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Opinión - Vivir sobre un polvorín. Por Rosa María Artal
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The New York Times señala que la injerencia rusa es “la versión cibernética de las prácticas históricas de EEUU”

"Rusia no es el único que se entromete en las elecciones. Nosotros lo hacemos también"

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“Bolsas de dinero en efectivo entregadas en un hotel de Roma para favorecer a ciertos candidatos italianos a la presidencia. Escandalosas historias filtradas a periódicos extranjeros para conseguir un cambio en las elecciones de Nicaragua. Millones de panfletos, carteles y pegatinas impresas para derrotar a un titular en Serbia”.

Aunque esto pueda parecer otro capitulo más de la conocida como “injerencia rusa”, la intervención del gobierno de Vladimir Putin en las elecciones de todo el mundo para favorecer los intereses de Rusia, es “una pequeña muestra de la historia de la intervención de EEUU en las elecciones de países extranjeros”. Una historia de “injerencias estadounidenses” que repasa el analista Scott Shane en un artículo publicado este domingo en The New York Times.

“Muchos americanos están comprensiblemente sorprendidos por lo que ven como un ataque sin precedentes contra nuestro sistema político”, asegura Shane sobre las evidencias que apuntan a una supuesta intervención del gobierno ruso para favorecer la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump. Una “sorpresa” que no comparten los veteranos de agencias de inteligencia o los académicos que han estudiado las operaciones encubiertas de EEUU y que tienen “una visión diferente y bastante reveladora”.

Repasando las injerencias de los diferentes gobiernos estadounidenses en países de todo el mundo, el periodista dos veces candidato al prestigioso premio Pulitzer llega a la conclusión de que la supuesta injerencia rusa en las elecciones del 2016 es “la versión cibernética de las prácticas estadounidenses estándar durante décadas”.

Desde el apoyo de la CIA a los golpes de Estado de Irán y Guatemala en la década de los cincuenta, hasta la ayuda financiera a “violentos” grupos anticomunistas en América Latina, África y Asia, un grupo de expertos en seguridad nacional comparten con Shane su preocupación por estas “prácticas habituales” de la administración estadounidense.

“Para las elecciones de 2000 en Serbia, Estados Unidos financió un esfuerzo exitoso para derrotar a Slobodan Milosevic, el líder nacionalista”, recuerda el excorresponsal en Moscú de The New York Times. “Hemos estado haciendo este tipo de cosas desde que se creó la CIA en 1947”, le cuenta a Shane el decano de la escuela de inteligencia americana sobre la propaganda encubierta, que ha sido “uno de los pilares” de la política exterior estadounidense.

Esta injerencia americana, que analiza en profundidad Tim Weiner en su libro Legado de cenizas: la historia de la CIA, también llegó a afectar a Rusia cuando, en 1996, el presidente Bill Clinton decidió apoyar la reelección de Boris Yeltsin con un apoyo de diez mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional. “Los temores estadounidenses de que Boris Yeltsin fuera derrotado para su reelección como presidente en 1996 por un comunista anticuado condujo a un esfuerzo abierto y encubierto de ayudarlo, impulsado por el presidente Bill Clinton”, recuerda Shane.

“Lo que la CIA pudo haber hecho en los últimos años para dirigir las elecciones extranjeras sigue siendo secreto y puede que no se sepa durante décadas”, destaca el analista en su artículo, que recuerda que, entre los años 1946 y 2000, EEUU desarrolló 81 operaciones de influencia encubiertas en todo el mundo.

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