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Novedad editorial

Por qué no nos representan: las raíces de todo

Extracto del libro Veinte Destellos de Ilustración Electoral y una página web desesperada (Ediciones del Serbal, 2014), de Jorge Urdánoz, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Pública de Navarra

"Estamos, en lo concerniente a nuestro diseño representativo, no en el reino de la razón; estamos en manos de la mentira, del entuerto y del subterfugio", afirma el autor

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El Congreso autoriza actividades paralelas a una nueva tanda de diputados con la abstención del PSOE

El Congreso de los Diputados. / Europa Press

Diseño bajo los sables

Últimamente en España se habla mucho del sistema electoral, pero a mi juicio el debate no se encuentra bien encauzado. Antes de comenzar a hablar de listas abiertas, de circunscripciones únicas o de distritos uninominales, hemos de aclarar qué queremos representar. Por eso –y aunque parezca que nada tiene que ver– yo estoy convencido de que todo debate riguroso sobre el sistema electoral tiene que empezar por la cuestión del Senado.

¿Es necesario que existan dos cámaras? Les propongo lo siguiente para entender qué es lo que hay en juego aquí: supongan ustedes un parlamento mundial. Todos los países del mundo representados en la ONU, cada país con un peso proporcional a su población. Bien, en ese parlamento China y la India tendrían un 40% de la representación. Juntas podrían decidir prácticamente todo lo que quisieran. ¿Les parecería razonable? ¿Ustedes creen que sería, a día de hoy, un buen diseño democrático mundial? No. Ningún país querría estar bajo la soberanía de ese parlamento, porque sería casi como estar bajo la soberanía de China e India. España tendría el 0.7% de cuota parlamentaria… ¿cederíamos todo el poder decisorio a una cámara así? No, por supuesto.

Eso que ocurriría en el planeta ocurre también, en una escala mucho menor y en un sentido muy distinto, en ciertos países. Países en los que existen diferentes sensibilidades sobre la propia pertenencia al país. Países con una estructura identitaria compleja. España es uno de esos países. Ya solo encontrar las palabras que describan la situación es controvertido. Para unos es un estado plurinacional, para otros una nación de naciones, para otros una nación con regiones, y, para los de más allá, un imperio con colonias.

Yo no voy a entrar ahí. Solo voy a decir algo obvio, demasiado obvio: hay que representar esa realidad. El PNV logra siempre aproximadamente un 1.2% del total de los votos al Congreso. Diluido en el total español, ese 1.2% no significa nada, carece de fuerza. Sería barrido en cada consulta parlamentaria. Pero ese 1.2% es la fuerza mayoritaria del País Vasco. No atender esa realidad es suicida, es injusto y es estúpido. Todos conocemos el nombre del último gran diseñador que desconocía cómo es España y que por tanto tuvo que gobernar ignorándola: Francisco Franco Bahamonte. Un diseño nada recomendable.

La constitución de 1978 fue consciente de todo esto. Y a día de hoy lo son todos los partidos de ámbito español, desde el PP hasta IU, por muchos matices que los separen. Excepto cuatro iluminados, nadie propone hoy ignorar la realidad territorial de España. Y, como no hay que desconocerla, entonces hay que representarla, esto es: hacerla presente en el diseño institucional. Por eso es tan importante que España tenga dos cámaras, y por eso lo que hay que reformar no es el sistema electoral, es otra cosa anterior y mucho más importante. Es el sistema representativo.

Cuando oigo a alguien hablar de “reformar el sistema electoral” y veo que únicamente se refiere al Congreso, sé que estoy ante alguien que no acaba de entender la cuestión. Por mucha simpatía que me despierte – y me la despierta toda – no puedo estar de acuerdo con él o con ella así, sin más.

El sistema electoral del Congreso es una vergüenza, en efecto. Es una pesadilla para millones de españoles que, en vez de poder decidir con toda la libertad del mundo “yo quiero que me represente X”, que es el que realmente les convence, se ven obligados a votar por otra opción. ¿Por qué? Porque saben que si votan X su voto no va a servir para nada. Pero, a la vez, al día siguiente de la jornada electoral descubren que el partido X logró muchos más votos que otros micropartidos, pero que los micropartidos tienen muchos más escaños que el partido X.

Esos micropartidos son todos ellos nacionalistas. Por eso es tan habitual escuchar comparaciones entre, por ejemplo, PNV y UPyD. En las elecciones de 2008, los resultados de ambas formaciones fueron los siguientes:

Comparativa de votos y escaños entre PNV y UPyD.

Comparativa de votos y escaños entre PNV y UPyD.

Esto, por supuesto, es indefendible. Es antidemocrático. Es, como hemos dicho, una vergüenza. Y, sin embargo, la culpa no es del Congreso.

La culpa es del Senado.

Y eso es lo que no acaban de entender los reformadores, y mientras no lo entiendan no creo que se pueda cambiar nada y, de hecho, es preferible que no se cambie nada.

En el Taller les he contado cómo se gestó el sistema electoral del Congreso. Una manipulación de manual, encima reconocida. Ustedes, de nuevo, pensarán: “qué vergüenza”. Bien, pues esperen a que les cuente cómo se fraguó el Senado. Eso sí que es una vergüenza.

Lo que ocurrió, a grandes rasgos, fue que tras la muerte del dictador la clase política franquista se vio obligada a hacerse el hara-kiri, y por tanto había que darle una salida. Una salida institucional. Un poco de poder, para entendernos. Algo para que no se revolvieran y agitaran el “ruido de sables”. “Ruido de sables” era la expresión de la época para aquello que todos temían que acabara sucediendo: otra dictadura militar. Otro golpe de estado por parte del ejército.

No sé si se han fijado en que, muchas veces, cuando una revolución derroca a una dictadura, al dictador se le concede rápidamente un asilo de oro en otro país. Otro país que puede ser una democracia: Estados Unidos, Suiza, etc. ¿Por qué no dejan al dictador en su país, para que sea juzgado y pague por sus crímenes? ¿Por qué se lo llevan a Suiza para que se pegue la gran vida con lo que ha robado? Pues miren, porque el mundo es, en muchas ocasiones, una enorme mierda. Y cuando el mundo es una enorme mierda, hay que elegir el menor de los males. El menor de los males puede ser muy injusto. Puede ser una mierda. Pero es la menor mierda posible.

Por eso es mejor sacar del país al dictador. Si al enemigo le pones un puente de plata, huye. Y un dictador es mejor que huya, porque, si se va, todo su bunker se descabeza y la cosa se viene abajo. Pero si el dictador se queda, resiste. Y resiste precisamente porque sabe que lo van a juzgar. Así que, si se queda, las posibilidades de una guerra civil son mucho mayores. Y una guerra civil es una de las mayores mierdas que existe, si no la mayor, y siempre es mejor elegir otras mierdas menores.

Nuestra transición fue (relativamente) incruenta, y eso es algo que causó admiración en el mundo. Las transiciones no suelen ser así. Pero que fuera incruenta y mil veces mejor que un golpe militar no quiere decir que no hubiera nada de mierda. Por supuesto que la hubo. Y, ¿saben?, esa mierda ocurrió hace más de 35 años. Y yo creo que los españoles no nos merecemos que nos siga salpicando. Porque nos sigue salpicando. Porque es esa mierda de hace 35 años la que explica que al PNV se le trate mil veces mejor en el congreso que a UPyD o que a IU.

Y, si no lo entendemos, no vamos a poder cambiarlo.

Sobre el papel el Senado es, en la constitución de 1978, una “cámara de representación territorial”. Pero todos los actores de la transición entendían que aquello era mentira, una mentira necesaria. El Senado fue una pieza de caza que se ofreció a los franquistas. ¿Para qué? Para calmar a la bestia. A la clase franquista no se le podía poner un avión a Suiza, aquí las cosas ocurrieron de otro modo. Lo que se le puso fue, entre otras cosas, una cámara representativa. Se le puso el Senado.

Y por eso el Senado carece de poder. Porque, en la medida en que se diseñó para alojar en la nueva democracia a la clase política de la dictadura, la oposición exigió – con toda la lógica del mundo - que careciera de funciones. De nuevo aquí resulta revelador el testimonio de Oscar Alzaga. Él mismo cuenta que, negociando la cuestión del Senado con la oposición democrática durante la elaboración de la constitución, el mensaje que recibió fue este: “pongan ustedes, seño­res de UCD, la composición que quieran, siempre y cuando el Senado no pinte gran cosa”.

Pero eso, que tuvo su justificación prudencial, de nuevo se constitucionalizó. Y, al constitucionalizarse, se eternizó: no se puede cambiar. La frase más reveladora que yo he escuchado sobre el Senado no es el habitual “no sirve para nada”. Ese “no sirve para nada” es trivial. Quiero decir que no es algo que coree una manifestación del 15M, que escriba un pensador radical y antisistema o que exclamen los partidarios de la revolución. Esa frase es tan obvia, tan corriente, tan baladí que la pronuncian los senadores en activo, tranquilamente. Todos los días, en los periódicos. Es algo que ni llama la atención. Se sabe y se reconoce: “esto no sirve para nada”. En efecto. Pero ya les digo que eso no es lo más revelador.

Lo más revelador es esta afirmación de Juan José Laborda, que fue presidente del Senado y sabe bien de qué habla. Cito textualmente: “aunque no perderíamos nada, cerrarlo es igual de difícil que reformarlo”. Es decir, el Senado no solo es inútil, ¡es obligatorio! ¿Por qué? ¿Por qué no echamos la persiana y ya está? Pues está claro: sería inconstitucional. La constitución de 1978 nos obliga a tener Senado, nos guste o no. Tenemos que pagar los gastos de 263 senadores, los de los 400 funcionarios que trabajan para ellos y los del palacio de Madrid en el que se alojan todos. ¿Para qué? Para nada. ¿Por qué? Porque lo dice la constitución.

Incesante y fatal

Así que, como España en el poema de Borges, el Senado se ha convertido en algo incesante y fatal. Una desgracia que no nos podemos quitar de encima ni aunque queramos. Es grotesco, es esperpéntico y es demencial. Pero, de nuevo, no es lo peor. Lo peor no es que tengamos un Senado absurdo y que estemos obligados a tenerlo y por tanto a mantenerlo. Lo peor es que, como no tenemos un Senado de verdad, entonces es el Congreso el que tiene que hacer de Senado. Es decir, lo peor no es lo caro que nos sale el Senado en términos de dinero, por mucho que duela – más ahora – tirar millones a la basura. Lo peor, lo irreparable, lo verdaderamente perjudicial y malsano es lo caro que nos sale el Senado en términos de diseño. De diseño democrático. Porque en España necesitamos un Senado. Uno de verdad, claro, y no la patraña absurda y obligatoria que tenemos ahora.

Es probable que ustedes no sepan gran cosa del sistema electoral del Senado porque, claro, nadie habla de él… ¿para qué? Bueno, pues miren: para el Senado se ideó un sistema electoral de traca. Pero de traca verbenera, de lo que no hay. Surrealista. El sistema “3 a 1”. Los politólogos no le llaman así, claro, pero yo quiero que me entiendan, así que aquí lo vamos a llamar así: el sistema “3 a 1”. ¿Por qué? Porque eso es lo que hace: en cada provincia salen elegidos 3 senadores del partido más votado y 1 del siguiente partido más votado. Ese 3 a 1 se repite en todas las provincias (excepto algunas islas y Ceuta y Melilla, pero, con su permiso, nos las saltamos). Fíjense: 3 a 1, no falla. Me juego lo que quieran a que su provincia tiene 3 senadores de un partido y 1 de otro. Y a que ha sido así en todas las elecciones desde 1977.

No me voy a molestar en describir cómo se logra ese 3 a 1 (por cierto: el mecanismo incluye las famosas “listas abiertas”, luego diré algo sobre ellas). Se logra y ya está, y por supuesto los manipuladores eran muy conscientes de ello. De hecho, y como no puede ser de otra manera, lo idearon así a propósito.

¿Por qué les interesaba el 3 a 1? ¿Y por qué de nuevo la circunscripción es la provincia? Ya lo hemos dicho: porque el Senado era un trozo de poder que se le ofreció a la clase franquista. Así pensaron que saldrían muchos senadores de los suyos. 3 por cada provincia para nosotros - porque damos por hecho que vamos a ganar nosotros, claro – y 1 para el que quede detrás. 50 provincias por 3 = 150 senadores. Un buen pedazo del pastel.

¿Les salen las cuentas? Tengan en cuenta que los procuradores franquistas eran 531. Si el congreso iba a tener 350 escaños, y no todo iba a ser para ellos… ¿qué iba a pasar con todos esos próceres de la dictadura? Había que ofrecerles algo. Y para eso se ideó el 3 a 1. Un sistema electoral tan absolutamente estrafalario que no existe en ninguna otra parte del planeta… ¿quién va a querer elegir algo así? ¿Qué otro objetivo que no sea “ofrezcamos algo a esta gente” puede justificar un sistema electoral “3 a 1”? Porque recuerden: primero va el objetivo, el “para qué”, y luego viene la criatura.

Y el Senado sigue, a día de hoy, en pleno 2014… ¡funcionando con el sistema electoral ideado para generar senadores para la clase franquista! El sistema 3 a 1 se ideó para eso, pero seguimos votando con él cada 4 años ¿Ustedes entienden algo?

Pero volvamos al Congreso. A veces se escucha eso de que los partidos nacionalistas están sobrerrepresentados en el congreso. Es mentira. Los que están sobrerrepresentados son los dos grandes: PP y PSOE. No dejen que les engañen. Es algo matemático.

Si yo solo les muestro la tabla anterior, en la que comparaba al PNV con UPyD, les estoy manipulando. Les estoy enseñando solo las partes de la realidad que a mí me interesa enseñarles para que lleguen a las conclusiones que a mí me interesa que lleguen. Pero miren la tabla completa para las últimas elecciones, las de 2011:

Resultados electorales de las generales de 2011.

Resultados electorales de las generales de 2011.

Es evidente donde está el grueso de la distorsión: en los partidos de ámbito estatal. Los dos grandes estatales roban a los pequeños estatales. Lo de los nacionalismos son migajas. El chocolate del loro. Pero lo del PP y del PSOE es otra cosa: es enorme y constante. Elección tras elección son ellos los sobrerrepresentados. Adquieren siempre, en conjunto, unos 35 escaños que no les corresponden. 35 escaños que los ciudadanos en ningún caso les han otorgado. Se los ha otorgado el sistema electoral, los cuatro jinetes de la manipulación electoral. Los cuatro jinetes que ellos mantienen en sus establos, bien cobijados en la constitución.

Simplificando mucho, el sistema electoral español arroja una liga en la que hay tres grandes divisiones. En la tercera división, la de abajo, están los partidos estatales pequeños, IU y UPyD. Son los grandes perdedores. Se les arrebata casi todo y por tanto generan distorsión. Y recuerden que, si hay distorsión, alguien se la queda. En la segunda división están los nacionalistas. Estos ni pierden ni ganan, se encuentran representados de modo casi proporcional. Ni comen ni son comidos. Y en la primera división están el PP y el PSOE. Son los que se apoderan de la distorsión. Se comen a los pequeños estatales de la tercera división. Eso es todo.

Así que, cuando alguien les diga que los nacionalistas están beneficiados, sepan que ese alguien no acaba de enterarse. Les va a comparar la tercera división con la segunda y les va a decir: “¡miren qué injusticia!”. Pero si hace eso oculta la verdadera injusticia, la clave del sistema, que es la de la primera división. No solo porque solo son el PP y el PSOE los que están verdaderamente beneficiados, sino porque son ellos, y no los nacionalistas, los que roban a los otros estatales.

Pero retomemos el hilo. El sistema electoral del Congreso no beneficia a los nacionalistas, pero sí que les representa. Les representa –en general– de modo bastante proporcional. Y eso sí es raro, porque lo cierto es que la mayoría de ellos no es que sean pequeños, es que son liliputienses. Y en las cámaras parlamentarias como el Congreso de los Diputados no debería haber liliputienses. Lo habitual en el panorama internacional es que a todo partido se le exija cierta entidad para poder estar representado en una cámara como el Congreso. Por ejemplo, un 3% de los votos. O un 5%. Porque, claro, a la proporcionalidad hay que ponerle un límite. Si no, me presento yo, me voto a mí mismo, y habría que darme mi parte proporcional, habría que darme un 0.000001% del parlamento. Y eso obviamente no puede ser. ¿Dónde ponemos el límite?

Aquí, en la cuestión del límite, se evidencia uno de los rasgos más absurdos del diseño representativo que padecemos. Legislatura tras legislatura, en el Congreso se sientan más partidos nacionalistas que en el Senado. Es decir: en la cámara supuestamente territorial, los nacionalismos lo tienen difícil. Pero en la que supuestamente representa a los ciudadanos, los nacionalismos entran. Entran un montón de liliputienses que ni siquiera tienen un 1.2% de los votos. Y los ciudadanos que votan a otras opciones estatales con muchísimos más votos se ven privados de representación.

De nuevo, el mundo al revés.

¿Y por qué ocurre todo esto? Pues es evidente. Porque el sistema electoral del Senado no se diseñó para representar a los territorios: se diseñó para generar senadores franquistas. Y porque el sistema electoral del Congreso no se diseñó para representar a los españoles: se diseñó para que UCD ganara las elecciones. Y ambos diseños se plasmaron en la constitución. Y siguen vigentes. Así que estamos obligados a funcionar con un diseño institucional kafkiano: el Senado no sirve, y el Congreso se ha de ocupar de sus funciones. Tiene que representar a los territorios y tiene que representar a los ciudadanos. Es imposible.

¿Y por qué, en 35 años, todo esto no se ha cambiado? Pues, a mi juicio, por una razón evidente. Una razón que conocemos bien, la hemos visto en el Taller de manipulación. Se la recuerdo:

La ley de los cazadores electorales es muy simple. Enuncia dos verdades. Una es irrefutable, la otra es humana. La irrefutable dice: los políticos que pueden modificar la ley electoral son los que están en el poder, y por tanto han sido elegidos por esa misma ley electoral, lo que quiere decir que muy probablemente esa ley electoral les ha beneficiado. La humana declara: ningún político va a modificar voluntariamente una ley electoral que le beneficia.

Y por eso, desde hace 35 años, en lo que estamos, en lo concerniente a nuestro diseño representativo, no es en el reino de la razón. Estamos en el reino de Disolución, cuarto jinete de la manipulación electoral, señor del engaño y maestro de la confusión. Estamos, por tanto, en manos de la mentira, del entuerto y del subterfugio. Sigan leyendo, se lo demuestro.

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