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La Audiencia ha decidido...

Esta frase que Mercedes Milá popularizó cuando anunciaba las votaciones del público en el programa 'Gran Hermano' la usamos mucho como chiste en el trabajo cuando se está a la espera de la resolución de un asunto peliagudo. Por una cruel ironía del destino, la causa que se está instruyendo en Santiago sobre una niña va a tener también mucha relación con la telerrealidad.

Hace bien poco he tenido mi primera experiencia seria con un tribunal del jurado. Hasta el momento, había tenido algunos asuntos de los que se llevan por los trámites de la Ley Orgánica 5/1995, de 22 de mayo, de Tribunal del Jurado, pero habían terminado antes de llegar a juicio. Al igual que en el comienzo de Algunos hombres buenos, asuntos de diez minutos de negociación y dos semanas de papeleo. Bueno, algo más de dos semanas, que esto es España. O no. O qué sé yo.

Pero en este país, y películas aparte, no se puede llegar a una sentencia de conformidad cuando el delito enjuiciado conlleva una pena mínima superior a seis años de prisión. Así que, con homicidios consumados y asesinatos, hay que llegar a juicio. Con un jurado, salvo que la finalidad del autor fuera cometer otro delito de los no comprendidos en el catálogo de la Ley Orgánica, que determine la competencia de un tribunal profesional.

El primer trámite que marca la ley, una vez iniciada la fase de juicio oral, es el de selección de los miembros del tribunal, 36 candidatos escogidos de una lista previa, de los que han de quedar nueve titulares y dos suplentes. Tras un sorteo inicial, a los agraciados se les hace una serie de preguntas, bastante estereotipadas, para indagar si son idóneos, y después las partes pueden recusar libremente hasta a cuatro de ellos. Porque los consideran demasiado predispuestos a absolver, o a condenar, según sea el signo de quien recusa. Generalmente, se comienza preguntando si han tenido conocimiento del caso por los medios de comunicación, ya que este tipo de juicios son carne de titular. Es decir, si se han formado ya una opinión sobre el caso, si están “contaminados”.

De los ciudadanos particulares llamados a formar parte de un jurado, obviamente, no se esperan conocimientos jurídicos, sino justamente lo contrario. Se busca la mirada sin malear del ciudadano lego en leyes, que simplemente vea las pruebas, escuche al fiscal y a los abogados, y luego se pronuncie sobre si considera los hechos suficientemente acreditados, o lo contrario. Si el acusado es culpable o no.

Así que cada vez que enciendo la tele, abro un periódico o consulto las noticias en internet, me pregunto por el asunto de Galicia. Esa niña que apareció muerta. Esos padres imputados. Y esos medios de comunicación que, tras la excusa de ofrecer una información veraz y de interés público, dedican horas y horas de emisión, páginas y más páginas, de papel o de bytes, a discutir sobre hechos, evidencias, investigaciones y casquería varia. Me devano los sesos intentando imaginar esa instrucción que finaliza, esa acusación que se formula, y ese día en el que, en un Palacio de Justicia, se reúnan 36 ciudadanos normales y corrientes, llamados a participar en la gran ceremonia de la Justicia emanada del Pueblo:

–¿Ha sabido algo de los hechos que se juzgan aquí, por los medios de comunicación, o de alguna otra manera?

–Bueno, pues no mucho, la verdad.

¿Cómo que no mucho? ¿De verdad es posible imaginar 36 personas, escogidas al azar, de entre el censo electoral, que no hayan sido bombardeadas hasta la saciedad por este asunto? Estamos hablando de ciudadanos que no se hayan levantado cada día, durante semanas, viendo y oyendo cada uno de los pormenores de esa familia, de sus supuestos apuros económicos, de sus problemas psicológicos, de la peluquería a la que fueron o de la farmacia en la que compraban los medicamentos. Esto es, que no hayan visto al instructor del caso, al comisario de policía o al hombre que encontró el cuerpo, largando en televisión, frente a un micro de Ana Rosa, de Espejo Público o de Informe Semanal.

A los jueces profesionales se les presupone callo mediático. Que estén acostumbrados a ver destripar en la prensa los asuntos que despachan y, también, a no reconocerlos. Algo así como ignorar el 'efecto Lobato' cuando ves un evento deportivo y escuchas al periodista forofo que lo narra y te preguntas si está viendo la misma retransmisión que tú o una partida en la PlayStation de su sobrino.

A los jurados no se les puede exigir eso. Encarar los hechos sin el filtro emocional que proporciona el oficio, la costumbre. No me malinterpreten, no soy un detractor furibundo de la institución del jurado. Lo fui, hace tiempo, cuando todo mi conocimiento de la práctica judicial venía de los libros que estudiaba. La experiencia, propia y ajena, me ha curado de ese escepticismo. He visto veredictos tan fundados y sólidamente razonados como los de cualquier tribunal con lustros de experiencia. O más. Mejor todavía, he visto candidatos a jurados, reticentes a perder una semana encerrados en una sala de juicios, que han terminado con una opinión mucho más positiva de la que ellos mismos hubieran imaginado respecto a lo que se cuece en esa sala.

Pero no seamos ingenuos. Hay asuntos de perfil discreto, de esos que ocupan las páginas interiores de un diario de provincias los primeros días de la instrucción y caen luego en el olvido de las hemerotecas. Y están los casos de la tele. Los casos mediáticos: José Bretón, Dolores Vázquez... Unos acusados son culpables; otros, inocentes. En un mundo ideal, sobre los primeros debería caer todo el peso de la ley y los segundos tendrían que salir del tribunal completamente exonerados de cualquier duda que se hubiera generado sobre su persona.

En cambio, en esta realidad televisada en la que vivimos instalados, todos ellos tienen algo en común. Cuando el funcionario les llama para entrar en sala y sentarse junto a su abogado, lo que oye el subconsciente del jurado es lo que cuenta esa anécdota apócrifa sobre las palabras con las que cierto juez pedía que trajeran al acusado: “Que entre el condenado”.

Y eso no es Justicia. Al menos, no como me la enseñaron a mí.

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