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Cowboy in the lobby

La publicidad de casas de apuestas es fácilmente asequible a los menores en Internet, y a pie de calle, en establecimientos que proliferan como chinches en un cánido poco aseado 

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Foto: Pixabay

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En una magnífica película de 1999, “El dilema” ( “The insider”, Michael Mann), Russell Crowe interpreta magistralmente a un ejecutivo de la industria tabaquera que descubre el aditivo del tabaco que lo hace una droga tan adictiva. Su decisión de hacerlo público le acarrea la ruina personal.

En aquel entonces, el lobby de las industrias tabaqueras era omnipotente, y podemos comprobarlo en otros productos de la ficción televisiva, como “Mad Men”, serie de la que, lo confieso, no pude pasar del sexto capítulo. Pero ya en el episodio piloto se veía a madres gestantes fumando, vagones de trenes de cercanías apestando a humo, y la trama versa sobre el origen del mítico lema de la marca de cigarrillos “Lucky Strike”, inventado según el guión por el protagonista, Don Draper (John Hamm, el hombre al que, según las revistas de tendencias, todos debíamos querer parecernos), para sortear la prohibición de ensalzar las virtudes del tabaco en la publicidad.

Aun hoy, con las inmensas restricciones a la publicidad del tabaco, los impactantes mensajes gráficos que lo único que hacen es fomentar la venta de pitilleras, y una sensibilidad social radicalmente opuesta, el tabaco es legal. No es una de las sustancias estupefacientes o psicotrópicas cuya elaboración está perseguida en los tratados internacionales suscritos por España, y que obligan a incluirlo entre los delitos contra la salud pública de los artículos 368 y siguientes del Código Penal. Y esto se lo dice un fumador irredento.

Me vino hoy a la memoria esta cuestión, al hablar con un compañero de trabajo, que se quejaba de la voluntaria y lucrativa participación de famosos actores y deportistas en la publicidad de otra droga legal, no letal, pero absolutamente demoledora para la vida de las familias, sobre todo, las de escasos recursos. Se trata del juego. 

Es algo omnipresente en la publicidad de medios de comunicación, fácilmente asequible a los menores en Internet, y a pie de calle, en establecimientos que proliferan como chinches en un cánido poco aseado. Pero selectivamente. En este estremecedor artículo de Antonio Maestre, para mí uno de los grandes periodistas de datos de la actualidad en España, se puede ver cómo se concentran en los barrios de extracción humilde. Como la heroína, cuando dejó de ser una tontada de pijos que imitaban a Lou Reed, y llegó a los poblados chabolistas como una plaga bíblica. 

En ese momento, recriminando a los famosos que, al sonar del canto de un euro rodando, venden su integridad personal en los anuncios de juego on line, mi compañero se refirió a ellos como “los cowboys de Marlboro del Siglo XXI”. 

Los más jóvenes no lo recordarán, pero hubo un tiempo en el que un übermacho ataviado con sombrero “stetson”, pañuelo al cuello, a lomos de brioso corcel, invitaba a la audiencia a venir “al país del sabor”. Que no era otro que el de las cajetillas rojas y blancas. Años después, el viril vaquero, protagonizó otro anuncio idéntico, pero de mensaje muy distinto: “Bob, tengo enfisema pulmonar”. Efectivamente, tres de los actores que habían encarnado al vaquero de los pitillos habían acabado pereciendo de enfermedades asociadas al tabaquismo.

Pues bien, debemos indagar en las causas jurídicas que subyacen a un fenómeno social tan preocupante, lo mismo que la revocación por el Tribunal Constitucional de la Ley del Suelo, y su posterior reelaboración por el primer gobierno de Aznar, fueron el fuelle que infló la burbuja inmobiliaria que nos estalló en la cara en la segunda mitad de la pasada década.

A punto de ser desalojado del Gobierno, el PSOE dejó publicada una ley de regulación del juego, que pretendía dar cierto cauce normativo al creciente fenómeno de las páginas de apuestas y juegos de azar en Internet. Era la Ley 13/2011, de 27 de mayo, de regulación del Juego. No obstante, una de sus previsiones legislativas más importantes, el artículo 7, que regulaba la publicidad, debía ser desarrollada mediante reglamento antes de que se concedieran las primeras licencias, que comenzaron a otorgarse en 2012, ya con el Partido Popular instalado en el poder. Sin embargo, como pueden comprobar, cinco años después dicho reglamento seguía sin dictarse, ni se le esperaba.

¿Y por qué? Hagamos un poco de retrospectiva. En marzo de 2004, un inesperado giro de la política desalojó al PP de la Moncloa. Lejos de la agradable sombra del poder, un cuarentón llamado Rafael Catalá Polo, político de perfil bajo hasta entonces, pasaba al consejo de administración de una de las multinacionales del juego, Codere. Allí se mantuvo, bien a gustito, hasta que el 20 de noviembre de 2011, desgastado por la nefasta gestión de la crisis económica, José Luis Rodríguez Zapatero cedía el testigo a un exultante Mariano Rajoy. Al poco tiempo, Rafael Catalá dejó el sector privado, con un cordón umbilical firme en forma de presidente de su fundación (que manda narices), y terminó en el Ministerio de Justicia, al principio como segundo de a bordo, y con mando en plaza tras la dimisión de Alberto Ruiz Gallardón. 

No quisiera ser yo quien hiciera osadas afirmaciones sobre la inacción del Gobierno del PP en torno al desarrollo del artículo 7 de la Ley del Juego, que ha dado manga ancha a la extensión de esta epidemia. Pero creo que son ustedes suficientemente inteligentes para atar cabos, ¿no? 

Así pues, al acompañante de Pablo Casado en las reuniones con asociaciones de jueces y fiscales no sólo le debemos uno de los más nefastos artículos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el famoso 324, sino que nos ha dejado una herencia mucho mayor. Mucho más dañina. Quizás cueste una generación erradicar el daño causado. Pero para entonces, no creo que le encontremos para rendir cuentas.

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