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Estrategias desesperadas

Tercera entrega del monográfico sobre el lenguaje. Hoy, después de la crítica, el análisis y el debate, explicamos las causas con un poema semántico en tres tiempos.

Lo has intentado todo y tienes prisa

Lo has intentado todo y tienes prisa

Imagine la lectora que quiere conseguir algo. Que desea con insoportable intensidad cambiar una situación. Por el motivo que sea. Por ejemplo:

Que baje la tasa de desempleo y el PIB de España vuelva a subir.
Que se acabe el terrorismo islamista.
Que mandar un barco lejos no te haga responsable del consecuente desastre ecológico.
Que el encargado de repartir sobornos a los miembros del club que presides desaparezca de los medios de comunicación.
Que las mujeres dejen de cobrar sueldos sistemáticamente más bajos que los de los hombres.
Que se acabe el hambre en África.

O que los discapacitados dejen de ser discriminados económicamente y que sus derechos fundamentales dejen de ser vulnerados.

Imagine también que las acciones que, claramente, conseguirían ese cambio con contundencia e inmediatez escapan a su control. Son acciones que la lectora no puede llevar a cabo. No entran dentro de sus poderes.

No puede obligar a los inversores que compren deuda a bajo interés.
No puede acabar con Al-Qaeda y los grupos afines.
No puede meter miles de toneladas de fuel oil de nuevo dentro del barco.
No puede cerrar las televisiones y los periódicos.
No puede forzar a todas las empresas que implementen la igualdad de sexos.
No puede dar de comer a todos los africanos que están hambrientos.

No puede financiar un asistente personal a cada discapacitado en función de sus justas necesidades.

Imagine por último mi hipotética lectora que, como caída del cielo, se presenta ante ella una acción que no está muy claro que vaya a contribuir a cambiar la situación... pero que sí entra dentro de sus poderes. Sí la puede llevar a cabo. Sin pedir permiso. Sin pedir un crédito. Sin pedir ayuda. Sin demora.

Puede probar a no pronunciar la palabra "crisis" a ver si, a lo mejor, así se va.
Puede crear una etérea "Alianza de Civilizaciones" en la ONU y cruzar los dedos a ver si esto, de algún modo, disuade a los muyahidines de inmolarse en capitales occidentales.
Puede llamar "hilillos de plastilina" a las gigantescas manchas de fuel y agitar las manos para que, como un hechizo, las palabras conviertan una cosa en la otra.
Puede desdoblar el masculino genérico al hablar, a ver si esto sube, no me pregunte cómo, los sueldos y las sueldas de las mujeres.
Puede bailar en pelotas en una calle de Luxemburgo y esperar que llueva el maná del cielo Etíope.

Puede cambiar el nombre a los discapacitados y desear fuerte que eso conduzca, por los sinuosos caminos de la fe, a hacer más probable una vida digna e independiente para todos ellos.

No se puede juzgar negativamente a alguien que lo intenta todo para conseguir cambiar una realidad insoportable, especialmente si sus motivos son loables y sus opciones son pocas.

Pero sí es conveniente recordar que las estrategias desesperadas, aunque entendibles, no suelen funcionar.

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