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    <title><![CDATA[elDiario.es - Leónidas Martín Saura]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Leónidas Martín Saura]]></description>
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      <title><![CDATA[El germen del fin (sobre el derribo de estatuas)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/interferencias/germen-derribo-estatuas_132_6126740.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6d1d5231-583d-4b7d-a2af-19908e8b25f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El germen del fin (sobre el derribo de estatuas)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La historia está llena de ejemplos de revoluciones iconoclastas que, al tratar de inaugurar un nuevo relato del mundo, lo que consiguieron fue colaborar activamente en el reforzamiento del viejo</p></div><p class="article-text">
        Uno no es el mismo en todo momento. Yo, sin ir m&aacute;s lejos, no encuentro muchas similitudes entre quien fui ayer cuando baj&eacute; a la playa de la Barceloneta a darme un ba&ntilde;o &ndash;aprovechando que este a&ntilde;o no hay tantos turistas&ndash;, y el que soy en estos momentos mientras escribo estas l&iacute;neas. Y eso por no hablar del que fui cuando nac&iacute;, hecho que sin duda debi&oacute; de acontecer pero del que no conservo ning&uacute;n recuerdo.
    </p><p class="article-text">
        Esta inestabilidad del &ldquo;ser&rdquo; trae consigo, adem&aacute;s de una pesada carga de inseguridad, una obviedad manifiesta: la estatua de alguien no representa nunca a la persona que fue. &iquest;Qu&eacute; es lo que representa entonces una estatua? Responder a esta pregunta como se merece nos llevar&iacute;a sin duda un tiempo del que ahora mismo no disponemos, pero resumiendo mucho podemos decir que las estatuas de personajes hist&oacute;ricos m&aacute;s que ser la representaci&oacute;n fidedigna de alguien, son, en realidad, un medio para expresar, legitimar y, en cierta medida, imponer un poder. 
    </p><p class="article-text">
        Una gran furia iconoclasta se ha desatado estos d&iacute;as por todas partes, y las estatuas de los h&eacute;roes han comenzado a caer al suelo sin parar. El rey belga Leopoldo II; el traficante de esclavos Edward Colston; el general confederado Robert E. Lee; el presidente Roosevelt; y Col&oacute;n, sobre todo, Crist&oacute;bal Col&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Al verlas caer, algunos ponen el grito en el cielo. Dicen que derribar una estatua es borrar la historia. Esta afirmaci&oacute;n me parece bastante exagerada, pero he de reconocer que algo de raz&oacute;n tiene. Al fin y al cabo, todo acto iconoclasta es siempre un intento por erradicar la historia asociada a la imagen que destruye. Lo que pasa es que nunca lo consigue del todo, del mismo modo que la estatua erguida en su pedestal tampoco consigue nunca imponer del todo su poder. Lo que ambas manifestaciones consiguen a lo sumo es suprimir o imponer tan solo una parte de la historia.
    </p><p class="article-text">
        La parte de la historia que tratan de eliminar estos &uacute;ltimos ataques iconoclastas perpetrados contra la estatuaria de corte imperialista es aquella que presenta a estos hombres (porque son todos hombres) como h&eacute;roes. &ldquo;Tenemos que dejar de ver a estos personajes como h&eacute;roes y empezar a verlos como lo que realmente fueron&rdquo;, declar&oacute; ante las c&aacute;maras de televisi&oacute;n uno de los j&oacute;venes que derrib&oacute; la estatua de Col&oacute;n en Virginia. Y yo estoy con &eacute;l. 
    </p><p class="article-text">
        Para m&iacute; estas estatuas imperialistas responden a un sentido muy antiguo del ser humano. Uno en el que, por ejemplo, los seres humanos de raza negra quedaban excluidos y humillados por siempre. Los j&oacute;venes activistas de Black Lives Matter tumban estas estatuas con el deseo de pasar de p&aacute;gina en este oscuro cap&iacute;tulo de la historia y dejar atr&aacute;s la tradici&oacute;n racista del supuesto universalismo burgu&eacute;s. Yo comparto su deseo, a m&iacute; tambi&eacute;n me gustar&iacute;a pasar p&aacute;gina y terminar de una vez por todas con este pesado libro.
    </p><p class="article-text">
        Levantar cualquiera de estas estatuas en una plaza fue siempre un acto de separaci&oacute;n. Algo parecido a levantar una frontera. Sus pedestales nunca fueron otra cosa que muros entre personas. A sus pies, no se pudo llevar a cabo nunca ning&uacute;n acto de uni&oacute;n entre iguales. Estas estatuas negaron siempre nuestra condici&oacute;n de seres sociales necesitados los unos de los otros. Por eso creo que acarrean tanto descontento, porque son monumentos a la desigualdad que no permiten establecer lazos de amistad.
    </p><p class="article-text">
        Puede que en el futuro se sorprendan viendo que hubo un tiempo en el que los humanos vivimos bajo la sombra de las estatuas de unos hombres que fueron tratantes de esclavos, colonialistas o, en el caso de Leopoldo II de B&eacute;lgica, genocidas. Quiz&aacute; vean el nuestro como el tiempo de una civilizaci&oacute;n oscura incapaz de vislumbrar para s&iacute; misma otras referencias, otros valores y otros s&iacute;mbolos que aquellos referidos al dolor y a la humillaci&oacute;n de nuestros semejantes.
    </p><p class="article-text">
        Rebelarse contra el mundo que construy&oacute; estas figuras de lo monstruoso no me resulta, pues, una mala idea. Forzar su ca&iacute;da, disociarlas de lo heroico y comenzar a vincularlas con unos nuevos relatos como, por ejemplo, el de los campos de concentraci&oacute;n en el caso de Roosevelt, o el del genocidio congole&ntilde;o en el caso de Leopoldo II, me parece un buen plan. Pero es un plan que no est&aacute; exento de peligros. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando un sentido se encuentra tan arraigado en la cultura como se encuentra el de estos personajes (al menos en la cultura occidental), tratar de erradicarlo por la fuerza suele provocar dos reacciones antag&oacute;nicas. Por un lado, cada estatua que cae al suelo abre una grieta en la creencia oficial de la historia; pero, por otro, esa misma ca&iacute;da apuntala y refuerza la fe de sus creyentes. Este es un problema muy antiguo, la historia est&aacute; llena de ejemplos de revoluciones iconoclastas que, al tratar de inaugurar un nuevo relato del mundo, lo que consiguieron fue colaborar activamente en el reforzamiento del viejo. 
    </p><p class="article-text">
        El caso de la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica es un claro ejemplo de ello. Visto con la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo, resulta evidente el v&iacute;nculo entre la aceleraci&oacute;n simb&oacute;lica impuesta por el proyecto comunista y el odio con el que terminaron derrib&aacute;ndose sus im&aacute;genes en toda la Europa oriental tras su ca&iacute;da en 1989. Hab&iacute;an pasado casi cien a&ntilde;os y, aun as&iacute;, las estatuas del antiguo r&eacute;gimen volvieron a alzarse (bajo una nueva forma) con el mismo &iacute;mpetu de anta&ntilde;o o incluso mayor. 
    </p><p class="article-text">
        Es la paradoja de las revoluciones iconoclastas: que en su intento por acelerar el curso del tiempo inscrito en la piedra terminan muchas veces compitiendo con la pol&iacute;tica en su af&aacute;n por atestiguar y conceder peso a la historia. Y es que pol&iacute;tica y arte mantienen una estrecha relaci&oacute;n desde el momento mismo en que ambas hicieron aparici&oacute;n en nuestras sociedades (mucho antes incluso de que las dos se llamasen as&iacute;). En cuanto la pol&iacute;tica descubri&oacute; el modo de organizar y ordenar la materia que ofrec&iacute;a el arte, qued&oacute; absolutamente prendada por &eacute;l. Fue como si adivinase en el arte la magia capaz de ordenar el desorden de un mundo en constante cambio. Desde entonces, tanto el arte como la destrucci&oacute;n del arte no han dejado de ser para la pol&iacute;tica m&aacute;s que el instrumento con el que provocar cambios en nuestros modos de vida y la manera de perpetuarlos una vez acontecidos.
    </p><p class="article-text">
        Las esculturas hist&oacute;ricas est&aacute;n hechas para durar (por eso est&aacute;n esculpidas en piedra o fundidas en bronce), pero nunca duran tanto como las ideas que contienen. Seguramente era esto en lo que pensaba Roland Barthes cuando dijo aquello de que es siempre m&aacute;s subversivo alterar un signo que tratar de destruirlo. Entre otras cosas, porque las esculturas, como cualquier otro artefacto, est&aacute;n destinadas a desaparecer tarde o temprano, independientemente del uso que les demos. No hay m&aacute;s que ver en qu&eacute; estado se encuentran hoy muchas de las im&aacute;genes religiosas que fueron concebidas para ser besadas y acariciadas, para darse cuenta de que incluso la veneraci&oacute;n termina por convertirse a la larga en un agente destructivo, un tipo de iconoclastia.
    </p><p class="article-text">
        Las creencias, sin embargo, resisten el paso del tiempo mucho m&aacute;s y mejor. Como lo hacen tambi&eacute;n los valores y las normas asociados a una estatua. Por eso yo soy partidario siempre de modificar una imagen a&ntilde;adi&eacute;ndole una nueva capa de sentido m&aacute;s que de destruirla. En primer lugar, porque su destrucci&oacute;n, como digo, est&aacute; asegurada; y, en segundo lugar, porque al tratar de acelerar la destrucci&oacute;n de cualquier imagen corremos un grave riego de alargar su vida inmaterial. As&iacute; que aplaudo las protestas antirracistas y las demandas de igualdad y de inclusi&oacute;n que est&aacute;n detr&aacute;s de los &uacute;ltimos derribos de estatuas imperialistas, pero mucho me temo que no van a obtener los resultados que esperan aquellos que las han tirado al suelo. 
    </p><p class="article-text">
        Para el historiador del arte Andr&eacute; Chastel el hecho de que la historia del arte franc&eacute;s est&eacute; tan llena de actos de destrucci&oacute;n iconoclasta se debe a que Francia es &ldquo;un pa&iacute;s de guerras civiles&rdquo;. Me parece que tiene raz&oacute;n; yo tambi&eacute;n creo que todo el derrumbe de estatuas que estamos presenciando estos d&iacute;as es se&ntilde;al inequ&iacute;voca de que andamos sumidos en una guerra civil. Cada d&iacute;a que pasa se extiende m&aacute;s la intolerancia por la corteza de nuestra cultura, y cada vez soportamos menos opiniones e ideas distintas a las nuestras (ideas que, por cierto, se sostienen con alfileres en nuestra cabeza). Andamos todos ahora en el sendero fiero y la humillaci&oacute;n p&uacute;blica y el ostracismo son tendencia al alza en el conjunto del cuerpo social. No hay m&aacute;s que observar con detenimiento la actividad de las redes sociales para percatarnos de que la guerra civil es hoy la forma que define nuestra vida cotidiana, y mucho me temo que el hecho de derribar una imagen para poner otra en su lugar no hace m&aacute;s que incrementar el esp&iacute;ritu de esta guerra civil. 
    </p><p class="article-text">
        Tratar de traer de vuelta los &ldquo;verdaderos valores&rdquo; derribando las im&aacute;genes de otros, por muy negativas que estas puedan ser, abre las puertas a m&aacute;s violencia. Y si hay algo que no necesitamos es, precisamente, m&aacute;s violencia. Ning&uacute;n gesto iconoclasta convencer&aacute; nunca a nadie que est&eacute; en contra de las ideas que nos llevan a cometerlo. M&aacute;s bien al rev&eacute;s: se acentuar&aacute; en ellos la idea de su mundo contra el nuestro y, a partir de ese momento, todo lo que venga del nuestro ser&aacute; para ellos ya siempre falso, igual que para nosotros todo lo que venga del suyo. Seguir por esta v&iacute;a es, desde mi punto de vista, adentrarse en el desierto de una civilizaci&oacute;n que ya no vislumbra ning&uacute;n mundo compartido. 
    </p><p class="article-text">
        Ese podr&iacute;a ser un destino de la humanidad como cualquier otro si no fuera porque nos necesitamos y estamos obligados a seguir viviendo relacion&aacute;ndonos los unos con los otros. &iquest;Qu&eacute; hacer, pues, cuando debemos seguir viviendo juntos y no nos permiten hacerlo unas im&aacute;genes y tampoco su destrucci&oacute;n? No es f&aacute;cil responder a este interrogante. Yo dir&iacute;a que hay que seguir erosionando el sentido incrustado en esas viejas im&aacute;genes, y tratar de hacerlo sin incrementar la separaci&oacute;n entre nosotros. Debemos evitar por todos los medios ser como las im&aacute;genes que rechazamos, creadas y levantadas en la calle precisamente para separarnos. 
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; haya llegado el momento de apartar nuestra mirada de los pedestales de esas estatuas y volver a mirar al suelo. Creo que dar con una nueva idea compartida del mundo exige volver a mirar al suelo, pues toda idea est&aacute; siempre instalada en un paisaje, y ese paisaje no puede ser el de la guerra civil. En cuanto apartemos la mirada de esas estatuas y la pongamos en el suelo, veremos que la tierra est&aacute; exhausta. Esta revelaci&oacute;n puede que nos ponga en camino de sostener de nuevo una idea compartida del mundo. Una idea ajena a las certezas morales que tra&iacute;an consigo las viejas estatuas imperialistas, surgida de la consciencia de nuestra complicidad en el espect&aacute;culo de violencia y sufrimiento que se extiende hoy por todo el planeta.
    </p><p class="article-text">
        Aprovechemos, pues, ahora que todav&iacute;a quedan en pie algunas de estas terribles esculturas, y pregunt&eacute;monos qu&eacute; tipo de representaciones queremos crear una vez que hayan ca&iacute;do todas. C&oacute;mo ser&aacute;n, de qu&eacute; estar&aacute;n hechas estas nuevas representaciones capaces de interpelarnos a todos y no s&oacute;lo a unos pocos. C&oacute;mo haremos para que act&uacute;en como un llamado que nos hacemos a nosotros mismos, como un contagio, como una llama viva. Para que nos acerquen de nuevo al mundo en el que vivimos y, a la vez, nos ayuden a tomar distancia de nosotros mismos. Para que nos desidentifiquen, que nos desintoxiquen, y para que nos otorguen el espacio de calma necesario para crear un nuevo modo de vida.
    </p><p class="article-text">
        Prestemos atenci&oacute;n por &uacute;ltima vez a las viejas esculturas hechas de odio y rencor y comencemos a imaginar otras en las que no sea posible nunca jam&aacute;s petrificar una &uacute;nica interpretaci&oacute;n del tiempo y de la historia. Unas representaciones que no hagan sentirse a nadie intruso en el interior de su propia cultura y que no agredan a nadie, que no hablen de vencedores y vencidos, sino de personas situadas siempre en el camino infinito de convertirse en algo y nunca hechas del todo. Unas representaciones que al alzarse en mitad de la calle redefinan por completo aquello en lo que somos capaces de convertirnos. Unas representaciones, en definitiva, que, lejos de afirmar certezas incuestionables y verdades ya dadas, sean un permanente punto de interrogaci&oacute;n. Pues todo lo que es perfectamente conocido lleva impl&iacute;cito el germen de su fin, y las esculturas de h&eacute;roes imperialistas las conocemos ya demasiado bien. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Leónidas Martín Saura]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jul 2020 19:55:26 +0000]]></pubDate>
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