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Consumo y anticonsumo

La regulación del consumo de tabaco se ha convertido en una de las paradojas más curiosas de los últimos años, y es probablemente uno de los últimos puntos de resistencia no ilegal frente a la manipulación de las metáforas del cuerpo. Es un asunto revelador porque la industria del tabaco es legal, billonaria, y se encuentra ampliamente establecida en la nación más poderosa de la Tierra, lo que impide su radical ilegalización y evita que se convierta en una cuestión subterránea y marginal para los medios, como lo es el consumo de las llamadas "drogas recreativas".

La lógica del discurso no se refiere exclusivamente a la salud de los ciudadanos, sino que es parte de una guerra abierta entre los viejos circuítos de poder —en este caso los tabaqueros y las agencias tributarias— y los nuevos —las instituciones de salud. No me cabe duda de que muchos médicos (y no médicos) abrazan la cruzada con espíritu honesto e hipocrático, pero lo que en realidad se decide en la persecución político-medíatico-sanitaria no es la salud o la vida de las personas, sino la capacidad de influencia sobre la máquina productora de metáforas. Lo que importa no es que se fume o no, sino que se consienta en transmitir —impresos en las cajetillas, en los anuncios, en la legislación— los mensajes de "la Gran Madre" que cuida de nosotros. Se lucha por establecer de quien es la palabra. Lo que realmente se manifiesta es que el poder no puede dejar pasar ninguna oportunidad para hablar por boca de "la ciencia", para convencer de que sus decisiones —esas, y todas por extensión— son técnicas y no personales o políticas. La cruzada antitabaco es útil porque el argumento empleado es auténtico, y, por lo tanto, sirve como ejemplo para reforzar la confianza de un público muy escéptico hacia el controlador de los productos. ¿Por qué esa obsesión continua con este tipo de estrategias? La razón es muy sencilla: los sistemas democráticos han asumido la capacidad de los ciudadanos para responsabilizarse ética y políticamente, pero la capacidad "técnica" ha sido monopolizada por instituciones que se amparan en saberes especializados (el conocimiento científico en sí no es susceptible de apropiación porque no produce verdades, sólo se legitima en la investigación continua y se modifica constantemente). En un segundo movimiento tactico, los discursos éticos y políticos han sido despojados de valor real, y la única palabra válida —la palabra técnica— se representa como esquiva e inaccesible.

La industria del estilo de vida, de la que han pasado a formar parte, queramos aceptarlo o no, las instituciones denominadas "públicas", se desarrolla en dos variantes que permanecen en constante lucha dialéctica: Los productores de determinados bienes de consumo y los productores de pánico ante los efectos de su consumo. En un reciente artículo publicado en el New York Times ("Nuestro absurdo miedo a la grasa"), Paul Campos nos recuerda que "cualquiera que esté familiarizado con la historia no se sorprenderá de que los 'hechos' hayan sido reunidos para confirmar la legitimidad de una obsesión cultural (la delgadez) y para apoyar los intereses económicos de aquellos que se benefician de esa obsesión", por lo que, evidentemente, no podemos esperar que "quienes han hecho sus carreras a base de fomentar el pánico comprendan que nuestra definición actual de 'peso normal' carece absolutamente de sentido." La cuestión, de nuevo, no se centra en un posible debate científico, sione en a quién favorece la selección de "hechos" que se ofrece. Steven Novella, hablando del campo emergente de la nutrigenómica, cita como ejemplo una frase extraída de una web que anuncia "medicina integral basada en la genética": "llevará décadas confirmar lo que ya entendemos..." Como muy bien explica Novella, la esencia de la pseudociencia es pretender utilizar la investigación para confirmar lo que ya "sabemos." Usted "ya sabe" que usted es lo que consume. Sólo falta que la "ciencia" lo vaya confirmando. Mientras tanto, nosotros ya podemos adelantarle lo que usted DEBE consumir.

El problema es que muchas de estas afirmaciones (Novella se refiere también a las terapias con células madre) se basan en estudios científicos legítimos, aunque insuficientes, que "crean una oprtunidad para la explotación, utilizando datos de las últimas investigaciones para proponer soluciones clínicas prematuras fingiendo disponer de un conocimiento que simplemente no existe."

Estamos acostumbrados a que nos digan lo que debemos hacer. A no asumir responsabilidades personales. Hemos sido socializados sobre los cimientos de una deuda ontológica inherente que facilmente, como se ha visto, puede metamorfosearse en otro tipo de deuda. Pedimos a instituciones que carecen del conocimiento necesario (muchas veces porque no existe o porque no puede ser aplicado a situaciones que son muchisimo más complejas de lo que deseamos admitir) que nos digan lo que podemos y debemos consumir. El consumo y el anticonsumo no son más que dos industrias complementarias. No hay exterior en esa dialectica. Ninguna elección nos hace mejores, es el flujo continuo entre las opciones disponibles lo que en realidad nos mantiene humanos.

Siempre nos veremos obligados a tomar decisiones personales a partir de criterios de verdad insuficiente. Si, llevados por un afán reduccionista de cualquier signo, renunciamos a ello, estaremos renunciando a las ventajas de los cerebros sobre las máquinas.

 

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