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La vivienda en España: de burbuja en burbuja

El relato oficial de la crisis convierte la debacle financiera global, iniciada en Estados Unidos, en desencadenante de la crisis española, como causante del pinchazo del boom inmobiliario. Sin embargo, el mercado español de la vivienda se hundió por razones propias, tras varias décadas en las que conoció hasta tres ciclos especulativos, siendo el último el más grave. El libro Qué hacemos por la vivienda, de reciente publicación, expone la evolución del mercado inmobiliario en España, y propone otra política de vivienda que resuelva los daños actuales y evite la repetición futura de nuevos ciclos especulativos. Adelantamos para su lectura un fragmento del libro.

La reciente historia económica española ha tenido como protagonista al sector inmobiliario, cuyos últimos tres ciclos han condicionado la evolución del PIB. El último de ellos, cuyo desenlace estamos viviendo, ha provocado una de las mayores crisis económicas y sociales de las últimas décadas.

El primero de ellos fue el auge de los sesenta y primeros setenta, caracterizados como los "años del desarrollo" y del "urbanismo salvaje", que marcó en su día un máximo histórico de construcción y subidas de precios inmobiliarios. Ese boom se hundió con los programas de ajuste que exigieron las llamadas crisis petrolíferas de los setenta, siguiéndole un decenio de atonía inmobiliaria. El segundo boom inmobiliario se desató tras la adhesión de España a la Unión Europea (UE), al calor de la entrada de capitales y empresas extranjeras deseosas de hacer negocio en el nuevo país de la Europa comunitaria, con dos novedades a resaltar. En primer lugar, se produjo cuando el crecimiento demográfico y migratorio interno había venido remitiendo desde principios de los setenta, recortando las previsiones demográficas y las futuras necesidades de vivienda.

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Auditoría Ciudadana: generando argumentos y sumando fuerzas para el no pago de la deuda

Protesta en Barcelona contra la 'troika' el pasado junio. Foto: EFE

Cuando abordamos la cuestión de cómo salir de la crisis no podemos obviar el problema del sobreendeudamiento del que adolece la economía española. Si bien la actual recesión económica no se desencadena por una crisis de la deuda, es cierto que esta deuda, consecuencia de la dinámica económica que nos ha llevado a la actual situación, se convierte en un obstáculo aparentemente insalvable para salir de dicha recesión.

En el Estado español, el mal llamado período de “auge” económico (1996-2007) se sostuvo en una dinámica de creciente endeudamiento privado, que ya en 2007 equivalía a un 311,3% del PIB. Con la llegada de la crisis y la aplicación de la receta clásica de la austeridad y las reformas neoliberales, esa elevada deuda privada se estabiliza, produciéndose un trasvase de deuda al sector público. La deuda pública pasa del 41.1% del PIB en 2007 al 101,9% a finales de 2010. De la misma forma, se dispara el porcentaje de recursos públicos destinados cada año a pagar los intereses de esa deuda pública. Éste año está previsto gastar 38.590 millones de euros en intereses (aunque muchos coincidimos en la predicción que la cifra se quedará corta). Pero es que desde el año 2008 a 2012 llevamos gastados 113.156 millones de euros tan sólo en intereses.

En una situación de emergencia social como la actual es natural que nos preguntemos si es legítimo que esos recursos se destinen a premiar a los mercados financieros, y no a usos alternativos evidentes en sectores como la sanidad, la educación, los servicios sociales y de dependencia, o incluso el fomento de un nuevo modelo económico. Pero más allá de lo injusto de esta distribución desigual de los recursos, somos muchas las que cuestionamos la legitimidad de esos pagos y, en definitiva, de la deuda que hay detrás.

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Suecia, Islandia, los EEUU de Roosevelt: qué hicieron otros con la deuda

Una mujer se manifiesta frente al Parlamento islandés en Reykjavik en junio de 2009 / AP Photo (Brynjar Gauti)

La forma en que la Troika y el Gobierno español están gestionando la crisis de deuda, primando los intereses de la banca por encima de los ciudadanos, no es la única posible. La historia reciente nos muestra otras experiencias, otros gobiernos que enfrentaron sus crisis con criterios más sociales. A analizar algunos de esos casos, y extraer lecciones válidas, se dedica el libro Qué hacemos con la deuda, que estos días llega a las librerías. Una obra colectiva que propone una auditoria ciudadana de la deuda privada y pública, para señalar a sus responsables y para reestructurarla, minimizando el coste social. Adelantamos para su lectura un fragmento del libro, en el que se observan los casos de Suecia e Islandia como formas diferentes de resolver una crisis bancaria, así como la decisión del Gobierno norteamericano de Roosevelt para rescatar a las familias en la Gran Depresión. En el libro encontrarán otros ejemplos recientes, como Argentina, Nigeria o Ecuador.


La reestructuraciones de deuda bancaria parten del axioma de que las pérdidas del sector han de socializarse porque existe “riesgo sistémico”, es decir, probabilidad de que arrastren al conjunto de la economía, generando más costes de los que supone el rescate. Por eso, aunque los beneficios bancarios anteriores no se compartieran, nos aseguran que el “mal menor” es siempre asumir colectivamente sus pérdidas.

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Renovables: cuanto más baratas y eficientes, más obstáculos les ponen

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Memorice esta cifra: 71 esclavos. Son los que necesitaríamos cada español tan solo para proveernos de la energía que consumimos. Me refiero, por supuesto, a cifras medias del total del país que, además del consumo en los domicilios y otros edificios, incluyen el de la industria, el transporte y otros usos.

La cifra está calculada suponiendo que cada esclavo fuera capaz de proporcionar 100 W de potencia de forma sostenida durante 12 horas consecutivas todos los días del año. Si frecuenta una bicicleta estática sabrá que subir de 70 W exige un esfuerzo en absoluto despreciable.

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“En Colombia las empresas españolas ocupan territorios previamente vaciados con violencia”

La era de hipermovilidad que vivimos se caracteriza tanto por forzar como por impedir el movimiento de personas: fronteras blindadas y políticas migratorias represivas, junto a desplazamientos forzosos de poblaciones por todo el planeta. Para hablar de las migraciones y su función en el capitalismo (vaciando territorios y llenando otros; desposeyendo poblaciones en unos lugares y aumentando la mano de obra barata en otros) hablamos con Eduardo Romero. Miembro del colectivo asturiano Cambalache, es coautor del libro Qué hacemos con las fronteras, junto a Gema Fernández, Pablo "Pampa" Sainz, Raquel Celis y Leire Lasa. Una propuesta por un mundo sin fronteras, donde nadie sea obligado a desplazarse ni impedido de hacerlo.

¿Por qué consideráis que el hecho migratorio suele ser simplificado y descontextualizado en los análisis habituales? ¿Qué tipo de interpretación proponéis a cambio?

No llamaríamos ‘análisis’ a la mayor parte de las numerosísimas informaciones que, en los últimos años, se han referido al hecho migratorio. Por el contrario, esas informaciones tienden a presentar el proceso migratorio como ‘acontecimiento puro’, en forma de noticia televisiva que nos muestra a las personas migrantes como seres sin pasado y sin futuro. ‘Humanizar’ los procesos migratorios no es tratarlos con sentimentalismo. Los medios de comunicación han logrado esta conjunción: máximo sentimentalismo y máxima indiferencia. Necesitamos menos fotogramas de personas migrantes enganchadas a las vallas de Ceuta y Melilla o desmayadas en una playa de la costa española; necesitamos más análisis de los procesos migratorios que los humanicen de la única forma posible: devolviendo las migraciones a su contexto social, económico y político. Insertándolas en el marco de la radical desigualdad que este sistema genera; relacionándolas con la necesidad del capitalismo de provocar la movilidad forzada de millones de personas; contextualizándolas –también– en la trama del patriarcado a escala planetaria.

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“Los señores del petróleo exigieron acabar con la ‘fantasía de los molinillos' porque peligraba su cuenta de resultados”

Ofrecemos la segunda parte de la entrevista con el economista y activista social Manuel Garí, coautor del libroQué hacemos por otra cultura energética. Sus respuestas se centran ahora en las energías renovables: su viabilidad, las causas de su freno en España, los intereses económicos, su relación con el cambio de modelo productivo, y la necesidad de un proceso de empoderamiento social y democrático de la energía. La primera parte, ya publicada, pueden leerla aquí.

Las renovables, ¿son una alternativa de presente o de futuro?

Para que haya futuro hay que conjugar las renovables en presente. No es concebible un modelo energético del año 2050 que no esté basado en las renovables. Pero para llegar en condiciones aceptables a esa fecha es preciso implementar masivamente las fuentes limpias. Nuestra sociedad, nuestra humanidad no tiene un crédito ilimitado de tiempo. Debemos actuar de inmediato.

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“El dilema hoy no es crecimiento y empleo versus naturaleza, sino crecimiento capitalista versus naturaleza y empleo”

Manuel Garí es economista y activista social, director de la Cátedra Trabajo, Ambiente y Salud de la Universidad Politécnica de Madrid. Ha defendido durante muchos años los derechos de la clase trabajadora desde el sindicalismo, sin perder nunca de vista la defensa medioambiental. Acaba de publicar el libroQué hacemos por otra cultura energética, escrito junto a Javier García Breva, Begoña María-Tomé Gil y Jorge Morales de Labra. Una propuesta por otro modelo productivo a partir de una nueva cultura energética, basada en las renovables y en la democratización de los recursos.

Ofrecemos la primera parte de una extensa conversación, que continuaremos en los próximos días. En esta primera entrega hablamos con Garí de la crisis energética, su relación con la crisis económica, las amenazas en el horizonte, las nucleares, el fracking, así como del sistema energético español y la última reforma.

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Europa: todo cambia para que todo siga igual

Policías rodean la sede del BCE en una reciente protesta. EFE


Platón hace referencia a Heráclito en el diálogo Crátilo, cuando se enuncia el principio de que “Diversas aguas fluyen para los que entran en los mismos ríos”. Es el famoso “Pantha Rei” una expresión griega (Πάντα ῥεῖ) que podríamos traducir como “Todo fluye”. Esta frase ilustra el hecho de que el río tiene que estar en constante cambio para ser río. Borges también recogió esta especie de devenir perpetuo de la existencia humana cuando decía que “(…) nadie baja dos veces el mismo río porque las aguas cambian, pero lo terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río”. La expresión “refundar el capitalismo” que formuló Nicolás Sarkozy en los albores de la presente crisis financiera, también estaba hablando del Pantha Rei. Expresaba la necesidad de modificar ciertos atributos del sistema de producción capitalista para que pudiera seguir existiendo.

Empecemos por el contexto supranacional europeo. La UE tiene como sustrato ideológico la libertad de mercado desde sus inicios en 1957, cuando se firmó el tratado de Roma por el que nacieron las entonces llamadas Comunidades Europeas. Desde ese momento muchas de las directivas emanadas de la comisión, dirigidas ideológicamente por las grandes empresas que son las que se benefician de la “liberalización de los mercados”, han permitido reducir la capacidad de acción del sector público en favor del sector privado mediante privatizaciones. Pero es que la austeridad precisamente consiste en planes en los que se embarcan países con problemas de endeudamiento para reducir la producción de bienes y servicios públicos en favor de la producción privada. La “austeridad” entendida de esta forma es la dirección natural hacia la que tiende la UE, pues es el sustrato ideológico sobre el que se ha construido el proceso de integración. La zona euro además lo ha llevado a su máximo exponente, pues se ha privatizado la capacidad de generar moneda. Es cierto que el BCE es un banco de carácter público al ser una institución europea, pero es independiente de los estados democráticos, lo que le hace dependiente de los mercados financieros. Cuando algunos llaman a cambiar Europa desde dentro, hay que definir “cambiar” y “desde dentro”.

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Las personas no se van porque haya violencia, hay violencia para que se vayan

Refugiados de la minoría rohingya en Birmania. Foto: EFE


Vivimos tiempos donde la hipermovilidad (millones de personas desplazándose por todo el planeta) convive con el blindaje de fronteras, las expulsiones, las redadas racistas y los CIE. Pero el análisis del hecho migratorio suele simplificarlo y sacarlo de contexto, y no suele tener en cuenta factores como el proceso de acumulación capitalista por desposesión (vaciando unos territorios y sobrepoblando otros), el desplazamiento de los desposeídos, o la violencia específica contra las mujeres migrantes. Los autores de Qué hacemos con las fronteras se proponen una mirada compleja a las migraciones, que incluya análisis pero también propuestas y experiencias. Adelantamos un fragmento de esta obra colectiva, que llega estos días a las librerías, y que se presenta el próximo sábado en el Patio Maravillas (a las 20h), en el Día contra los CIE.


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Sin un cambio de modelo, la próxima crisis será energética


El energético es uno de los factores menos atendidos en la crisis actual: ni se considera la influencia de un modelo energético irracional en el origen de la crisis; ni se valora la necesidad de un cambio energético para salir de ella y prevenir futuras crisis. A analizar esta realidad, y proponer una alternativa sostenible, se dedica el libro Qué hacemos por otra cultura energética, obra colectiva que estos días llega a las librerías. Una apuesta por el desarrollo de las renovables, la democratización de los recursos y la transformación ecológica del modelo productivo, con especial atención al ineficiente sistema eléctrico español. Adelantamos varios fragmentos del libro.


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