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Banderita

La polémica absurda de esta semana está siendo la gansada de Dani Mateo, uno de los cómicos más brillantes de la actualidad, en “El Intermedio”, el programa de La Sexta. Allí, claramente supeditado al discurso, a veces pelín demagogo, de El Gran Wyoming, el otro día hizo el ademán de limpiarse los mocos con una bandera de España.

Y ya está el lío montado, claro. Porque en este país en el que el azar quiso que naciéramos, o llegáramos a establecernos, lo del trapo colgado de un mástil tiene su cosa.

Como ya saben, los “ultrajes” a España, sus símbolos o emblemas, están tipificados en el Código Penal, en un artículo heredado de 1973, con el numeral 543. No crean que es algo terrible, la pena no es más que de multa, y teniendo en cuenta los criterios de los jueces a la hora de regular sus cuotas, seguramente salga más barata que cualquier sanción administrativa. 

Pero te conviertes en “investigado” en un proceso penal, y si te condenan, llevas el estigma de los antecedentes penales, que es una espada de Damocles. Por ejemplo, te puede fastidiar unas oposiciones.

Sin embargo, ¿ultrajó Dani Mateo a la bandera? Depende. En primer lugar, de lo fina que tengamos la piel patriotera. Que no patriota. En segundo, de si alcanzamos a distinguir realidad de ficción. Dani Mateo “fingió” sonarse los mocos. Lo mismo que si finge darle una paliza a su jefe, no lo procesarían por un delito de lesiones inexistente, aquí tampoco existió el supuesto hecho punible. Estamos hablando de ficción, de un personaje interpretando un papel, en un programa de humor. 

Sin embargo, hasta las más altas instancias se han hecho eco del incidente. Nada más y nada menos que el community manager de la cuenta de Twitter de la Guardia Civil, aludía “de pasada” al respeto debido a la bandera. Y a lo bonita que es.

 

Ejem. Recordemos que la enseña de los reyes españoles era otra hasta hace unos siglos, momento en que se decidió usar unos colores que manejaban en la Armada, porque eran tan chillones que se veían a millas náuticas. O sea, básicamente, y en términos estéticos, se adoptó el rojo y gualda porque es hortera cual runner enfundado en ropa fosforito.

Pero no nos desviemos de la cuestión. Como ya mencioné en otra ocasión, si algo envidio de los estadounidenses es su relación con la bandera. Ya saben, es un símbolo omnipresente en su sociedad, y encima tiene tan buen gusto en la combinación de colores, que hasta algunas señeras marcas de ropa la usan, e incluso su esquema cromático ha sido adoptado por países que no son precisamente sus aliados, como Cuba. 

Pero claro, hay que tener en cuenta que son un país de aluvión, formado por gentes llegadas de todas partes del mundo. Entre otras cosas, porque a pesar de nuestro secular complejo patrio de inferioridad, ellos no dejaron mucho habitante nativo con vida, y con algo había que repoblar, mientras que un porcentaje altísimo de la población hispanoamericana lleva parte de sangre indígena, ya que nosotros no los exterminamos, aunque los concursantes de OT crean que sí.

En cualquier caso, los USA tienen la ventaja de que ningún dictador fascista se apropió de la enseña nacional hasta asociarla a su régimen de tal manera que, cuarenta años después de su muerte, exhibir esos colores los retrotraiga mentalmente a las épocas de su dictadura. Aunque no sé si eso sobrevivirá después de Trump.

En cualquier caso, y pese a ese amor por las barras y estrellas, su Corte Suprema, la federal, la que manda en todo el territorio, tiene dictaminado desde hace décadas que hacerle cualquier guarrerida diodenal a la bandera, incluyendo quemarla, es consustancial a la libertad de expresión. Y que el hecho de que al Gobierno federal no le guste, es precisamente una manifestación de esa libertad: la de poder decir lo que no es plato de gusto para todo el mundo.

Tengo serias dudas de que, tras la ratificación del nuevo presidente del Supremo, y con una mayoría ultraconservadora, muchas de esas libertades de la “tierra de los valientes” resistan a un embate de recursos de los bufetes de abogados al servicio de los lobbys próximos al Tea Party. Pero, de momento, es así.

¿Cual es mi posición? Nací español, pero por un lustro de diferencia podía haber sido francés, así que soy consciente de la chiripa que supone la nacionalidad. En cualquier caso, intento abstenerme de fanatismos. Es la bandera de mi tierra, así que la respeto, y procuro defenderla cuando represento a mi país. Mayormente, porque bajo esa bandera, desprovista del aguilucho preconstitucional, se constituyó un régimen muy imperfecto, pero que me permitió tener una educación accesible, una sanidad pública envidiable, y cuando mi padre se quedó en paro, unas prestaciones de desempleo dignas que me permitieron terminar la carrera. No porque, en 2010, un zapatazo de un pequeño genio del fútbol nos hiciera campeones del mundo. Aunque también, qué narices.

Así pues, ni tanto, ni tan diverso funcional capilar, o sea, calvo. A la derechona y al CM de Guardia Civil, les recordaría la cuestión de la libertad de expresión, que es precisamente que alguien pueda decir lo que no te gusta oír. A cierta izquierda, que no hay porqué abominar de los colores que, coyunturalmente, son la bandera de tu país. Recuerden al difunto Fidel Castro y a Nicolás Maduro, enfundados en sendos chándales con los colores de su bandera respectiva. Y respecto a los nacionalistas periféricos, que tanto celebran la gracieta, recuerden: limpiarse el culo con la ikurriña, o echarle un gargajo a la senyera, tienen exactamente la misma protección en el Código Penal que hacerlo con la rojigualda. Con la estelada no, lo siento, que no es oficial. Y ya que estamos, con la de la II República (que no “la republicana”), tampoco. En cualquier caso, creo que estamos retrocediendo décadas en cuanto a tolerancia con el sentido del humor, y a las pruebas me remito…

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