<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - El ladrillo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/el_ladrillo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - El ladrillo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/Kafka/el_ladrillo/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Disculpas en la carretera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/disculpas-carretera_1_5635265.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        <strong>Lengua y LiteraturaHoy: Literatura (modalidad cr&iacute;menes en Jap&oacute;n)</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/7bd93652-3a91-4c4e-b63f-87219bcc53e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Empec&eacute; a leer <em>Akunin</em> (2007), una novela de Shuichi Yoshida, por recomendaci&oacute;n de un autor que aprecio, David Peace, y por mediaci&oacute;n de un agente japon&eacute;s  que tuvo la gentileza de enviarme  dos ejemplares en su lengua. Yo,  claro, tuve que encargar uno en ingl&eacute;s  para poder leerla y, como me  estaba gustando, ya consideraba la  posibilidad de proponerla para la  colecci&oacute;n de novela negra que tenemos  en la editorial para la que  trabajo. Pero he aqu&iacute; que, cuando iba m&aacute;s o  menos por la mitad, me  escribe el agente japon&eacute;s con uno de esos famosos  &ldquo;malentendidos&rdquo;: que  lo sent&iacute;a mucho, que no se hab&iacute;a dado cuenta, pero  que la novela ya  hab&iacute;a sido vendida y hasta publicada en Espa&ntilde;a, en  2012, por la  editorial Destino, con el t&iacute;tulo de <em>El hombre que quiso matarme</em>. Pues vaya. Como estas cosas pasan, la  sensaci&oacute;n de tiempo perdido es   solo rutinariamente irritante, y quise  terminar por gusto y en espa&ntilde;ol lo que hab&iacute;a empezado por oficio y en  otro idioma. La    traducci&oacute;n de Marina Bornas est&aacute; bien en general y la  edici&oacute;n es buena, a    pesar de ese t&iacute;tulo prolijo, larssoniano, muy  poco acorde con el    original <em>Akunin</em>, que significa &ldquo;malvado&rdquo;. Y algo  equ&iacute;voco, porque aqu&iacute; el lector no  va  a   encontrar para nada una  novela de g&eacute;nero, o una novela &ldquo;a la  zaga&rdquo;,   con  su investigador, su  investigador ayudante (siempre algo  m&aacute;s    pintoresco), su poquito de  denuncia, su poquito de Biblia y su  poquito    de nazis, y si hay  alguna f&oacute;rmula desde luego no es de las  trilladas.  
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/33aa418e-0e6d-48e4-8f79-107a3b88ac1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        En realidad lo primero que va a encontrar el lector es una carretera. La novela empieza as&iacute;: con la descripci&oacute;n de la Nacional 263, que une las ciudades de Fukuoka y Saga por un abrupto paso de monta&ntilde;a, el puerto de Mitsuse, que toman los conductores que quieren ahorrarse el peaje del t&uacute;nel que lo atraviesa (250 yenes los turismos, 870 los veh&iacute;culos pesados, precios de 2001). De hecho, toda la Nacional 263 es una carretera para ahorradores: si uno quiere ir por ejemplo de Nagasaki a Fukuoka, que es &ndash;digamos&ndash; la ruta entre ciudades importantes, y la que toma el asesino de la novela, dispone de una autopista de peaje que cuesta 3650 yenes; as&iacute; que, si no la coge y se decide por la Nacional 263, es para que el trayecto le salga m&aacute;s barato. Estos precios los da la novela con la mayor naturalidad (tambi&eacute;n da, m&aacute;s adelante, los de la gasolina, las berenjenas, la ensalada de patata, los billetes de autob&uacute;s, las habitaciones de los hoteles por horas, etc.) y, entre ellos y la menci&oacute;n a los aparcamientos y los supermercados que la bordean, vemos enseguida que la carretera es para el autor una entidad econ&oacute;mica. De igual modo deja constancia de su dimensi&oacute;n administrativa (prefecturas), sociol&oacute;gica (zonas universitarias, ciudades dormitorio) y cultural (cr&iacute;menes, fantasmas). Este enfoque enciclop&eacute;dico conduce, despu&eacute;s de tres p&aacute;ginas, al anuncio de la trama novelesca: &ldquo;Aquel d&iacute;a, un joven obrero que viv&iacute;a en las afueras de Nagasaki fue detenido por la polic&iacute;a como sospechoso de haber estrangulado a una mujer llamada Yoshino Ishibashi, comercial de una compa&ntilde;&iacute;a de seguros de Fukuoka, y haber abandonado su cad&aacute;ver&rdquo; (pp. 7-8).
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Funciona esta anticipaci&oacute;n como un est&iacute;mulo para la intriga y el &ldquo;qu&eacute; pasar&aacute;&rdquo;, o m&aacute;s bien como un aut&eacute;ntico <em>spoiler</em> que nos deja la impresi&oacute;n de que lo que tenga que pasar ha pasado ya? Yo dir&iacute;a que lo segundo. &Eacute;sta es una novela criminal con cierto efecto de distanciamiento, cosa no tan habitual y que desde luego no ense&ntilde;an los manuales para escribir <em>best sellers</em> de suspense. Reconstruye un crimen &ndash;despu&eacute;s de anunciarlo&ndash; y sus circunstancias, haciendo hincapi&eacute; en las circunstancias (&ldquo;todo sobre la carretera&rdquo;), y omitiendo pr&aacute;cticamente el misterio y la investigaci&oacute;n. La inc&oacute;gnita es manejada casi caprichosamente. Hay dos sospechosos: uno de ellos no hace acto de presencia hasta la p&aacute;gina 170 (de un total de 351); el otro, que de alg&uacute;n modo es el protagonista, confiesa ser el asesino en la 249, ante una novia que le ha salido y en un restaurante baratito especializado en calamares donde, en plena confesi&oacute;n, el narrador consigna fen&oacute;menos como el siguiente: &ldquo;Las patitas del calamar se retorc&iacute;an entre los dos&rdquo; (p. 251).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/ea2a1f95-4c09-4eeb-b329-89fe831ef593_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Tal vez me deje llevar por la impresi&oacute;n que me ha causado la carretera, pero me atrever&iacute;a a decir que la novela tiene una estructura radial. Despu&eacute;s de la exposici&oacute;n de lo que va a ser su trama, van apareciendo, como ramales, personajes y m&aacute;s personajes &ndash;una burrada de ellos&ndash; a lo largo de 170 p&aacute;ginas: son todos gente sin importancia, de la que no se ocupa la Historia y sin vocaci&oacute;n para ella, como elegida entre la inmensa mayor&iacute;a. Aparte del asesino y de la v&iacute;ctima, conocemos a sus parientes, sus amigos, los parientes y amigos de sus parientes y amigos, antes y despu&eacute;s del crimen, peri&oacute;dica o aisladamente, en tercera o primera persona, en un despliegue que recuerda los novelones victorianos y las t&eacute;cnicas perspectivistas del siglo XX, luego muy adoptadas por ciertos <em>best sellers</em> de acci&oacute;n. Cuando cre&iacute;amos que este procedimiento habilidoso, casi coreogr&aacute;fico &ndash;porque la novela est&aacute; felizmente ritmada, un poco en la l&iacute;nea de aquella magn&iacute;fica pel&iacute;cula, <em>Magnolia</em>&ndash;, no    pod&iacute;a llegar a m&aacute;s, en la p&aacute;gina  266 asistimos a un retorno  inesperado:   el fantasma de la muerta se le  aparece a su padre en el  lugar del   crimen, el puerto de Mitsuse&hellip;  Despu&eacute;s de eso, s&iacute;, bueno, ya  no aparece   ning&uacute;n nuevo personaje.
    </p><p class="article-text">
        El autor, sin embargo, es muy cauto en las ramificaciones: esta red de conexiones no crea realmente subtramas, excepto, quiz&aacute;, una muy s&oacute;rdida y curiosa, relativa a la infame extorsi&oacute;n de que es objeto la abuela del joven asesino (a manos, nada menos, de una banda de traficantes de hierbas medicinales). No se deja tampoco tentar por el efecto contrario, es decir, no llega a tocar ning&uacute;n extremo demasiado alejado del motivo central (el crimen) para que &eacute;ste se convierta en una an&eacute;cdota entre muchas: una tentaci&oacute;n muy acusada en una novela que trata en gran medida, con rigor de moralista, de una sociedad indiferente y a la que le habr&iacute;a podido convenir que un horrible asesinato pasara inadvertido entre un mont&oacute;n de gente ocupada en sus propias cosas. Pero esto habr&iacute;a disminuido el <em>pathos</em>, y sin duda Shuichi Yoshida, al lado de las otras dimensiones, ve tambi&eacute;n la dimensi&oacute;n pat&eacute;tica de la carretera.
    </p><p class="article-text">
        En cierto momento, un personaje tiene la sensaci&oacute;n de que &ldquo;aquel sinf&iacute;n de carreteras dibujadas en el mapa era como una red en la que el coche se enredaba y no pod&iacute;a seguir avanzando&rdquo; (p. 244). Esta sensaci&oacute;n de estar atrapado en un lugar con muchas salidas pero que siempre conducen al mismo sitio, de haber sido enga&ntilde;ado por una fantas&iacute;a de movilidad y libertad (la fantas&iacute;a del capitalismo), unifica, sin necesidad de subtramas ni de intersecciones arbitrarias, la direcci&oacute;n de la novela y de su peculiar expansi&oacute;n narrativa.
    </p><p class="article-text">
        El patetismo se aviene por lo dem&aacute;s con la naturaleza del crimen novelado, que es, por decirlo de alg&uacute;n modo, de moralidad espesa, una aportaci&oacute;n que probablemente se remonta, en literatura, a los cr&iacute;menes de Dostoievski. Gracias a la ingeniosa destrucci&oacute;n del suspense convencional, no necesitamos ya una v&iacute;ctima c&aacute;ndida ni un culpable claro. La v&iacute;ctima es una joven pretenciosa, mentirosa, manipuladora, vulgar; solo sus padres, en su dolor y estupor a ra&iacute;z del asesinato y de los bajos secretos que &eacute;ste descubre, y su reaparici&oacute;n como fantasma, permiten un acercamiento  pat&eacute;tico a su vida y muerte. El culpable se divide moralmente en dos:  el joven universitario que echa de su coche, cubri&eacute;ndola de insultos y  acus&aacute;ndola de oler a ajo, a la victima en el puerto de Mitsuse; y el  joven obrero con el que en principio ella hab&iacute;a quedado y que,  despechado porque le ha plantado, la ha seguido y la mata.
    </p><p class="article-text">
        El <em>pathos</em> de los criminales de Dostoievski era que ten&iacute;an conciencia; el de estos del siglo XXI es que no la tienen. El universitario, rico y popular, es un tipo despreciable: cuando se le descarta como sospechoso, re&uacute;ne a sus amigos para presumir de su aventura y les dice: &ldquo;&iquest;Yo, un asesino? &iquest;Para qu&eacute; querr&iacute;a matar a esa t&iacute;a? Os aseguro que es imposible&rdquo; (p. 267). Para &eacute;l &ldquo;esa t&iacute;a&rdquo; no tiene ni un &ldquo;para qu&eacute;&rdquo; y, cada vez que asoma la nariz en la novela, nosotros &ndash;bueno, al menos yo&ndash; arrugamos la nuestra. El padre de la v&iacute;ctima, de hecho, sabe que tendr&iacute;a que &ldquo;odiar al asesino, pero s&oacute;lo [sic] era capaz de imaginarse al otro hombre ech&aacute;ndola del coche a patadas&rdquo; (p. 292). El obrero, te&ntilde;ido de rubio, amante de los coches, cliente asiduo de prostitutas, tiene en cambio a sus espaldas una historia de abandono materno que, en principio, soborna nuestras simpat&iacute;as. Nos sentimos inclinados a creer que no quer&iacute;a realmente matar a la v&iacute;ctima, que es un muchacho fr&aacute;gil que se dej&oacute; llevar por el c&eacute;lebre &ldquo;impulso asesino&rdquo; (p. 346) cuando ella lo &ldquo;humill&oacute;&rdquo;, y m&aacute;s a&uacute;n cuando, hacia la mitad de la novela, una dependienta se enamora de &eacute;l y emprenden juntos una de esas &ldquo;huidas hacia delante&rdquo; que remueve nuestra sensibler&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Abducidos por el s&iacute;ndrome de la &ldquo;pareja rom&aacute;ntica&rdquo;, y muy a merced de las astucias del narrador, que cambia aqu&iacute; el distanciamento por un efecto de turbia identificaci&oacute;n, llegamos a pensar que el chico quiere a la chica&hellip; y eso que ya en la p&aacute;gina 253, en el momento de la confesi&oacute;n del asesinato, hab&iacute;amos le&iacute;do que lo que lo llev&oacute; a matar era que &ldquo;quer&iacute;a una disculpa&rdquo;, que es m&aacute;s o menos lo que dicen los adolescentes de las matanzas tipo Columbine. Esta especie de &ldquo;protesta subpol&iacute;tica&rdquo;, como calificaba el antrop&oacute;logo social Elliott Leyton semejantes justificaciones,  se confirma en las &uacute;ltimas p&aacute;ginas, cuando nos enteramos de que, para  explicar su relaci&oacute;n con la madre que lo abandon&oacute; de ni&ntilde;o y a la que  luego exig&iacute;a dinero sin necesitarlo, el joven alegaba que &ldquo;ambos tenemos  que ser v&iacute;ctimas&rdquo; (p. 346).
    </p><p class="article-text">
        Finalmente lo pilla la polic&iacute;a, justo en el momento en que est&aacute; a punto de estrangular tambi&eacute;n a esa nueva novia pat&eacute;tica que escuch&oacute; su confesi&oacute;n y, aun as&iacute;, presa del <em>amour fou</em>, de la  desesperaci&oacute;n o de la tonter&iacute;a, ha huido con &eacute;l. Parece que tambi&eacute;n ella  ten&iacute;a que unirse a la hermandad de v&iacute;ctimas. &ldquo;Supongo que fui yo la que  no vio las cosas tal y como eran&rdquo;, dice en la &uacute;ltima p&aacute;gina.
    </p><p class="article-text">
        En este panorama, tan <em>noir</em>, de  ambig&uuml;edades morales, hay un contrapunto s&oacute;lido formado por el padre de  la chica asesinada, en su persecuci&oacute;n del joven universitario al que  responsabiliza mayormente del crimen, el amigo &iacute;ntegro que le ayuda a localizarlo,  y la abuela del asesino, que finalmente se arma de valor y se planta  ante los g&aacute;ngsters de las hierbas medicinales. El resto se hunde  criminalmente en la confusi&oacute;n, la inhibici&oacute;n y la trivialidad. &iquest;Suena esta necesidad  de contrapunto un poquito a  monserga sobre la deshumanizaci&oacute;n y el  vac&iacute;o de valores de la sociedad  actual? Un poquito, s&iacute;. Ya hemos dicho  que el libro est&aacute; concebido con  rigor de moralista. Pero, m&aacute;s que  concebido, es interesante ver c&oacute;mo  est&aacute; ejecutado.
    </p><p class="article-text">
        En el libro de visitas de un hotel por horas en el que pasa una noche la pareja de pr&oacute;fugos alguien ha escrito: &ldquo;Me encanta este hotel, es barato y limpio. &iexcl;Os recomiendo las alitas de pollo! Probablemente son congeladas, pero son muy crujientes&rdquo;. Y a&uacute;n: &ldquo;Hoy me he acostado con Akkun despu&eacute;s de un mes&rdquo; (p. 285). Si a esto a&ntilde;adimos el precio de las cosas y el mapa de carreteras, y lo hacemos girar en torno a un asesinato, tenemos un buen resumen de lo que describe esta novela.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/6f97941e-4250-4d08-8523-303199c48073_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Im&aacute;genes:
    </p><p class="article-text">
        1. Puerto de Mitsuse nevado: <a href="http://ow.ly/jZOaB" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">http://ow.ly/jZOaB</a>
    </p><p class="article-text">
        2. Portada 			de <em>El 			hombre que quiso matarme</em>: <a href="http://ow.ly/jZOe8" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">http://ow.ly/jZOe8</a>
    </p><p class="article-text">
        3. Calamar:<em> </em><a href="http://ow.ly/jZOjv" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">http://ow.ly/jZOjv</a>
    </p><p class="article-text">
        4<em>. Akunin</em> (Lee Sang-Il, 2010): <a href="http://ow.ly/jZOlV" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">http://ow.ly/jZOlV</a> 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis Magrinyà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/disculpas-carretera_1_5635265.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Apr 2013 10:49:17 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Disculpas en la carretera]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El dios ladrillo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/dios-ladrillo_1_5632816.html]]></link>
      <description><![CDATA[<figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b16166eb-1c49-4aa1-b51c-c5dd988e991f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Frank Gehry sostiene que si hubiera aprendido a pilotar un avi&oacute;n a edad temprana no hubiera sido arquitecto. Los aviadores tienen la mirada de Dios. Esto lo sabe muy bien Martin Scorsese: en su pel&iacute;cula <em>El aviador,</em> cuando el protagonista, Howard Hughes, interpretado por Leonardo DiCaprio, pilota su hidroavi&oacute;n H&eacute;rcules y gana el cielo, el punto de vista que asume la c&aacute;mara de Scorsese para contarnos su  peripecia es el de la divinidad. Gehry, pie en tierra, es autor de grandes catedrales laicas cuya deidad es &eacute;l mismo. Dios existe, puede que sienta, y &eacute;l lo encarna porque lo expresa a trav&eacute;s de la creaci&oacute;n suprema. 
    </p><p class="article-text">
        Como un dios que moldea una bola de barro para sacar de ella una criatura, Frank Gehry arruga y estruja una hoja de papel improvisando formas para convertir el resultado en un edificio. Suele decir que su trabajo est&aacute; en la papelera. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de que eclosionara p&uacute;blicamente su fuerza creativa, Gehry era un arquitecto convencional que aplicaba sus ideas originales solo en su propia casa. Al igual que aquellos directores de arte en las agencias de publicidad que adaptan su talento al criterio impuesto por las marcas para las que trabajan y los fines de semana dan rienda suelta a esa capacidad pl&aacute;stica que ocultan p&uacute;blicamente, Gehry hab&iacute;a intervenido en su casa de una manera espectacular. Cubos de cristal incrustados en los v&eacute;rtices de las habitaciones y pruebas con todo tipo de materiales, entre otras cosas,  daban como resultado una intervenci&oacute;n cubista a una vivienda originalmente est&aacute;ndar. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/f6d09072-55f7-44a7-bac1-1124707b4269_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Su amigo, y tambi&eacute;n arquitecto, Charles Jencks, cuenta que un d&iacute;a Gehry fue al ba&ntilde;o a afeitarse y se vio impedido de hacerlo por falta de luz; la reacci&oacute;n fue inmediata, cogi&oacute; un martillo y abri&oacute; un boquete en el techo para que entrara el sol. Acto seguido, se afeit&oacute;. Esa es una de las maneras de intervenir de Gehry: no solo toma una hoja de papel y la estruja para buscar una idea, tambi&eacute;n interviene directamente en la materia. 
    </p><p class="article-text">
        A esa casa, la de Gehry, fue a cenar un d&iacute;a el presidente de la empresa que le encarg&oacute; el centro comercial Santa Monica Place, un edificio algo modernista donde se han rodado muchas pel&iacute;culas, pero que, arquitect&oacute;nicamente, se puede ubicar dentro de lo convencional. Al conocer la vivienda de Gehry, el empresario, asombrado, concluy&oacute; que si ese era el imaginario del arquitecto, de ninguna manera le pod&iacute;an gustar los encargos que &eacute;l le hac&iacute;a, como el Santa Monica Place, por ejemplo. Gehry no tuvo m&aacute;s remedio que admitirlo y, para su sorpresa, a partir de entonces fue invitado por el empresario a trabajar en nuevos proyectos siguiendo su propia pulsi&oacute;n creativa. &ldquo;Fue un salto al vac&iacute;o&rdquo;, dice Gehry al respecto, &ldquo;pero a partir de entonces fui feliz&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sin &aacute;nimo de ser aguafiestas se podr&iacute;a afirmar que la felicidad de Gehry se extiende sobre nuestra desdicha ya que la moraleja de la f&aacute;bula del ladrillo deja monumentos encallados en el mar de una deuda incalculable. Gehry, Foster, Calatrava o Jean Nouvel son  nombres, marcas que ninguna comunidad o municipio quiso dejar de  ostentar cuando se descubri&oacute; que el negocio inmobiliario pod&iacute;a tener una  significaci&oacute;n sublime y as&iacute;, como la religi&oacute;n tiene su m&iacute;stica, el  ladrillo alcanz&oacute; la deidad de la mano de los creadores supremos, de los  dioses del siglo XXI, puestos a construir su torre de Babel  propia.
    </p><p class="article-text">
        Sabido es que el fracaso de la torre que pretend&iacute;a alcanzar el cielo en la despu&eacute;s llamada Babilonia, se produjo cuando Dios, para impedir la empresa, confundi&oacute; las lenguas de los hombres y estos, en fatal confusi&oacute;n, se dispersaron a la deriva. Aqu&iacute; tambi&eacute;n se vislumbr&oacute; un cielo lleno de aviones y por eso se erigi&oacute; un aeropuerto en cuyas pistas, en la confusi&oacute;n posterior &ndash;similar a la de Babel&ndash; empezaron a circular autom&oacute;viles de competici&oacute;n. Los nuevos pueblos, como Sese&ntilde;a, quedaron convertidos en sitios fantasmas cuando constructores, banqueros y compradores pasaron a balbucear lenguas diferentes. En la dispersi&oacute;n final, estos, los &ndash;en apariencia&ndash; propietarios, regresaron a Ecuador, Argentina, Colombia, Marruecos y muchos nativos al pueblo de sus padres o, en el peor caso, a la calle.
    </p><p class="article-text">
        La destrucci&oacute;n de Babel se presenta en el G&eacute;nesis pero donde se cuenta la historia y su tr&aacute;gico fin es en el libro del Apocalipsis. Puede que sea la etapa que nos encontramos atravesando en el relato que escribimos colectivamente. Y puede, tambi&eacute;n, que no haya que tomarse a broma a Gehry cuando dice que su trabajo est&aacute; en la papelera.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/bd326206-5877-477b-9eb6-204212244a9b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Roig]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/dios-ladrillo_1_5632816.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Apr 2013 15:13:20 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El dios ladrillo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ausencias y tareas pendientes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/ausencias-tareas-pendientes_1_5635141.html]]></link>
      <description><![CDATA[<figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/ce4d8cf7-ec37-4c7c-b31d-9c1d794eb310_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Si hubiese que buscar una mascota que sintetizase la forma y el esp&iacute;ritu de lo que, se supone, es la llamada Marca Espa&ntilde;a, el Javier Bardem de <em>Huevos de oro</em> (1993) funcionar&iacute;a a las mil maravillas: el hortera presumiendo de volumen testicular, contemplando su distop&iacute;a del ladrillo como eco de su fatuo poder f&aacute;lico, como una declinaci&oacute;n <em>jesusgiliana</em> del Howard Roark de <em>El manantial</em> (1949) de King Vidor. Nota al margen: el pelotazo quiz&aacute; fuera solo la flatulencia de un Estado gaseoso neoliberal que alg&uacute;n d&iacute;a inspir&oacute; Ayn Rand. Benito Gonz&aacute;lez era la premonici&oacute;n de Eurovegas, un vocacional <em>impersonator</em> de ese Julio Iglesias que un d&iacute;a fue la voz espa&ntilde;ola que sonaba en todos los hilos musicales del mundo, como subray&oacute; Juan Cueto en una soberbia entrevista al int&eacute;rprete de <em>La vida sigue igual</em>. Era, asimismo, muy interesante detenerse en lo que quedaba de la Cultura en el mundo dorado y genital de Benito Gonz&aacute;lez: una est&eacute;tica daliniana reducida a su grado cero <em>kitsch</em>. Bigas Luna no imagin&oacute; un futuro de gloria para ese espejismo de poder, inmortalizado tantos a&ntilde;os antes de que se empezara a hablar de la Marca Espa&ntilde;a: Benito terminaba turn&aacute;ndose con un gara&ntilde;&oacute;n latino &ndash;encarnado por Benicio del Toro&ndash; en la s&oacute;rdida cama de una doble crepuscular de la primigenia estrella X Vanessa del R&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        <em>Huevos de oro</em> era la segunda entrega de un tr&iacute;ptico sobre la espa&ntilde;olidad que se hab&iacute;a abierto con <em>Jam&oacute;n, jam&oacute;n</em> (1992), brillante ejercicio de casticismo de alto dise&ntilde;o que sintetizaba las esencias patrias en un puticlub de carretera, el toro de Osborne (otro firme candidato para mascota de la Marca Espa&ntilde;a) y una lucha cainita a jamonazos tratada como cita goyesca. <em>La teta y la luna</em> (1994), cierre de la trilog&iacute;a, tratar&iacute;a otras curvas del ruedo ib&eacute;rico: los hechos diferenciales y todo eso, con una dial&eacute;ctica entre lo catal&aacute;n y lo charnego que expresaba su repulsa a la otredad con referencias al olor a pies y resolv&iacute;a las diferencias identitarias por la v&iacute;a de la atracci&oacute;n l&uacute;brica &ndash;una verdad de cintura para abajo que no suele entender de ideolog&iacute;as&ndash;. <em>Jam&oacute;n, jam&oacute;n</em>, <em>Huevos de oro</em> y <em>La teta y la luna</em> son las tres pel&iacute;culas que uno le dar&iacute;a a un extraterrestre para que entendiera qui&eacute;nes fuimos a principios de los noventa, pero, tambi&eacute;n, qui&eacute;nes seguimos siendo y qui&eacute;nes hemos sido siempre. La filmograf&iacute;a de Luis Garc&iacute;a Berlanga tambi&eacute;n ser&iacute;a de gran utilidad si, en caso de invasi&oacute;n extraterrestre, uno quisiese captar la benevolencia de los reci&eacute;n llegados. Aunque, probablemente, las conclusiones que se pudiesen extraer del tr&iacute;ptico de Luna y del grueso de la carrera de Berlanga quiz&aacute; justificar&iacute;an el exterminio.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3c122a12-2a51-424a-abc3-c6c0c473fb08_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Esta pasada semana ha sido especialmente dolorosa para los aficionados al cine de aqu&iacute;: se han ido Jes&uacute;s Franco, Mariv&iacute; Bilbao y Bigas Luna, por ese orden. Y entre la pen&uacute;ltima y el &uacute;ltimo tambi&eacute;n lleg&oacute; la noticia del fallecimiento de Roger Ebert, figura esencial de la cr&iacute;tica de cine norteamericana de vocaci&oacute;n mayoritaria que, de hecho, no merece ser recordado por la &uacute;nica cosa discutible que hizo en su vida &ndash;pero que, ay, fue tristemente influyente&ndash;, sino por los muchos gestos de generosidad, flexibilidad y lucidez anal&iacute;tica a lo largo de una carrera marcada por la pasi&oacute;n de espectador. &iquest;Qu&eacute; fue lo malo que hizo Ebert? Popularizar, en sus apariciones televisivas junto a Gene Siskel, lo del neroniano pulgar arriba o pulgar abajo para salvar o condenar una pel&iacute;cula: un gesto que elimin&oacute; el matiz, que alent&oacute; la pereza del espectador/consumidor para entender y asimilar las ambig&uuml;edades de todo discurso cinematogr&aacute;fico (y, por extensi&oacute;n, de todo discurso cr&iacute;tico) y que mut&oacute; en las fastidiosas estrellitas o puntuaciones &ndash;de uno a cinco o de cero a diez&ndash; que algunos medios de comunicaci&oacute;n a&uacute;n se empe&ntilde;an en incluir en el encabezamiento de sus cr&iacute;ticas o en esos cuadros de valoraci&oacute;n que convierten el arte en una competici&oacute;n o en una est&uacute;pida carrera de sacos. Ebert merece ser recordado por muchas cosas: por ejemplo, a) por haber escrito el gui&oacute;n de <em>M&aacute;s all&aacute; del valle de las mu&ntilde;ecas</em> (1970) der Russ Meyer, una cumbre del cine dionisiaco, y por haber seguido contribuyendo, como escritor bajo seud&oacute;nimo, a enriquecer el imaginario del Cecil B. De Mille de la &eacute;pica mamaria en sus aportaciones para la extraordinaria <em>Megavixens</em> (1976) y para la ya barroca y l&iacute;mite <em>M&aacute;s all&aacute; del valle de las ult</em><em>ravixens</em> (1979); y b) por haber tenido gestos tan inusuales (y generosos) en un cr&iacute;tico como el de explicar y razonar un cambio de perspectiva de un d&iacute;a a otro, como hizo en su dos sucesivas cr&oacute;nicas escritas en el Festival de Cannes de 2009, revisando su primera y apresurada opini&oacute;n sobre el <em>Antic</em><em>risto</em> (2009) de Lars von Trier.
    </p><p class="article-text">
        Disculpen que me ponga sentimental, pero, tras comprobar c&oacute;mo en la galaxia tuitera hay un porcentaje nada desde&ntilde;able de usuarios a los que les gusta sumarse al deporte &ndash;&iquest;nacional?&ndash; de escupir sobre tumbas recientes, perdonar la vida en 140 caracteres y rebajar el nivel de quienes llevaban el suficiente camino recorrido como para merecerse, como m&iacute;nimo, mejores maneras, el hecho de recordar lo que nos hab&iacute;an dado Bigas Luna y Roger Ebert me lleva a seguir, de aqu&iacute; a que acabe este art&iacute;culo, a seguir rompiendo lanzas a favor de este dorado grupo de ausentes.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d5777dd8-f738-40ae-91dd-cfbd396136da_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Jam&aacute;s podr&eacute; olvidar, por ejemplo, el impacto que me causaron las fotos promocionales de <em>Bilbao</em> (1978), el segundo y (para m&iacute;, para muchos) revolucionario largometraje de Bigas Luna, vistas en el vest&iacute;bulo de un cine barcelon&eacute;s mucho antes de que tuviese edad legal para poder ver esa pel&iacute;cula &ndash;un pez con una salchicha en la boca y un vaso de leche derramado sobre las nalgas de Mar&iacute;a Mart&iacute;n: he ah&iacute; una iniciaci&oacute;n &oacute;ptico-er&oacute;tica verdaderamente disfuncional&ndash;; ni la inquietud que, durante meses, me provoc&oacute; el enigm&aacute;tico cartel de <em>Caniche</em> (1979) en la fachada del cine Catalu&ntilde;a; ni la primera vez que vi a Jes&uacute;s Franco, en los alrededores de una piscina de un hotel en Sitges, mientras se hallaba en pleno rodaje de <em>La punta de las v&iacute;boras</em> (1994) &ndash;tambi&eacute;n conocida como <em>Ciudad Baja (Downtown Heat)</em>&ndash; y, junto a Lina Romay, repasaba en un cuaderno la lista de utillaje que era preciso comprar para esa misma tarde; ni el d&iacute;a en que, muchos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, Jess y Lina me hablaron del c&oacute;digo secreto que compart&iacute;an con un camarero de Torremolinos para que les sirviese tiernos chanquetes; ni la efervescente confusi&oacute;n que hab&iacute;a en el rodaje de <em>Killer Barbys</em> (1996), donde se forjaron tantas amistades duraderas y el paisaje valenciano de Cullera se convirti&oacute; en una prolongaci&oacute;n de ese <em>no man&rsquo;s land</em> franquiano donde el Parque G&uuml;ell es el castillo de Fu Manch&uacute; y la lisboeta Torre de Bel&eacute;n funciona como la catedral del deseo secreto de Janine Reynaud&hellip; Tampoco podr&eacute; olvidar esa sesi&oacute;n, ya no recuerdo en qu&eacute; festival, en que se proyect&oacute; <em>La primera vez</em> (2001), el corto debut de Borja Cobeaga, protagonizado por una Mariv&iacute; Bilbao que, desde la pantalla, inspir&oacute; un momento de catarsis colectiva, provocando la respuesta inmediata de cada miembro de la platea con su precisi&oacute;n a la hora de calzar r&eacute;plicas c&oacute;micas. Bigas Luna, Jes&uacute;s Franco, Mariv&iacute; Bilbao, Roger Ebert&hellip; Todos ellos se han ido antes de que podamos pagarles todo lo que les debemos. Todos ellos se han ido dej&aacute;ndonos una (grata) tarea pendiente: nos queda completar los huecos, nuestras lagunas, poder ir conoci&eacute;ndoles mejor aunque ya no est&eacute;n&hellip; porque, de hecho, seguir&aacute;n estando.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/9108eebf-80b7-40b6-ab90-2e48f2754d6c_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jordi Costa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/ausencias-tareas-pendientes_1_5635141.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Apr 2013 12:16:19 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Ausencias y tareas pendientes]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Santas reliquias inmobiliarias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/santas-reliquias-inmobiliarias_1_5632532.html]]></link>
      <description><![CDATA[<figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/187dff8c-7c43-4e1e-b4b1-f4336c9d50af_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        En la costa del levante hay cientos de esqueletos de edificios cuya construcci&oacute;n qued&oacute; interrumpida de un d&iacute;a para otro al estallar la crisis del ladrillo. A veces parecen costillares de ballenas varadas; a veces recuerdan, al caer la tarde, el gale&oacute;n que encontraron en tierra firme, muy lejos del mar, aquellos fundadores de Macondo. 
    </p><p class="article-text">
        Yo no dudo de que estas reliquias se convertir&aacute;n un d&iacute;a en iglesias. 
    </p><p class="article-text">
        Los madrile&ntilde;os del ma&ntilde;ana, cuando hayan olvidado ya la burbuja inmobiliaria, tras horas atrapados en pavorosas caravanas, alcanzar&aacute;n exhaustos la orilla del Mediterr&aacute;neo y caer&aacute;n de rodillas ante esas misteriosas armaduras de cemento. 
    </p><p class="article-text">
        Inventaran para el t&oacute;tem un sentido religioso, una liturgia, media docena de oraciones, un altar de sacrificios.
    </p><p class="article-text">
        La nueva religi&oacute;n tambi&eacute;n tendr&aacute; sus profetas y sus m&aacute;rtires, sus herej&iacute;as y su curia, sus dogmas, sus cismas, su propia Inquisici&oacute;n, y hasta textos sagrados en confusos hex&aacute;metros o quiz&aacute; en fragmentos del para entonces ya perdido poema que dedic&oacute; Rodrigo Caro a las ruinas de It&aacute;lica:
    </p><p class="article-text">
        Estos, Fabio &iexcl;ay dolor! que ves ahora
    </p><p class="article-text">
        campos de soledad, mustio collado,
    </p><p class="article-text">
        fueron un tiempo It&aacute;lica famosa&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Leves vuelan cenizas desdichadas;
    </p><p class="article-text">
        las torres que desprecio al aire fueron
    </p><p class="article-text">
        a su gran pesadumbre se rindieron.
    </p><p class="article-text">
        Este despedazado anfiteatro,
    </p><p class="article-text">
        imp&iacute;o honor de los dioses, cuya afrenta
    </p><p class="article-text">
        publica el amarillo jaramago,
    </p><p class="article-text">
        ya reducido a tr&aacute;gico teatro,
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;oh f&aacute;bula del tiempo! representa
    </p><p class="article-text">
        cu&aacute;nta fue su grandeza y es su estrago.
    </p><p class="article-text">
        &hellip;Aqu&iacute; ya de laurel, ya de jazmines
    </p><p class="article-text">
        coronados los vieron los jardines,
    </p><p class="article-text">
        que ahora son zarzales y lagunas.
    </p><p class="article-text">
        La casa para el C&eacute;sar fabricada
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;ay! yace de lagartos vil morada;
    </p><p class="article-text">
        casas, jardines, c&eacute;sares murieron,
    </p><p class="article-text">
        y aun las piedras que de ellos se escribieron.
    </p><p class="article-text">
        Fabio, si t&uacute; no lloras, pon atenta
    </p><p class="article-text">
        la vista en luengas calles destruidas;
    </p><p class="article-text">
        mira m&aacute;rmoles y arcos destrozados,
    </p><p class="article-text">
        mira estatuas soberbias que violenta
    </p><p class="article-text">
        N&eacute;mesis derrib&oacute;, yacer tendidas,
    </p><p class="article-text">
        y ya en alto silencio sepultados
    </p><p class="article-text">
        sus due&ntilde;os celebrados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/7eafecb7-9227-42ed-ac1e-d330d9a2d532_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        En el paisaje espectral de los solares de Terra M&iacute;tica, entre las ruinas de la Ciudad de la Luz, sobre el asfalto derretido de las pistas de despegue del aeropuerto de Castell&oacute;n o del circuito de F&oacute;rmula 1 de Valencia, atravesando los escombros de Marina d&rsquo;Or, los cr&eacute;dulos madrile&ntilde;os del futuro se coger&aacute;n de la mano, temblorosos, para celebrar juntos el santo sacrificio del capital redentor, creador de empleo y de riqueza.
    </p><p class="article-text">
        Este es el porvenir que nos espera por haber vivido dentro de un famoso soneto de Cervantes: 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Voto a Dios que me espanta esta grandeza
    </p><p class="article-text">
        y que diera un dobl&oacute;n por describilla!;
    </p><p class="article-text">
        porque, &iquest;a qui&eacute;n no suspende y maravilla
    </p><p class="article-text">
        esta m&aacute;quina insigne, esta braveza?
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;Por Jesucristo vivo, cada pieza
    </p><p class="article-text">
        vale m&aacute;s que un mill&oacute;n, y que es mancilla
    </p><p class="article-text">
        que esto no dure un siglo, &iexcl;oh gran Sevilla,
    </p><p class="article-text">
        Roma triunfante en &aacute;nimo y riqueza! 
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;Apostar&eacute; que la &aacute;nima del muerto,
    </p><p class="article-text">
        por gozar este sitio, hoy ha dejado 
    </p><p class="article-text">
        el cielo, de que goza eternamente!&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        Esto oy&oacute; un valent&oacute;n y dijo: &ldquo;&iexcl;Es cierto
    </p><p class="article-text">
        lo que dice voac&eacute;, se&ntilde;or soldado,
    </p><p class="article-text">
        y quien dijere lo contrario miente!&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        Y luego incontinente
    </p><p class="article-text">
        cal&oacute; el chapeo, requiri&oacute; la espada,
    </p><p class="article-text">
        mir&oacute; al soslayo, fuese, y no hubo nada.
    </p><p class="article-text">
        Como se sabe, est&aacute; dedicado al t&uacute;mulo que se erigi&oacute; en Sevilla para Felipe II. En el soneto, frente al monumento f&uacute;nebre, dialogan dos personajes: un soldado esc&eacute;ptico y socarr&oacute;n que no se cree nada y un valiente de guardarrop&iacute;a, el matasiete fanfarr&oacute;n que defiende la maravilla reci&eacute;n construida. 
    </p><p class="article-text">
        Los de mi edad conocemos muy bien este soneto porque era el &uacute;nico ejemplo inevitable de estrambote, es decir, seg&uacute;n la Academia: &ldquo;un conjunto de versos que por gracejo o bizarr&iacute;a suele a&ntilde;adirse al fin de una combinaci&oacute;n m&eacute;trica, especialmente del soneto&rdquo;.<em> </em>Al igual que &ldquo;estramb&oacute;tico&rdquo;, procede del italiano <em>strambotto</em>.
    </p><p class="article-text">
        Todo el mundo sabe, menos el maldecido corrector de Word, que &ldquo;voac&eacute;&rdquo; equivale a <em>usted</em>, tal y como indica la Academia. &ldquo;Incontinente&rdquo; o &ldquo;incontinenti&rdquo; nada tiene que ver ni con hacerse pis ni con la capacidad de reprimir un deseo, sino que viene del lat&iacute;n <em>in continenti</em> y significa inmediatamente, prontamente, al instante.
    </p><p class="article-text">
        Fuera de esto, el poema es transparente, como lo es nuestro predicamento. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando vimos alzarse el t&uacute;mulo ante nosotros, &iquest;qu&eacute; hicimos? 
    </p><p class="article-text">
        Cuando el PSOE de Felipe Gonz&aacute;lez invent&oacute; el pelotazo y Solchaga presum&iacute;a de que en Espa&ntilde;a era muy f&aacute;cil hacerse millonario, cuando el PP de Aznar celebraba bodas en El Escorial con El Bigotes como invitado de honor, cuando los del PSOE de Zapatero se lanzaban en picado hacia los consejos de administraci&oacute;n, cuando B&aacute;rcenas repart&iacute;a sobres en el PP de Rajoy, cuando nuestros pueblos y ciudades empezaron a rebosar de chirimbolos de Calatrava o de Foster, de falos enhiestos y megal&oacute;manos, de pirul&iacute;s, de torres KIO, de tanta m&aacute;quina insigne, de tanto edifico singular y tanto chalet adosado, durante todo ese tiempo, nosotros, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;bamos? &iquest;Con el soldado esc&eacute;ptico y socarr&oacute;n? &iquest;O con el valent&oacute;n insolente dispuesto a defender con la espada su derecho a ser millonario, a comprar un 4x4, a viajar por el mundo en vuelos de bajo coste o a vestir un traje de Armani o por lo menos de Milano?
    </p><p class="article-text">
        Muchos sin duda estaban con el valent&oacute;n, a favor de crear riqueza y empleo y de presumir sin complejos de la Marca Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Otros estaban con el soldado incr&eacute;dulo y disgustado por lo que ve&iacute;a, pero hicieron lo mismo que &eacute;l: no levantar la voz. 
    </p><p class="article-text">
        Por no discutir, dejaron que el valent&oacute;n soltara sus sandeces y se fueron con una sonrisa ir&oacute;nica a ocuparse de sus asuntos.
    </p><p class="article-text">
        Si seguimos as&iacute;, acabaremos todos arrodillados en las nuevas iglesias de la ruinas del ladrillo, adorando al mismo becerro de oro de Moloch, el &iacute;dolo del capitalismo devorador de hombres.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/9ebb7a31-f6f1-409e-a516-e75cb5b732fb_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Reig]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/santas-reliquias-inmobiliarias_1_5632532.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Apr 2013 10:44:48 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Santas reliquias inmobiliarias]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El ladrillo es cultura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/ladrillo-cultura_1_5632274.html]]></link>
      <description><![CDATA[<figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d26c6bfb-f66a-49c7-b249-4127ec9c1ea0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Jorge M&eacute;ndez Blake es un joven artista mexicano que a menudo utiliza los libros en construcciones arquitect&oacute;nicas creando instalaciones muy interesantes. Alguien podr&iacute;a ver en la foto superior la alegor&iacute;a de la literatura aplastada bajo el peso de la obra que realmente importa, la arquitect&oacute;nica, la del ladrillo. Pero nada m&aacute;s lejos. Franz Kafka es ah&iacute; el elemento que hace que no se tambalee todo: el libro como piedra angular de un s&oacute;lido muro. (Est&aacute; bien, o como un modesto ladrillo m&aacute;s).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/fcdb1326-295e-4f18-bdf9-f4e962c058ac_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Saliendo de los centros de las ciudades, de las zonas antiguas o tur&iacute;sticas, yo creo que todos nos hemos preguntado alguna vez por qu&eacute; es tan feo el paisaje urbano. La respuesta parece simple y m&uacute;ltiple: porque el espacio p&uacute;blico ha sido fuente de negocios y especulaci&oacute;n, y tambi&eacute;n &ndash;para qu&eacute; enga&ntilde;arnos&ndash; por el mal gusto de los responsables, por la dejadez ante otras &ldquo;prioridades&rdquo; o por la simple indiferencia.
    </p><p class="article-text">
        En relaci&oacute;n con la arquitectura o el paisaje  que nos rodea en las ciudades hay un blog alojado en la  Red que  para  m&iacute; supone siempre un refugio, un oasis para descansar de  cosas  feas y  dejarme sorprender por algo que puede ir de lo espectacular  a lo   divertido o de lo trascendente a lo bonito. Se trata de <a href="http://floresenelatico.es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">floresenelatico.es</a>, y lleva en marcha desde 2006. Su creadora es Remedios Vicent, artista    y rastreadora de artistas, profesional especializada en los    usos   del  espacio p&uacute;blico que entre otras muchas iniciativas dirige la Oficina de Gesti&oacute;n de Muros, una    herramienta para poner en contacto a artistas urbanos con        comunidades de vecinos y due&ntilde;os de muros interesados en que se        intervenga en ellos. 
    </p><p class="article-text">
        El tipo de entradas que ofrece el blog es muy variado, hay arte urbano, conceptual y ef&iacute;mero, instalaciones en museos o intervenciones al aire libre, fotograf&iacute;as o fotomontajes en la ciudad o en plena naturaleza. Lo que une todas las entradas es el  deseo expl&iacute;cito de explorar la relaci&oacute;n del ser humano  con su entorno,  adoptando a menudo un punto de vista cr&iacute;tico, pero  tambi&eacute;n humor&iacute;stico.  En definitiva, no estamos hablando de  intervenciones permanentes donde el <em>artista </em>entra en trance  y tuerce un poco una l&aacute;mina de acero, la clava en la tierra   en medio  de un parque, y luego coloca al lado un cartel que dice &ldquo;Sin t&iacute;tulo&rdquo;. No hay pose ninguna en las obras que elige Remedios Vicent para su <em>&aacute;tico</em>. Ella misma se queja de que el arte urbano &ldquo;&uacute;ltimamente me parece desagradablemente grandilocuente y tristemente falto de sentido del humor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Flores en el &aacute;tico</em> encontr&eacute; el trabajo de M&eacute;ndez Blake: <a href="http://floresenelatico.es/libros-que-sustentan-construcciones/2073" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Infancia y ladrillo</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5bd968f7-2afa-4d76-b62a-e4a311f18946_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os y adolescentes son los primeros en sufrir la falta de espacios p&uacute;blicos donde reunirse. Pienso en los parques infantiles, los pocos que hay, y todos son terror&iacute;ficos. Remedios Vicent alude a las empresas que tienen el monopolio del mobiliario de estos espacios   p&uacute;blicos y tambi&eacute;n a la preocupaci&oacute;n por las homologaciones. Dos razones   que encabezar&iacute;an una larga lista de otros problemas. 
    </p><p class="article-text">
        En este sentido me encantan los fotomontajes realizados por el dise&ntilde;ador Robert Rickhoff con los que cuestiona la planificaci&oacute;n de los espacios comunes, esos  lugares donde la gente vive y se mueve, no solo va de paso  corriendo  para saltar del metro a la cama. Me gusta adem&aacute;s porque lo  hace desde  el humor. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/a1e58f91-2b8e-479d-baa5-24174d5e6d1c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Y eso que la calle en que est&aacute;n tomadas estas fotograf&iacute;as, con ese verde intenso y ese espacio bastante amplio, ya la querr&iacute;amos aqu&iacute; en el centro de cualquiera de nuestras ciudades.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n este trabajo lo descubr&iacute; en <em>Flores en el &aacute;tico</em>: <a href="http://floresenelatico.es/imagenes-de-diversion-urbana/9509" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tierra y ladrillo</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Las plazas   p&uacute;blicas son grises y duras, porque no est&aacute;n dise&ntilde;adas para ser usadas   por los ciudadanos, sino para ser comercializadas, por trozos o en su   totalidad, dependiendo del evento en cuesti&oacute;n y supongo que del dinero   que se pague por ella&rdquo;, dice Remedios sobre las plazas, en este caso,  de  Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Hay en su blog una entrada sobre un movimiento llamado <a href="http://depave.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Depave</a>, iniciado en Oreg&oacute;n, que se puso en marcha con el fin de liberar a la tierra de las capas  de asfalto y hormig&oacute;n in&uacute;tiles. Lo que pretenden es que la     naturaleza vuelva a formar parte del paisaje urbano. Los voluntarios     localizan zonas pavimentadas que ya no se utilizan y levantan el   asfalto   hasta dar con la tierra sepultada debajo. &iquest;La playa bajo los    adoquines?  Bueno, si no la playa&hellip;, al menos una plantita. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Luz y ladrillo</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/149380df-5e37-44d6-b03a-88ddcad00c21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Algo que tengo que agradecer tambi&eacute;n a <em>Flores en el &aacute;tico</em> (ya veis que el &ldquo;pescado&rdquo; de hoy es un pozo sin fondo) es el descubrimiento del colectivo Luzinterruptus, cuya actividad me tiene fascinada. La fotograf&iacute;a sobre estas l&iacute;neas corresponde a la intervenci&oacute;n llamada <a href="http://luzinterruptus1.blogspot.com.es/2009/04/luz-en-el-asfalto.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cr&aacute;teres luminosos del m&aacute;s aca</a>. Luzinterruptus utiliza para sus actuaciones las obras que se realizan en Madrid, es decir, que ocasiones no les faltan. Esta         intervenci&oacute;n en concreto es una de las preferidas de Remedios     porque     &ldquo;ha sido hecha con m&iacute;nimos recursos, de manera casi     espont&aacute;nea y     aprovechando los aconteceres de la calle&rdquo;.  
    </p><p class="article-text">
        Se trata en todo caso de pensar el espacio com&uacute;n, el espacio que compartimos. Yo no creo que las ciudades tengan que ser galer&iacute;as de arte al aire libre, pero est&aacute; claro que hay que cuidar de lo que nos rodeamos  y hacerlo lo m&aacute;s agradable posible. El ladrillo es cultura, claro que  s&iacute;; la manera de modelar el entorno define una sociedad y expresa el  talante de sus miembros. Por eso yo no veo en la instalaci&oacute;n de Jorge M&eacute;ndez Blake &ndash;con que comenzaba el art&iacute;culo&ndash;  al libro, a la  cultura aplastada por el ladrillo, tampoco interpreto en esa imagen el  libro como piedra angular del muro. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que  veo es libro y ladrillo equiparados como piezas hechas por  el hombre  para alzar una construcci&oacute;n, poner en pie algo, una  edificaci&oacute;n humana.  La civilizaci&oacute;n, &iquest;no era eso?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Begoña Huertas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/ladrillo-cultura_1_5632274.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Apr 2013 08:58:46 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El ladrillo es cultura]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Arte urbano,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Talento de sangre azul]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/talento-sangre-azul_1_5632660.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Tras conocer que finalmente la Infanta ser&iacute;a imputada por cooperaci&oacute;n necesaria con Urdangar&iacute;n, estuve <em>a un tris</em> de echarme  a la calle con un gorro frigio y   una guada&ntilde;a, dispuesto a cercenar testas coronadas y derramar   r&iacute;os  de  sangre azul; mas luego record&eacute; que aunque son excepciones,   incluso   entre reyes y nobles hay alguno indultable por m&eacute;ritos   art&iacute;sticos,  que  a la postre son los &uacute;nicos que cuentan.
    </p><p class="article-text">
        Solo as&iacute; pude mantener a raya mi virulento odio de clase.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/64fa4870-722f-4d4c-a45f-b7b0240ead8f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Si alg&uacute;n poder dignificante hay en este mundo, con certeza no es el de conceder toisones de oro o fornicar con amantes mantenidas con el dinero de los contribuyentes, sino el de emocionar al pr&oacute;jimo.
    </p><p class="article-text">
        A Enrique VIII de Inglaterra, por ejemplo, se le atribuye (adem&aacute;s de cientos de decapitaciones, varios divorcios y un cisma religioso) una de las composiciones m&aacute;s famosas de todo el Renacimiento, <em>Greensleeves</em>. Nunca  llegaremos a saber con absoluta certeza si el col&eacute;rico monarca fue el  verdadero autor de semejante joya, pero tenemos constancia de que  componer, compuso un buen pu&ntilde;ado de canciones, que todav&iacute;a hoy resuenan  en los auditorios de medio mundo.
    </p><p class="article-text">
        Otro rey con talento musical fue Federico el Grande de Prusia, mucho m&aacute;s interesado en la m&uacute;sica y en la filosof&iacute;a que en las conquistas y en la grandeza militar. A lo largo de su vida compuso cien sonatas para flauta (instrumento que tocaba con gran destreza) y cuatro sinfon&iacute;as. No s&eacute; si lector ha intentando alguna vez componer una sinfon&iacute;a, pero resulta a&uacute;n m&aacute;s peliagudo que sacarse el carn&eacute; de conducir a la primera o re&iacute;rse con las gracietas parlamentarias de Crist&oacute;bal Montoro. Federico el Grande disfrut&oacute; del impagable privilegio de conocer a J. S. Bach cuando este fue a la Corte de Potsdam a visitar a su hijo, all&iacute; empleado. El monarca desafi&oacute; al gran compositor a que desarrollara una composici&oacute;n a seis voces, sobre un motivo que &eacute;l mismo hab&iacute;a ideado, y el resultado fue una de las obras m&aacute;s c&eacute;lebres y sesudas de todo el Barroco tard&iacute;o: la <em>Ofrenda Musical.</em>
    </p><p class="article-text">
        A Ludwig van Beethoven se le tuvo durante mucho tiempo por un compositor de or&iacute;genes aristocr&aacute;ticos, cuando en realidad pertenec&iacute;a a la peque&ntilde;a burgues&iacute;a alemana. Pero cuando cruz&oacute; el Rin desde su Bonn natal, para comerse el mundo en la Viena del emperador Franz, el <em>van </em>de su apellido, que en lengua flamenca no implica nobleza, fue tomado por los desinformados nobles austriacos como la se&ntilde;al inequ&iacute;voca de que Beethoven era uno de ellos. Es decir, interpretaron que el <em>van</em> de Flandes se correspond&iacute;a con el <em>von</em> alem&aacute;n. Beethoven omiti&oacute;, durante muchos a&ntilde;os, desmentir este gigantesco equ&iacute;voco, que le abr&iacute;a puertas y le facilitaba la protecci&oacute;n de sus mecenas, hasta que en el virulento pleito que entabl&oacute; por la custodia de su sobrino Karl, se vio abligado a admitir que por sus venas corr&iacute;a menos sangre azul que por la de esos espa&ntilde;olitos catetos y acomplejados que se a&ntilde;aden el <em>de</em> al primer o segundo apellido para aparentar un linaje que no tienen.
    </p><p class="article-text">
        <a href="http://www.youtube.com/watch?v=jCKR2EqUjjg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Greensleeves</a>, composici&oacute;n atribuida al Rey Enrique VIII de Inglaterra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Max Pradera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/Kafka/talento-sangre-azul_1_5632660.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Apr 2013 11:18:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Talento de sangre azul]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Beethoven]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
