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La maldición

La importancia del Consejo Fiscal es que vendría a ser el reflejo del Consejo General del Poder Judicial, salvo por dos diferencias fundamentales, una positiva y otra negativa

La primera, es que es democrático. Lo que oyen. La segunda, una de cal y otra de arena, es que sus funciones son meramente consultivas

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Dice una antigua maldición china: “Te condeno a que vivas en tiempos interesantes”.

Aunque, quizás, no tenga tal origen, porque la primera vez que la oí (en realidad, la leí), fue en un cómic de Conan el Bárbaro. En tal caso, sería más apropiado decir que se trata de una leyenda de Khitai. 

De cualquier manera, lo que viene a decirnos la sabiduría ancestral, real o “invent”, es que, cuando la cosa está movidita, es mejor no estar en el radio de acción del huracán, por si salpica. Bueno, debe de ser que me va la marcha, porque no soporto el tedio, y a mí nunca me ha parecido tal maldición.

La cuestión es que, hace ya cuatro largos años, dediqué un artículo a explicarles algo de lo que muy poca gente habla, incluso tratándose de juristas, pues ignoran su existencia o funcionamiento. Se trata del Consejo Fiscal, el máximo órgano asesor del Fiscal General del Estado en materia de nombramientos, régimen disciplinario y otras materias. Para cuestiones de índole teórica y doctrinal hay otro órgano, una especie de “consejo de sabios”, que es la Junta de Fiscales de Sala, y un think tank, que es la Secretaría Técnica.

Pero la importancia del Consejo Fiscal es que vendría a ser el reflejo del Consejo General del Poder Judicial, salvo por dos fundamentales diferencias, una positiva y otra negativa.

La primera, es que es democrático. Lo que oyen. Ningún partido político, mayoría, minoría o grupo de presión pinta nada en la elección de tres cuartas partes de su composición, sino que son todos los fiscales, los cerca de 2.800 de la carrera, los que son llamados a las urnas cada cinco años.

La segunda, una de cal y otra de arena, es que sus funciones son meramente consultivas. La última palabra la tiene siempre el Fiscal General. En mi humilde opinión, una Fiscalía verdaderamente autónoma y libre de injerencias del Ejecutivo pasaría por un Fiscal General sometido al voto vinculante del Consejo. Sin embargo, aun sin ser de obligado cumplimiento, sus dictámenes tienen gran importancia, ya que resulta poco presentable que el FGE desoiga el clamor mayoritario de la carrera. Aunque ha pasado, por supuesto, con gobiernos de uno y otro signo. En tiempos de Jesús Cardenal, fue nombrado Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional Eduardo Fungairiño, con el voto en contra unánime del Consejo. Nadie le votó. Y al revés, el nombramiento de Luis Navajas como Fiscal de Sala recibió el voto unánime a favor, y aun así, estuvo a un pelo de frustrarse. El ministro de la cosa en aquel entonces era Jose Mª Michavila, ya saben, ese fervoroso católico de misa diaria, que luego no ha tenido ningún reparo en vivir en pecado con una mujer divorciada, allá cada cual con sus creencias, o en compatibilizar su acta de diputado con la llevanza de los asuntos legales de Alejandro Sanz y Shakira, y eso sí que es de juzgado de guardia, con perdón. 

El caso es que Mister Coherencia 2003 consideraba que Navajas era “demasiado independiente”, ya que no se le conocía adscripción a ninguna asociación profesional, y su actitud como jefe de la Fiscalía de Guipúzcoa no auguraba precisamente seguidismo partidista. Recordemos que el candidato puso patas arriba el cuartel de Intxaurrondo, al ser el primero que investigó las andanzas del infame general Galindo, en una actuación que ha terminado por ser el Santo Grial de la historia de la Justicia en España: el famoso, nunca visto y oficialmente extraviado “informe Navajas”.

Pero volvamos a su elección: finalmente, el Consejo presionó, y aunque Michavila trató de escudarse en la coartada de elegir a una mujer para el cargo, Pilar Jiménez Fernández Valcarce, Navajas fue también nombrado Fiscal de Sala del Tribunal Supremo. ¿Cómo? Pues creando dos puestos donde sólo había previsto uno.

Lo cual me lleva a una cuestión que les he dejado en el aire, la de las tres cuartas partes electas del Consejo y la cuarta no electa. Su composición es de doce personas, pero tres de ellas son “nativas”. Eso significa que forman parte del mismo porque así lo ordena la ley, en este caso, el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal. Se trata del propio Fiscal General, como es obvio; del Fiscal Jefe de la Inspección, lo que también tiene su lógica (tratándose de un órgano que depura las responsabilidades disciplinarias que investiga dicha Inspección), y del Teniente Fiscal del Tribunal Supremo, el número uno del escalafón de la carrera. Efectivamente, si el Fiscal General es un nombramiento político, que no tiene por qué ser fiscal (el actual, Sánchez Melgar, proviene de la Sala 2ª del Tribunal Supremo, o sea, es juez de carrera), la máxima posición a la que se puede llegar en la carrera fiscal por simples méritos profesionales es la de Teniente del Supremo.

Bien, el caso es que, por cuestiones de aritmética electoral y de composición sociológica, tradicionalmente las elecciones al Consejo han tenido un resultado inamovible: seis consejeros para la Asociación de Fiscales (la denominada “conservadora”) y tres para la UPF, la Unión Progresista de Fiscales, al menos, desde que ésta existe. La APIF, Asociación Profesional e Independiente de Fiscales, tercera en discordia, queda como eterna aspirante. Por ello, en tiempos de Cándido Conde-Pumpido como Fiscal General, claramente alineado con la UPF, como uno de los fundadores de Jueces para la Democracia (el equivalente en la carrera judicial), hubo también nombramientos y decisiones a la contra de la mayoría del Consejo, que siempre ha sido de la AF. Ya les he dicho que esto ha funcionado siempre en las dos direcciones.

En esta última “fiesta de la democracia” fiscal, inicialmente, se había repetido el patrón de 6 a 3, pero con una diferencia cualitativa. No, el foro de fiscales creado en Internet no ha tenido nada que ver, o sí, o yo que sé. Pero el caso es que dos de los tres consejeros de la UPF han quedado entre los tres más votados globalmente, y la cuarta candidata de dicha asociación se quedó a las puertas de conseguir silla. De hecho, el resultado global apenas separaba a ambas asociaciones por unas decenas de votos, lo que vaticinaba un “sorpasso” generacional a medio plazo, quizás para la próxima convocatoria electoral.

Pero no ha hecho falta esperar. Resulta que el recuento estaba mal hecho, y una vez revisado, uno de los seis vocales de la AF ha perdido su asiento en el Consejo en favor de la cuarta candidata de la UPF. Es decir, la correlación de fuerzas entre los nueve electos queda 5 a 4. ¿Y que pasa con los nativos? Pues poco les puedo decir del FGE, ni del Fiscal Inspector, aunque el primero ya se ha mostrado rebelde en algún nombramiento, y del segundo se habla en los términos más elogiosos por compañeros que son cualquier cosa menos tibios en sus críticas al poder establecido. Pero el Teniente Fiscal del Supremo, el nº 1 del escalafón de la carrera y que puede romper muchos empates, es Luis Navajas Ramos. El "demasiado independiente".

Se acabó el rodillo visto en votaciones como las que llevaron a Manuel Moix a la jefatura de la Fiscalía Anticorrupción y a Jesús Alonso a la Fiscalía de la Audiencia Nacional.  Como les decía, se avecinan tiempos interesantes.

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