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El destierro de Barberá propició la llegada de Rajoy a La Moncloa

Mariano Rajoy Y Rita Barberá en una imagen de archivo

Gonzalo Cortizo

Mariano Rajoy entregó la cabeza de Rita Barberá a cambio de la presidencia del Gobierno. Fue una decisión meditada y que contó con la aprobación del Comité de Dirección del PP. Nada se hizo al descuido. “Había mucho en juego”, asegura un destacado dirigente de la formación conservadora. Rajoy dejó caer a Barberá para no discutir el pacto anticorrupción que Ciudadanos le impuso como condición para apoyar su investidura.

En los últimos días de agosto, mientras se sucedían las negociaciones los portavoces de Ciudadanos buscaban los micrófonos para aclarar que su acuerdo de Gobierno exigía la caída de la exalcaldesa de Valencia. En materia de nombres, ese era el precio: Rita Barberá. El PP decidió aceptar el pacto.

En su voluntad de marcar distancias con Baberá, el PP votó a favor de su reprobación “simbólica” en el Parlamento Valenciano. Los mismos que ahora la lloran registraron en las actas parlamentarias el desprecio por la veterana política.

Que Rajoy entregara la cabeza de Barberá tenía un valor simbólico: Ciudadanos demostraba su fuerza y Rajoy evitaba que fuera su propio nombre el que encabezase la lista de problemas para formar Gobierno.

Ahora las cosas han cambiado. El Partido Popular ha empezado a cuestionar el acuerdo firmado con los de Rivera. Desde Génova califican como injusto el punto que señala que un político deberá ser apartado de cualquier responsabilidad en el momento en el que sea imputado por un tribunal.

El Gobierno y el Grupo Parlamentario han empezado a filtrar la idea de que el caso estaba a punto de ser archivado. “Rita era inocente”, aseguran ahora en Génova. La idea dista mucho de acercarse a la realidad. El día que Barberá compareció ante Cándido Conde Pumpido, el magistrado advirtió a las partes de que tenían tres días para pedir la práctica de nuevas diligencias. El caso seguía en trámite de investigación y será fácil vislumbrar la larga lista de declaraciones que quedaban pendientes en el Supremo para aclarar la presunta comisión de un delito de financiación irregular.

La evidente culpa que empuja las nuevas estrategias del PP tiene su origen en el uso político que Rajoy obtuvo por su caída en desgracia: nada menos que la presidencia del Gobierno.

Esa culpa es lo que empujó al presidente a presionar al máximo para que el Congreso rindiera los máximos honores a la exalcaldesa con un “inusual” y polémico minuto de silencio. La muerte de Barberá trascendió pocos minutos antes del inicio de la primera sesión de control al Gobierno. Rajoy estaba en el hemiciclo y el hotel donde se había encontrado el cuerpo a apenas 50 metros de distancia.

“Si se hubiera muerto a las 12 de la mañana, nadie hubiera convocado un minuto de silencio”, asegura una veterana diputada. “La culpa del PP es evidente, porque Rajoy sabe que la dejó caer para no caerse él”, asegura la misma fuente.

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