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El camino de nuestras ancestras

La revista Time ha reconocido como ‘persona del año 2017’ a las mujeres que denuncian el acoso sexual, más allá de las actrices de Hollywood

La memoria histórica es fundamental para poner en valor y dar continuidad a movilizaciones feministas inspiradoras,  desde el sufragismo al antimilitarismo

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Cadena humana contra la guerra en Greenham Common (1983), que se recreará este sábado en el Puerto de Bilbao

Cadena humana contra la guerra en Greenham Common (1983)

La revista Time ha reconocido como ‘persona del año 2017’ a las impulsoras del movimiento contra el acoso sexual #Metoo (#Yotambién). Aunque fue la denuncia pública por parte de actrices de Hollywood como Ashley Judd contra el productor Harvey Weinstein la que hizo que el acoso sexual normalizado fuera noticia durante semanas y meses, Time visibiliza a mujeres que han denunciado la violencia sexual en espacios muy distintos, como Isabel Pascual, trabajadora migrada mexicana dedicada a la recogida de fresas en Estados Unidos que denunció el acoso sexual al que estaban expuestas ellas y sus compañeras de trabajo.

Se considera que el detonante fue el ya célebre tuit de Alyssa Milano invitando a todas las mujeres que hayan vivido acoso a decir ‘Yo también’. Pero Time cuenta que la actriz se inspiró en el lema que usaba desde los años 90 la activista Tarana Burke para impulsar un proyecto comunitario que invitaba a las mujeres racializadas a hablar de violencia sexual. En una entrevista publicada ayer en este medio, Burke señala que “la sociedad está educada para responder a la vulnerabilidad de las mujeres blancas mucho más rápido que a la de las mujeres de color, y por eso reciben distintos tipos de atención”, y le preocupa que el movimiento #Metoo se haya “blanqueado”.

Es importante contar que antes que las actrices de Hollywood, otras mujeres y colectivos promovieron la denuncia colectiva de la violencia sexual, a modo de hormiguitas, sin titulares ni flashes. El #Metoo no ha sido el pistoletazo de salida, sino que ha permitido cristalizar y extender un trabajo previo y descentralizado. Trazar esa genealogía, que ni empieza ni acaba en Estados Unidos, disipa el miedo a que el #Yotambién sea una tendencia viral efímera. Yo tengo en mente campañas recientes como #Miprimeracoso, impulsada por las comunicadoras mexicanas (E)stereotipas para mostrar que las mujeres nos enfrentamos a acosadores desde niñas o #Yotecreo, lanzada por la Asociación de Mujeres de Guatemala (AMG), que parte de la historia de Ana, una refugiada guatemalteca que denunció una agresión sexual, fue revictimizada y lo cuenta a través de un cómic. El #Yotecreo fue recuperado el mes pasado por el movimiento feminista para reclamar justicia para la mujer que denunció una violación grupal en los Sanfermines de 2016. A mí me recuerda también a la campaña del Movimiento contra el abuso sexual (MCAS) en Nicaragua, que lleva funcionando desde 2011.

Menciono siempre que tengo ocasión otras Iniciativas como el blog Micromachismos de eldiario.es, las redes Hollaback contra el acoso callejero o la sección Participa de Pikara Magazine como espacio en el que un montón de mujeres han confiado durante los últimos cinco años para contar sus historias de violencia, llevaban ya años de trabajo. Este es el repaso que yo hago desde mis referencias y desde mi tiempo, pero seguro que otras compañeras podrían ir más atrás o más lejos.

La memoria histórica es fundamental para reconocer el camino recorrido y a las que lo caminaron en tiempos en los que se penaba con prisión el aborto. Permite conocer historias sorprendentes, como la de la sufragista inglesa Emily Davison, que saltó delante del caballo del rey en una carrera en 1913 para reclamar el derecho a voto para las mujeres y murió poco después. Estos días en los que unas youtubers se han hecho famosas hablando a los puteros y, de paso, definiendo a las trabajadoras del sexo como esclavas, sin matices, bien podemos recordar la huelga de prostitutas y travestis convocada en 1977 en Bilbao. Protestaron contra la Ley de peligrosidad social que las criminalizaba y recibieron el apoyo de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia.

Hacer memoria histórica nos puede servir para inspirarnos con movimientos tan potentes y a la vez tan olvidados como el campamento de mujeres por la paz de Greenham Common que denunció la exportación de misiles nucleares desde esa base militar de la OTAN. La acción más multitudinaria tuvo lugar en 1983: una cadena humana formada por 70.000 personas que rodeó la base militar hasta una fábrica de armas situada a 23 kilómetros. Aunque sus logros fueron minimizados y las activistas caricaturizadas, este movimiento fue clave para fortalecer una cultura de desobediencia civil, como expone Beeban Kidron en el artículo publicado en The Guardian ‘Las mujeres de Greenham Common enseñaron a una generación cómo protestar’.

Este sábado el movimiento feminista vasco convoca una marcha antimilitarista al Puerto de Bilbao, desde el que se exportan armas a Arabia Saudí que son empleadas para masacrar a la población civil en la guerra de Yemen. Las impulsoras de esta iniciativa se inspiran en Greenham Common pero también en movimientos como la red internacional Mujeres de Negro, la Ruta Pacífica de las Mujeres en Colombia o el Foro Social en Euskal Herria. Movimientos de mujeres que han defendido la vida frente a la destrucción, la deshumanización, el expolio y la violencia sexual como arma para humillar al ‘enemigo’ (en una lógica androcéntrica y patriarcal que explica muy bien María Villellas en este artículo).

Con esta marcha respondemos a una urgencia política —la complicidad de nuestros gobiernos con las guerras y con la criminalización y desamparo hacia las personas refugiadas que huyen de esas guerras— a la vez que hacemos memoria y recordamos a nuestras ancestras. A las que se movilizaron contra otras guerras, a las que huyeron de otros conflictos armados, a las que también denunciaron la violencia sexual normalizada en las bases militares, en las calles, en los despachos y en las camas.

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