3. Modificar el estado autonómico es cada vez menos atractivo para los catalanes. Si comparamos las opiniones de los catalanes sobre su forma preferida de organización del Estado en 2005 y en 2012, el porcentaje de los que quieren un modelo más descentralizado que el del Estado de las autonomías actual es sorprendentemente parecido: tanto en 2005 como en 2012 hay en torno a dos tercios de la población que quieren un Estado menos centralizado. Lo que ha cambiado son las preferencias en torno a qué tipo de modelo ideal tienen en mente esta mayoría de “insatisfechos” con el estado de las cosas. Si en 2005 eran muy mayoritarios los que querían un mayor grado de autonomía para las comunidades autónomas, ahora son mayoría los que optan por un modelo que permita la independencia. Parece ser por tanto que los que quieren más autonomía, cuyo número apenas ha cambiado, están dejando de percibir como viable la estrategia gradualista y están optando mayoritariamente por el soberanismo.

4. El aumento en el soberanismo en los últimos años es enormemente transversal. El apoyo a la independencia ha aumentado en una magnitud parecida en todos los tramos de edad, en todos los ámbitos geográficos, y en todo el espectro ideológico. Esta transversalidad en el cambio no parece casar bien con la idea tan extendida de que la ola soberanista actual sea el resultado de la llegada a la edad adulta de generaciones educadas y socializadas en la Cataluña democrática. El gráfico 1 representa las preferencias por el modelo de estado de diferentes grupos de edad en 2005 y 2012 (datos procedentes de los Barómetros Autonómicos del CIS). En él es posible observar, por ejemplo, cómo aquellos que en 2005 tenían en torno a 40 años (y por tanto hacía mucho que habían abandonado la escuela) preferían muy mayoritariamente “un Estado donde las comunidades autónomas tengan más autonomía”. Una década después, la preferencia mayoritaria en esta generación (que ahora forma parte del siguiente grupo de edad), es la de “un Estado que permita a las comunidades autónomas la capacidad de independizarse”.

5. Ha aumentado la polarización partidista. Este aumento casi universal del soberanismo ha coincidido, paradójicamente, con una creciente polarización en la representación política. Si nos fijamos en la evolución de la percepción de los partidos entre las últimas convocatorias electorales catalanas, es fácil observar cómo la competición política en los últimos tiempos ha dado como resultado partidos percibidos como más “extremos” por parte de los electores: ERC y CiU son percibidos cada vez como más nacionalistas, y PSC, PP y Ciutadans como menos.

6. La identidades nacionales están cambiando. Aunque los sentimientos de adscripción nacional (si uno se siente “catalán”, “español”, o las dos cosas) son bastante más estables que las opiniones sobre la forma de organización del Estado, en estos últimos años estamos presenciando un fuerte cambio en las identidades, tan transversal como el cambio en las preferencias políticas del que hablábamos anteriormente. La identidad “tan español como catalán” sigue siendo la mayoritaria, pero la distancia respecto a las identidades “más catalán que español” y “únicamente catalán” es cada vez menor. Una posible interpretación es que estos cambios de preferencias sobre la centralización se están solidificando en la población. Estas identidades, además, son los mejores predictores del comportamiento en un hipotético referéndum. Al lado el efecto de la identidad, el efecto de otras variables como el nivel de ingreso, la edad, o el nivel educativo es muy menor, aunque no sean del todo insignificantes.

7. En este mismo periodo de tiempo, el resto de España se ha hecho cada vez más hostil a la descentralización política. Esto es, creemos, una de las claves del problema. Una vía por la cual las instituciones españolas podrían tratar de contener o frenar el proceso de conversión de autonomistas en independentistas es ofreciendo algo que sea atractivo a los primeros. El problema es que, simultáneamente a la demanda de más autogobierno en Cataluña, en el resto de España las preferencias por la centralización han aumentado. El gráfico 2 muestra, de acuerdo al Barómetro Autonómico de 2012, cómo de centralizada está España según los madrileños y según los catalanes, y cómo les gustaría que estuviera. No es sólo que los madrileños quieran centralizar tanto como los catalanes descentralizar. Es que la percepción de unos y otros de la situación actual es radicalmente diferente: los madrileños creen que el Estado de las autonomías es demasiado descentralizado, y los catalanes justo lo contrario. Cualquier tercera vía, especulamos, pasa por resolver este entuerto de una de las dos formas posibles: bien aceptar un sistema asimétrico en el que cada autonomía tenga un grado de descentralización diferente en función a la preferencias de sus ciudadanos, bien desactivando la importancia de la cuestión territorial en el debate político fuera de Cataluña.

En el coloquio que siguió a la presentación hablamos de muchas otros temas. Entre otras cosas, debatimos sobre si la estrategia del gobierno de Rajoy y de los partidos estatales debería haber sido menos pasiva (ahora y en el pasado), sobre la dificultad de articular acuerdos que sean percibidos como “creíbles” por los ciudadanos catalanes, sobre la supuesta irreversibilidad de estos patrones de opinión pública dado el poco espacio temporal transcurrido desde la eclosión soberanista, y sobre el papel que han podido jugar la crisis económica y política en España. Como os podéis imaginar, las opiniones fueron muy diversas, pero –y felicitamos por ello a todos los que vinisteis- siempre estuvieron muy bien argumentadas. Aprendimos mucho de ellas, y creemos que la sesión fue muy enriquecedora para todos. Desde aquí damos las gracias a los asistentes y a por supuesto a politikon por la organización del evento.

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