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La ciudad que no oye

Es incomprensible que una aplicación para atender cuestiones de salud pública no tenga previsto un apartado para las personas que somos sordas

La US, pionera en la creación de un glosario en lengua de signos para diversas disciplinas

Acabo de enviar una solicitud de cita a mi médico de familia mediante la aplicación del móvil. La respuesta automática me comunica que el médico se pondrá en contacto conmigo lo antes posible. Pero… ¿cómo me contactará? ¿Será como la vez anterior, que me telefoneó y no me enteré?

Es incomprensible que una aplicación para atender cuestiones de salud pública no tenga previsto un apartado para las personas que somos sordas. Esta vez, en el teléfono de contacto he dejado el de Esther, la intérprete de lengua de signos, para que, cuando el médico llame, lo haga a su número y que Esther, a su vez, me haga a mí una videollamada en lengua de signos.

Este estado de alarma va a acabar con nuestros nervios… La poca paciencia que tiene todo el mundo… Ayer mismo, cuando fui a comprar al supermercado, un nuevo cambio en la normativa, que esa es otra… las constantes variaciones… No consigo estar al tanto de todos los cambios… Son demasiados, pese al esfuerzo que se está haciendo para hacérnoslos llegar de forma accesible. Las empleadas con sus mascarillas trataban de explicarme algo. Yo no las entendía bien. ¿Cómo? Me hacían gestos… Me señalaban un pasillo. Me señalaban otro pasillo. Yo no sabía dónde debía dejar mi carro. Ya tenía mis guantes puestos, la mascarilla puesta… Por señas, les pedía a ellas que se bajaran la suya. Fruncían el ceño. Se enfadaban. Se negaban a bajarse la mascarilla. Pero es que, con la mascarilla puesta yo no sabía qué querían decirme. Si hasta ayer yo pasaba por ese pasillo para acceder al supermercado… Frustración de las gordas, que ya no sé ni lo que me quería llevar del establecimiento.

El corazón me latía deprisa… Pum pum pum… Menudo calor… Se me secó la boca y me sudaban las manos. Me ahogaba. ¡Qué sofocación, que se me estaban empañando hasta los cristales de las gafas! y, detrás de mí, la cola cada vez más larga. Una señora me adelantó por la izquierda y pasó tranquilamente… Traté de seguir su estela… Giré la cabeza para coger el asa del carro y, cuando la alcé para retomar la marcha, una mano enguantada en plástico, se me puso a la altura de los ojos. La empleada uniformada me estaba dando el alto… La distancia social, claro… La distancia social. Al menos ya sé por dónde puedo entrar. Al menos hoy. Mañana no sé. Mañana todo habrá cambiado y yo estaré en un nuevo punto de partida.. Yo estaré en el de hoy.

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